Sobre Jorge Luis Acha

Dedicatoria

El destino de Alfredito se ignora. No tenía brazos ni manos pa’ defenderse ni acariciar ni secarse las lágrimas. Escasas, porque era de madera y todo le venía bien. No es que fuera insensible, pero siendo tan blanco parecía medio racista. Detestaba o envidiaba a Chirolita, p.ej. Dicen las malas lenguas que creen que terminó laburando de maniquí en Harrods, hasta que esa tienda cerró. Después, o la hoguera o un contáiner de trastos seculares, ay querido títere, pura forma, nube hueca, inolvidable Pinocho. Buéh, imaginémonos que tal vez Alfredito no ha muerto, que otro artista de buen humor lo rescató del basural y, sin saber nada de su anterior anfitrión, hoy, en su bulín o atelier, recrea el pagano rito de hablarle mientras pinta o recibe visitas. Si así fuese, ¡salú, Alfredito!

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Dibujo en grafito, de Jorge Acha, 1979 Para la tapa del Libro de RGL “ALGUIEN TUERCE LOS CUADROS”, inédito.

“POEMA FAVORITO DE RGL EN LETRA DE JORGE ACHA”.

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Perfil. Cultura. 15 de mayo de 1998

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Muestra: Paisajes. Jorge Luis Acha. Galería de Arte LATINOAMERICANA.
Buenos Aires, 1975

Muestra: Paisajes. Jorge Luis Acha. Galería de Arte LATINOAMERICANA.
Buenos Aires, 1975

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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STANDARD

Jorge Acha dirigiendo “Standard”, con Libertad Leblanc y Jorge Diez, en 1989.
Afiche del film “Standard”.

Afiche del film STANDARD

Jorge Acha filmando STANDARD

Isabel Sarli: la actriz que no pudo ser.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CINE – LA RETROSPECTIVA DE JORGE ACHA EN EL MUSEO DE LA LENGUA.

Ver nota en Revista Radar de Página/12 – 4/8/13, página 14. 

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-9034-2013-08-04.html

Jorge Acha Pag. 12

 

 

 

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Carta de Jorge L. Acha a Raúl García Luna. 1976

Lima, 4, Paukar Waray (Los campos se llenan de flores), 1976*

Querido Runa García:

Acostumbrándome cada vez más a esta tierra que cada día se me muestra más india, te (y les) cuento que todo marcha (lentito, eso sí) bien. Expongo en una galería allín (buena) y jatun (grande) desde el 25 de este mes hasta el pijcha (5) ayriway (se protejan los frutos), pero mientras, como leés, estudio quechwa.

Primero, te digo que si tenés tiempo disponible me escribas, y mucho, porque quiero saber más de lo que acontece en nuestra tierra. Aquí todos los días salen noticias en los diarios informando sobre lo “desesperante” de nuestra situación. Claro que sobre la situación de los peruanos no dicen nada. Creo que debo contarte que estoy indignado con lo que camelean cuando a la Revolución se refieren. Pienso que “desesperante” será para estos dentro de muy poco.

Segundo, tardé 9 (nueve) días en llegar. El viaje fue muy bueno (y también “desesperante” por momentos). Pero, para sacar provecho de la experiencia, avisale a Nachman y su gente, si es que vienen, que tengan cuidado con el viaje por tierra por Bolivia: el camino es malo por los desbordes de ríos y fundamentalmente por las piedras (no hay asfalto nunca). Claro que yo viajé en jatun pokoy (gran maduración), la peor fecha, dicen. Y avisales que para entrar piden visa. Demoré 3 (tres) días en poder pasar, porque el cónsul boliviano en La Quiaca estaba en estado semicomatoso, mejor dicho en tercer grado etílico (una curda grande como una casa) a la hora de concederme la autorización. O sea, que saquen visa en Mardel o en Baires.

Contame cómo andás, qué pasa, cómo vas con “Samka-cancha”.

Estoy conectándome con gente de acá por muchos, y buenos, motivos. Creo que llevaré muy buena música para la película. No importa que sea teatro (vía Nachman), yo igual quiero filmarla (si vendo una sola pintura, ya está asegurada la filmación) y, de hacerlo, seguramente la estrenaremos en Lima, Runa.

Por ahora, lo único que hago es pasear por la ciudad (hay mucho que ver) y visitar lugares cercanos. Pasé unos días en la campiña de Huaco con unos amigos, y fuimos a “huaquear” en un sitio llamado Pampa de Ánimas, y de pronto me encontré con un panorama terriblemente difícil de contar, ya que me di cuenta de que estábamos desenterrando muertos (sí, tumbas) para encontrar cosas (que espero poder llevar) sin darles la importancia que deben tener. Profanar es tremendo. Tengo unos huacos preincaicos y restos de telas, soguitas, etc. Me encontré, como te digo, profanando a mis hermanos americanos, que son muy gauchitos (chiste), con la nuca bien aplanada (acordate que lo consideraban “elegante”), y lo más insólito fue que como muchos de ellos todavía conservan la cabellera, pude acariciar sus cabezas como si estuvieran vivos. Como recuerdo (no se lo digas a Angélica), me llevo una dentadura de uno de ellos.

Lo más divertido me pasó en un baile en Chancay (donde floreció la cultura también llamada chancay). Un súper baile, diría yo. En una cancha de básquet, con Los Pasteles Verdes de Chimbote, que hacen “música salsa” (?). Te imaginarás que tengo in mente una tremenda superproducción para filmar.

Interesante fue también el velorio de un “compadre” de un señor amigo, donde sentí una idea distinta de la muerte (todos en curda de tanto “trago”, como dicen acá). Y de yapa una kermés en el puerto de pescadores de anchovetas, donde a pleno sol (y si vieras vos qué sol) se bailaba, se tomaba “trago” y se comía rocoto (ese picante que mata, realmente). Pero lo que espero con ganas es una pachamanca a la que estoy invitado este sábado. La “pachamanca” es un banquete, que darán los Santa Cruz, familia de negros, celebrando el casamiento de uno de ellos. Promete estar muy bueno, porque estos morenos bailan “marineras”, “alcatraz”, “festejo” y panalivio” (la música más negra del Perú).

Bueno, Runa, te saludo (se me acaba la página). Un beso a tu warmi y a tus tías de Luzuriaga 646.

Espero que me escribas pronto, más que pronto, volando.

PD: los meses que aprendí (como para hacer un poema, fijate vos):

Enero: Uchuí Pojoy (Pequeña maduración).

Mayo: Aymuray (La cosecha o Canto de triunfo).

Junio: Inti Raymi (Fiesta o Pascua del Sol).

Julio: Anta Situs (Purificación de la tierra).

Agosto: Japaq Situa (Gran purificación).

Septiembre: Uma Raymi (Purificación de al agua).

Octubre: Joya Raymi (Se ruega que la tierra sea fecundada).

Noviembre: Aya Marka (Muertos sagrados o Los antepasados)

Diciembre: Japaq Raymi (Fiesta o Pascua real del Sol).

Jorge Acha

Jirón Necochea 717,

Rimac, Lima, Perú.

*Carta mecanografiada de Jorge Acha, en sobre y papel vía aérea, con un avioncito dibujado, que da cuenta de su curiosidad e interés por la cultura indoamericana, mientras exponía pinturas en Perú. En estas líneas, redactadas en abril y leídas en mayo de 1976, se destaca el “desesperante” golpe militar en la Argentina, se verifica que Jorge insistía en filmar “Samka-cancha” aunque ese guión se hubiese convertido en obra escénica y estrenado en el III Festival de Teatro de Sao Paulo, Brasil, y conmueve la cercanía con el secuestro de Gregorio Nachman, director del elenco de la Comedia Marplatense y de “Samka-cancha”, desaparecido el 19 de junio y jamás encontrado por sus familiares. Crueldad que nos marcó a fuego y nos cortó las alas en ese entonces, y que hoy es historia no filmada, pero sí memoria activa. Acha y Nachman en el corazón, siempre presentes (Raúl García Luna, 2013).

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Retrospectiva Jorge Luis Acha. Cine en la Biblioteca Nacional.

Homenaje a Jorge Luis Acha.

Los viernes de agosto a las 19 hs.

(Haga clik en las imágenes para aumentar)

Habeas Corpus

Viernes 9 de agosto.

Standard

Viernes 16 de agosto.

Mburucuyá

Viernes 23 de agosto.

Cinéfilos a la intemperie

Viernes 30 de agosto.

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Homenaje a Jorge Luis Acha.

Miramar. 10 de noviembre de 2012.

El pasado 10 de noviembre, se realizó un homenaje al pintor y cineasta Jorge Luis Acha.
Organizado por La Asociación Amigos de Jorge Luis Acha y la Municipalidad del Partido de Gral. Alvarado.

En tal oportunidad se realizó la presentación de los libros Cangrejos (Verano del 76)de Raúl García Luna y Escritos Póstumos 1 de Jorge Luis Acha (compilación y prólogo: Gustavo Bernstein)y el lanzamiento oficial del sitio http://www.pagina.de/jorgeluisacha.

Se proyectaron vídeos e hicieron uso de la palabra las siguientes personalidades:
Mario Gallina; Fernando Bisciotti y Raúl García Luna

La ceremonia se realizó el pasado sábado 10 de noviembre 2012 a las 19 hs.en el Hall del Concejo Deliberante de Gral. Alvarado.
Calle 28 esquina 9 de Julio. Ciudad de Miramar. Provincia de Buenos Aires

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LLAMADO A LA SOLIDARIDAD

“LSDomínguez”

Un comic de Jorge Luis Acha y Raúl García Luna, alias Andy Warhol y H.G. Oesterheld.

La total y acaso reparable carencia de imágenes de “LSDomíguez”, historieta creada por Raúl García Luna y dibujada a cuadritos por Jorge Luis Acha circa los “años de plomo”, no sólo no impide, sino que estimula y pide, guardar memoria de aquella larga colaboración en canson y tinta china que una noche, entre empanadas de cebolla y miel, y seguramente en copas, sus autores incineraron en caprichoso ceremonial vikingo, poco indoamericano. Sacrificio idiota y risible que devolvió a la nada no pocas tiras de las desventuras de un personaje que, para fugarse de una realidad adversa o despreciable, decidía vivir desnudo dentro de su bañera, o sea en el baño de su casa. De una flacura tal vez dada por su rechazo a caminar hasta la cocina, usaba enormes anteojos de sol de armazón blanco, estilo Victoria Ocampo o Marta Minujin, y obviamente su nombre remite al alucinógeno casi popular a fines de los 60 y mediados de los 70. Siempre miraba hacia el marco de la puerta del baño, abierta, como si charlara con alguien que además fuese el punto de vista fijo de la escena, y sus soliloquios o diatribas consistían en extensos silencios mechados de filosofía barata o sesudas ironías, según su humor del día, sea en intuitiva respuesta a su mudo interlocutor, sea comentando las noticias emanadas de su infaltable radio Spica, usualmente encendida. Y bien, ¿por qué se cuenta esto ahora, sin imágenes que lo corroboren? Por lo mismo que al principio hemos dicho de su “acaso reparable carencia”. Es que no pocos visitantes, amén de embucharse alguna empanada de cebolla y miel, y de escanciar no poco tinto propio y ajeno, furtivamente se llevaron de “souvenir” alguna que otra tirita de “LSDomínguez”. A ellos, pues, les prometemos perdonarles tal pecado de fans artísticos, callar sus nombres y darles besos y abrazos, a cambio de que nos remitan no necesariamente los originales, sino cualquier fotocopia o escaneo de esos verdaderos “incunables pop” que, por desgracia o idiotez, no poseemos pero recordamos con admiración y afecto. Desde ya, mil gracias.

Asociación Civil Jorge Luis Acha.

Septiembre 2012 y contando…

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Sobre Jorge Acha

Jorge Acha, el hombre

Por Raúl García Luna

Apenas lo conocí a Jorge Acha supe que “el estilo es el hombre”. Lo supe sin saberlo, digo, porque él estaba muy por delante de mí. Y así sería hasta el fin de su tan corta vida. Fue a verme, sin aviso previo, a mi chalé familiar de Miramar (nuestra cuna natal) y me propuso publicar un libro o “carpeta grande” con poemas míos e ilustraciones suyas. Yo no lo conocía, pero él, a mí, sí. Con un amigo de la secundaria, habíamos visitado a su padre, don Segundo Acha, “el” imprentero local, para pedirle presupuesto por cierto poemario a dos manos, titulado “Nuestro tenue mundo”, que por suerte nunca llegó a imprimirse. Era sensiblero, cursi, mal escrito y peor concebido, porque entre ambos autores había gruesas diferencias de calidad y cantidad, de aptitud y actitud. ¿Cuál de los dos?, eso ya no importa. Lo que importa es que gracias a ese proyecto fallido, obviamente informado por su papá, Jorge se me apersonó con esa aparente mezcla de modestia e inocencia que lo caracterizaba, y me tiró la idea de constituir otro dúo y ejercitar otro intento. “Ni dos poetas ni dos pintores: ‘un’ poeta y ‘un’ pintor”, dijo, y capté entrelíneas la corrección de su perspectiva. Pares pero impares, no iguales, complementarios: ésa era la posibilidad que nos podía reunir y acaso enriquecer artísticamente.

Eso sí: dado que la base de los collages con que luego él ilustraría mis poemas eran mis poemas, se arrogaba el derecho de juzgarlos uno por uno. Fácil, no me fue. Hubo parvas de cartas de ida y vuelta (Jorge ya vivía en Buenos Aires, yo aún en Miramar), y muchas veces tuve que defender esto o aquello, o reescribirlo por completo, o tiralo al cesto. Su mirada aquilina era un facón bajo el poncho, capaz de herir con un inclemente “no me emocionó” y luego cerrar heridas con un amable “pero me gustan tus imágenes, dale, metele pluma”.

El libro, mi primer libro, se llamó “Amar el mar” y en ese 1970 produjo un revuelo local que lo convirtió en “el primer libro editado en Miramar” (error: ya había otro, de cuentos, “Balneario”, de Jorge Yebra) y fue presentado con bombos y platillos, en un hotelazo de la gran flauta, por ilustres veraneantes del campo cultural, tipo don Eiriz Maglione, director de la tan paqueta como vetusta revista “Lira” y mentor de Jorge en Buenos Aires, la pintora Raquel Forner y su marido el escultor, invitados top del Teatro Colón y demasiados jetones del municipio. Según mi inveterado Alzheimer, hasta Ernesto Sábato estaba allí. Lo que sí es seguro, imborrable, es que Jorge y yo estábamos al fondo del patricio salón, de pie contra una pared, a espaldas de todos, viéndolos refocilarse en “su” logro intelectual. También retengo la apartada imagen de mi finado padre, sindicalista gastronómico y peronista él, de inusual traje azul, orgulloso pero tratando de entender por qué toda esa “gente fina” se emocionaba tanto con “las medidas áureas” (sic Maglione) del poemario en cuestión, mientras Jorge y yo nos codeábamos y reíamos en sordina.

Lo cierto es que yo ya no estaba solo: lo tenía a Jorge. Y eso sería así contra viento y marea, a pesar de las diferencias y, más aún, de las semejanzas. Miramarenses los dos, escorpianos ambos, ideologías similares, temperamentos en tándem y humor negro en franco código, lo que nos hermanaba era el disenso, si se entiende. Piedra angular de una pirámide o rancho que, no sin difícultad y hasta cierto punto, construiríamos juntos, pero que a la vez nos sometía a la prueba de crecer codo a codo y con lealtad. ¿Lealtad a qué? ¿Cómo era Jorge antes de firmar “JAcha” en sus acuarelas de madurez, antes de rodar sus insólitas películas, antes de ser ese artista plástico que tanto podía exponer cuadros y/o zapatos de mujer intervenidos con angelitos en Praxis como organizar muestras colectivas de gente común,

tipo “Yo amo” (donde expuse marcadores de libros) en pleno corazón de la Recoleta? Esta es la porción vital menos conocida de Jorge, y es ella la que explicaría por qué apenas lo conocí supe, sin saberlo aún, que “el estilo es el hombre”. Vale decir, como diría Leonardo, que “el arte es la extensión de un temperamento”, una aventura única e intransferible, una oportunidad personal de ser y, tal vez, trascender.

Un par de viajes podrían sugerir, en principio, de qué estamos hablando. Con el amigo Lahitte, otro miramarense, nos habíamos largado a Chile en trío y mochila al hombro, rumbo a la Isla de Pascua (que nunca pisamos). Eran los inéditos días de Salvador Allende y, entre Valparaíso y Santiago, quedamos alelados ante los preciosos murales con que los estudiantes de Bellas Artes prefiguraban el advenimiento de su “revolución popular por la vía pacífica”. Y tanto me emocioné que Jorge llegó a reprocharme mi inmadurez a la voz de: “¿Y necesitabas ver esto para volverte ‘socialista’?”. Ese era Jorge: neto y mordaz, intuitivo y desconfiado, nunca “comprar” antes de ver la mercadería. Control de calidad, que le dicen. Después contratamos el achacoso Pipper de un piloto borrachín y, no sin genuino pavor, volamos hasta la isla Robinson Crusoe (otra ideíta de “JAcha”), parte del archipiélago Juan Fernández, unos mil kilómetros Pacífico adentro. Y, carpa mediante, vivimos de los huevos frescos y las langostas de mar y el vino blanco que los pescadores nos proveían a cambio de que Jorge les dibujara sus casas, mujeres e hijos. Allí contemplamos cañones, cuevas y placas de bronce que, en inglés, dan por cierta la odisea de Crusoe, en realidad llamado sir Alexander Selkirk. Compartir viajes y pesares, dicen, crea fuertes lazos. En poco más de año, Allende estaría muerto y Pinochet en el poder.

En 1973 me casé y Jorge, ni lerdo ni perezoso, se tiró de Buenos Aires a Mar del Plata para ver con quién. Con Angélica haría amistad al instante y ella sería no sólo alumna suya en sus talleres de pintura de San Telmo, sino también su confidente. Puente, tiro por elevación, amoroso nexo, por Angélica supe que Jorge se sintió herido por un cuento mío, “Prescindencia” (mi primer premio literario), en el que un pintor como él resistía los apremios económicos de la dictadura videlista reduciendo el tamaño de sus lienzos, las salidas con amigos, el café, las visitas y hasta su vida afectiva. La pregunta fue: “¿Ese soy yo, Angélica?”. Lo era, para qué negarlo, e imposible convencerlo de que se trataba de un personaje basado en un “otro” imaginario y afín con miles en iguales circunstancias.

Nos enrrostrábamos debilidades como presos que se vigilasen en la misma celda, para no aflojar ante el carcelero de turno y, más aún, para reavivar nuestra mutua confianza en las rebeliones latinoamericanas y el desprecio por la expoliación imperialista. Eso también me lo contagió Jorge, antes de militar yo en la izquierda revolucionaria no guerrillerista de la Facultad de Humanidades marplatense. Sus continuos periplos por Perú, Ecuador, Brasil, el Amazonas y otros sitios con memoria indígena lo fueron modelando como un defensor de lo invisible y compartible, que pintó y filmó y transmitió cuanto pudo. Mi relato “Del decir de don Pedro de Alvarado en su agonía de Indias”, por ejemplo, nació de nuestras lecturas y relecturas de la pasión de Túpac Amaru según Boleslao Lewin, entre otros. Fue el segundo libro que urdimos juntos, sobre el desatino racista y castrense de un conquistador hispano perseguido por fantasmales “moscas de la muerte”, con dibujos en tinta sobre la resistencia autóctona en combates sin tregua ni fin.

Y de más está aclarar que en mi nouvelle “Cangrejos, verano del 76” (dedicada a Jorge), Jorge es Jorge y ningún “otro”, tanto como los demás personajes ostentan sus verdaderos nombres, ideas, lenguaje, mañas, glorias y miasmas. Hay ahí un desopilante capítulo en que el pintor y el narrador de marras (“Seso Flojo”, lo llama Jorge) son arrastrados mar adentro

y, por temor al ridículo, prefieren ahogarse antes que pedir socorro. Típicos miramarenses, vale decir, argentinos. ¿Los habrán rescatado?

Otro rescate, anterior a éste, ocurrió en tiempos de la Triple A y al borde del abismo del Proceso exterminador, cuando Jorge ya había rodado “Impasse” y otros cortometrajes, al proponerme escribir un guión a dos manos sobre una revuelta sindical quechua que sucedía en una sola noche. Se tituló “Samka-cancha” (“Cárcel del pueblo”) y lo redactamos en el piso de arriba del almacén miramarense “El As”, de mi abuelo Evasio Luna: una ex sala de música de mi finada abuela violinista Serafina Cámpora (prima del ex presidente peronista, se decía), donde mi Angélica cubrió una mesa de roble con una manta peruana, para que trabajáramos con más inspiración y cebándonos mate con bizcochitos de grasa, recuerdo.

No se llegó a filmar, y lo transformé en una obra teatral que presentamos en un concurso municipal de “la Ciudad Feliz”. No ganamos, pero un miembro del jurado, Gregorio Nachman, director de la prestigiosa Comedia Marplatense, quiso hacerla con su grupo actoral y llevarla en gira a algunos países del Este europeo y varios latinoamericanos. Asistíamos a los ensayos con asombro y unción: nuestro ensueño se volvía carne y hueso, voz, gesto, movimiento y música. Porque los actores, dentro de un escenario circular, eran rodeados por instrumentistas de quenas, sikus y chayas, subrayando en vivo el drama de un capataz nativo tomado como rehén por un “cumpa” coterráneo, para que no le avisara al patrón explotador lo que pasaría apenas amaneciera: “la” rebelión. La obra fue premiada en el II Festival Internacional de Teatro ‘75 de San Pablo, Brasil, con la oferta de Kive Staiff de ponerla en el porteño San Martín. Pero al volver a “la Feliz” para besar a su mujer e hijos, Nachman fue secuestrado y desaparecido por la Triple A, por judío y subversivo (?).

Otro módico intento de intervenir en la lucha anticapitalista fue armar un libro-objeto para una muestra colectiva en Azul, de la provincia bonaerense, mientras medio país caía en la mayor sangría de toda su historia. Jorge lo fabricó en papel maché y mis versos exhortaban a “entrar en un puerto abierto, obrero y popular”. Eramos ingenuos pero coherentes, conscientes pero no cagones. Sí, eso es lo que Jorge era: un valiente. Y solidario hasta decir basta. O mejor, decir más, más, más. Me lo pedía cada vez que yo aflojaba (y viceversa, claro), porque para eso estábamos: para darnos apoyo en las buenas y en las malas, cuando fuera y donde fuese. Sólo hubo un tema del que nunca hablamos, y yo supe respetar ese silencio.

Podría escribir tomos enteros sobre Jorge Acha, sólo registrando pequeñas comuniones de papel barrilete, el té de las cinco, lentejas en remojo para la cena, una pincelada maestra, caminar mucho para paliar kilos y ansiedad, palta pisada en un táper oculto en su morral, reírse de lo pomposo, temer perder a padres muy viejos, naufragar en costas ajenas y despedirse en playa propia. Sí, acaso cientos de minúsculas anécdotas y leves convivencias harían falta para explicar, más allá de lo sabido, lo del estilo y el hombre. Pero, para mí, nada lo resume mejor, ni habla más de su valentía, que lo que me dijo allá lejos y hace tiempo, antes de todo lo aquí tan pobremente expuesto: “Para ser un artista, primero hay que vivir como un artista, y si después llega el arte, bienvenido sea”.

De Justo a tiempo

Supe que la política duele mucho después, cuando (como papá) perdí. Y como los hombres no lloran, derramé pasos de náufrago en costa ajena. Buenos Aires no era mi patria ni San Telmo mi barrio, pero aún podía nadar hasta la isla más cercana: la casa de un viejo amigo. No, ¿por qué molestarlo a Jorge? Quizá estuviera pintando, libre de otros ahogos, y yo sería su ancla. Además me preguntaría por Angélica, obligándome a reestrenar su ausencia.
-Está en Mar del Plata -diría yo-. Fue a visitar a sus padres… y a mamá. Pero vuelve en el tren de la una.
-¿Y vos, por qué no fuiste? –insistiría Jorge.
-No podemos gastar tanto. Además…
Además mamá y mis hermanos recibirían parte de mí en Angélica. Además papá ya no estaba y su fantasma aún encallaba (vivo) en el sargazo de mi memoria. Además yo no quería volver.
Tomé Bolívar hacia el centro.

Comienzo del cuento,
libro Las espinas del deseo,
Alción Editora, 2004

 

De Cangrejos, verano del 76

-Che, poeta, ¿vos sabés nadar?
-No. ¿Y vos, pintor de mares?
-Tampoco. Yo creía que vos…
-No jodás. Yo creía que vos.
-¿Y entonces qué hacemos acá? Hace rato que no hago pie.
-Mirá la costa, la gente: parecen hormigas. Y la correntada nos aleja cada vez más. ¿Cómo no avisaste que no sabías?
-¿Y vos?
-Bueno, no discutamos. Es tarde, es agotador. Tragás agua, te arden los ojos. ¿Ves algún bañero?
-No. Ya dije que parecen…
-Che, ¿por qué será que los nacidos acá no sabemos nadar?
-Por eso mismo.
-Razonable. Bueno, estoy decididamente ciego. El salitre siempre me jodió la vista.
-Y pintás marinas…
-Mandá un mensaje, seso flojo. No doy más.
-¿Grito?
¡No! No. Concentrate. Vos podés.
-No digás pavadas, desorejado. Sabés que voluntariamente soy un inválido.
-¿Entonces qué clase de vidente sos?
-Ellos tienen largavistas. ¿Levanto el brazo?
-¡No, no! ¡Qué vergüenza!
-¿Preferís ahogarte?
-Sí. Es decir, no. ¿Qué preguntás, Seso Flojo?
-Entonces, dejame pedir auxilio.
-No, esperá. ¿No te parece que la correntada nos está sacando, digamos?
-¡Qué nos va a estar sacando! Nos interna cada vez más.
-Pero después la corriente pega la vuelta y te saca. Acordate del gallego.
-¿Qué gallego?
-Juan Manuel, aquel que vendía helados y leía a Cortázar.
-No me acuerdo.
-Ah, cierto, vos no estabas. Fue así, mirá: caminábamos de noche por las rocas, atrás del muelle, él, Alberto y la Flaca, Alfredo, Pepe, los Simios, Ladislao y una especie de princesa rusa novia de Ladislao…
-No hinchés, que me hundo.
-Y de repente, Juan Manuel se esfumó, se borró, no se vio más.
-Se fue, punto.
-No: desapareció.
-¿Cómo?
-¿Todavía ves la costa?
-Ahora no me dejés ahogar con la espina. Seguí.
-Lo buscamos por todos lados, a grito pelado, con linternas y con ayuda de los pescadores… y nada. “Se cayó al agua”, dijimos. “Si se cayó ahí, olvídense del heladero, muchachos”, dijo un hombrecito de mirada filosa. “Allá abajo, el remolino traga y arrastra. La única salvación es aguantar la respiración y dejarse llevar”. “Tiene que ser una broma”, dijimos nosotros. “Debe estar esperándonos en el bar, muerto de risa”.
-¿Y estaba?
-No. Y con el auto sport de la princesa rusa…
-¡No me hagás reir, que me voy a pique!
-Recorrimos calles y boliches, revisamos la imprenta y el museo, pero nada. Entonces nos tiramos a la pensión donde paraba y hablamos con la dueña, que cobra más barato que la mamá de Ladislao y tiene mejor carácter. Viuda, llena de gatos y canarios, buena mujer…
-Abreviá, por Dios.
-Nos dejó subir a su pieza y en la escalera nomás supimos lo que había pasado: había pisadas de agua, una camisa acá, el vaquero allá, un zapato, todo chorreando. “¡No prendan la luz!”, gritó Juan Manuel cuando abrí la puerta, sin llave. Los demás esperaron afuera. El gallego encendió un cigarrillo y, por un momento lo distinguí, pálido, desencajado, húmedo.
-Dale, artista. Fin de la anécdota, ¿eh?
-En la oscuridad, me contó su humillación, por qué vendía helados siendo profesor de letras, cómo resbaló en las algas y por qué no nos avisó. Orgulloso, el gallego.
-¿Y por casa, cómo andamos?
-Las olas se lo llevaron mar adentro…
-Igual que a nosotros, ¿no te digo?
-Pero él sabía nadar y captó enseguida que la misma marea que lo apartaba de tierra podía liberarlo en otra parte. Por eso zafó: porque no se opuso a la naturaleza, sino que se adaptó a ella.
-¿Conclusión?
-El mar le dio la vuelta lejísimo, delante de la Chacra, y lo largó en la otra punta del mapa, frente a la ruta costera. Que es lo que en este teorema queríamos demostrar.
-Teorema del absurdo, pintor. ¿No ves cómo estamos?
-Insisto: no veo un pito.
-Y a mí, ¿me ves?
-Borroso.
-Entonces no vas a verme levantar el brazo.
-Por mi madre te lo pido…
-Tarde.
-Mentís.
-En un momentito vas a oir el ruido del helicóptero.
-¡Traidor! ¡Qué papelón!
-Pero, ¿qué les pasa allá? Corren para todos lados, pero no se deciden. Deben creer que somos focas.
-Bueno, está bien, se acabó. Antes mantuve la dignidad, ahora me adapto. En estos trances, los humanos siempre gritan. ¿Nos ponemos a tono, poeta?
-Si no puedes derrotar a tu enemigo…
-A la una, a las dos y a las…
-¡Socorro!
¡¡Socorrooo!!

Capítulo 9 de la novela,
Ediciones del Dock 1996 y
Aurelia Rivera Libros 2012.

Prescindencia

“El artista ha dejado de ser peligroso: ya
no muerde ni blasfema, no atenta contra
las costumbres de los grandes señores,
no amenaza con crear un orden nuevo
en el arte ni en la vida, no se
corta la oreja de un navajazo.”

Fayad Jamís.

Yo era pintor, y era es el tiempo exacto de un verbo realista, no un pentimento. ¿O sí? Detesto gastar mi último lápiz en redactar un mensaje inútil, ya sin olas ni pastos que dibujar, pero no puedo evitarlo. Quiera Dios que antes del fin logre justificar este típico derroche de quienes no alcanzaremos la concisión del olvido o la simple confesión.
Con Aníbal y Dardo, ocasionalmente con Rubén, salíamos de noche a tomar café en el viejo Bar Ramos, que después de Videla cerró, regalándole a La Paz una remisa clientela diurna. Por eso les propuse: “¿Y si nos reunimos en el atelier, muchachos?”. No sólo me disgustaban los precios del café sino también su calidad, y el continuo acecho policial en veredas y bares, pidiendo documentos de identidad sin dar explicaciones.
Por ese entonces, yo acababa de instalar mi atelier en un oscuro caserón de San Telmo que me costó treinta y seis millones de pesos viejos, como si lo hubiera comprado antes del Rodrigazo, y por fin eliminaba mis gastos de alquiler, mudanzas e impuestos ajenos. Aníbal y Dardo, incluso Rubén, me ayudaron a blanquear el salón, para aclararlo un poco. Armé el dormitorio en una húmeda piecita del fondo y usé otra más seca como depósito de mis últimos grandes lienzos.
Los muchachos empezaron a visitarme el mismo día que llegó la impiadosa participación de casamiento de Marina, casamiento al que obviamente no asistí. Estaban enterados, pero corté sus leves comentarios sirviendo el café y refrescándoles la memoria: “Este primer medio kilo lo pongo yo. Después, vamos rotando. Cuando se termina, compra otro y así sucesivamente. ¿Les parece?”. No hubo ni sombra de oposición, y eso me satisfizo y preocupó al mismo tiempo. Nuestra costumbre era discutirlo todo, desde la función social del arte hasta los beneficios de vivir en pareja, si los hubiera. Yo había compartido otro domicilio con Marina, pero eso no duró.
Se aburrieron en pocas semanas. Dijeron necesitar gente, bullicio, confrontación. Se sentían demasiado al margen (sic) y, temiendo ofenderme, me instaron a reiniciar nuestro antiguo nomadismo urbano, a lo que contesté: “No está el horno para bollos, muchachos. Acá estamos bien y además ahorramos plata”. Dardo y Aníbal se miraron. ¿Estaba Rubén? Fueron dejándome poco a poco, como antes Marina, como un sol otoñal en un ocaso de Turner. Mis pinturas de anchas pampas y océanos solitarios, mis premios y becas, no los conmovían. Prescindieron de mí después de lo de Rubén.
Rubén llamó a mi puerta una madrugada lluviosa. Lucía pálido y nervioso, distinto. “¿Me bancás un par de noches? Me buscan, y vos estás limpio”, dijo, sin rastro de alegría en el semblante. Lo recibí a regañadientes, pero sin inquisiciones. No me inmiscuyo en la intimidad ajena. Eso sí, no pude evitar contestarle que mi atelier no era un aguantadero y que a las diez de la mañana recibía alumnos. Hablé con suave firmeza, quizá para ocultar mi legítimo disgusto ante la sola idea de un compromiso extremo, tal vez para sedar la estúpida sensación de riesgo que de pronto me agobiaba.
El país ya era definitivamente de otros, y ellos interpretaban la tolerancia como debilidad o, peor aún, como complicidad. “Bueno, me voy mañana a las nueve”, dijo Rubén. Eludí su mirada y le mostré que sólo había una cama. Mojado y vestido, se echó en las mantas peruanas de Marina, tiradas en el piso de la piecita. Tembloroso, me dio la espalda. En esa posición lo recuerdo: no dormido, quizá rezando. Pero, ¿rezar Rubén?
Si el hombre es el animal capaz de razonar límites, entonces no me arrepiento. Al menos no en la equívoca medida suscripta por Aníbal y Dardo, por Marina incluso. Primero, porque aun no habiendo caído en cualquier redada o acción violenta, si es que cayó, Rubén seguiría exponiéndose alegremente hasta caer, mofándose hasta el fin de mi cordura. Segundo, porque ella se fue sin darme tiempo a tomar una decisión sobre lo nuestro, forzándome a tragarme todo conato de culpa como si yo fuera un Judas al que no hiciera falta condenar porque tendrá su castigo. En cuanto a Aníbal y Dardo, bueno, en aras de la conciencia y la solidaridad siempre encontrarían flaquezas que enrostrarme. Según ellos, Rubén desapareció después de dormir en casa.
Yo sobrellevaba normalmente, si así puede expresarse, el peso de ese desgaste, de esa alienación temeraria que propicia una secuela infecunda: el desperdicio. Estaba harto de víctimas y redentores, de comunicados oficiales y duelos clandestinos, de la palabra miedo escrita en letra chica y Patria con mayúscula. Y también huía de la publicidad, esa bestia amoral y prolija que incita al consumo indiscriminado de unos cigarrillos que ya no fumo o equis cera que hará resplandecer la opaca baldosa en que transcurre nuestra existencia, que yo ya ni barría. Porque, sensibles a semejante avidez, luego no sabemos cómo estar al día con las cuotas del segundo televisor, ni dónde ubicarlo. ¿Quizá al pie de la cama, para que nos provea más falsas certezas y apetencias pueriles? Y para no ver más ese ruin cartel que promovía el silencio como sinónimo de salud, simplemente dejé de pasar frente al Obelisco. El aire de la época me ahogaba, y tiré mi tevé apenas se descompuso. Solo y a mi modo, empecé a definir mi lucha.
Compraba Clarín no por su mayor o menor calidad informativa, sino por su tamaño, cómodo para el micro, ya que nunca tomé taxis. Claro que su única utilidad era la lectura. Obviedad que me inspiró adquirir La Nación, cuyas enormes hojas me permitían envolver la basura ahorrándome el costo de las bolsitas de polietileno. Modesta pero sólida, la piedra angular de mi repliegue táctico estaba echada. Porque ¿cómo denunciar la carestía de la vida sin enfrentarla orgánicamente? Ganar más para gastar más no es combativo, es estúpido. De ahí mi método: reducir el consumo, sin más vueltas. “Avestruz”, me diría Aníbal, y Dardo: “Amarrete”. Entonces yo les recordaría el alza del precio de la leche en Estados Unidos, cuando los productores tuvieron que bajarlo en dos días porque en uno millones de clientes dejaron de consumirla. “Te equivocaste de país”, diría Marina.
Con Viola, la prensa no era precisamente un Larousse Ilustrado, sino más bien un Lerú estirado para guardar las formas, como decían los muchachos. Pero aun sin estar a favor de la censura, a mí me resultaba prudente alguna contención civilizada de los excesos políticos y económicos, e incluso emocionales. “No hay que derramar promesas ni sangre ingenuamente”, rumiaba yo. “Hay que sopesar todo a fondo antes de ponerlo en práctica, ser realistas, admitir las leyes injustas, el desamor, la oferta y la demanda”. “Reaccionario”, me decía Aníbal, y Dardo: “Cagón”. ¿Por qué no imagino la voz de Rubén?
Así que dejé de comprar el diario diariamente, valga la redundancia, y racioné las hojas hasta envolver la basura semanal con sólo La Nación del domingo, gordo de avisos clasificados, revista y suplemento cultural. Hoy no adquiero periódico alguno. Bajé más de quince kilos, así que mis desechos son tan escasos y esporádicos que caben en ese mezquino papel gris con que el fiambrero me envuelve cien gramos de mortadela, que es barata y alimenta, o medio pan de manteca, que ya no como por el acné.
Yo era paisajista, y es sabido cuánto lienzo, pintura y pincel gastamos los paisajistas, por no incluir los viajes para tomar bocetos del natural. Al constante aumento de precio de esas herramientas, yo respondía retrayéndome más y más. “La creación artística puede derrotar la tiranía material, expresándose hasta sin medios físicos”, exclamé una tarde de fervor, cuando Marina telefoneó para anunciarme su inminente divorcio. “O bien renunciar a todo intento, cortarte los dedos, dejarte caer en la nada”, ironizó ella. No tenía derecho a hablarme así. Ex alumna mía, empezaba a ser una buena paisajista cuando quemó sus originales y buscó en otro lo que no supo encontrar en mí, subordinando además su incipiente talento a su evidente belleza. Y ahora era una modelo exitosa y una esposa frustrada, dijo al colgar.
Así que eliminé todo lo superfluo. Ya no más telas ni óleos, sino cartón cortado en pedacitos con mi navaja, ya que no uso máquina de afeitar, y lápices de pasta o crayones, que son baratos y rendidores. No a los Andes colosales o los infinitos lagos del Sur, sí a los barrios villeros y los barcos varados en La Boca. “¿Por qué nunca pintás personas?”, dijo Rubén la mañana aquella, a las nueve en punto. Pero ojo, que no eran miniaturas rupturistas, como publicaron los críticos que hasta entonces habían ensalzado mi obra. Les molestó tener que ponerse anteojos para ver mi propuesta de autoabastecimiento y liberación individual, e igualmente no entendieron. Como será que uno de La Opinión me defendió escribiendo: “El gran artista sorprende con su nueva impronta minimalista, que invita a tomar contacto casi corporal con sus figuritas caseras, devolviéndonos un candor de juguete olvidado, de Paraíso perdido”. Prescindí de ellos.
Asistir a frívolos pero nutricios cocteles de inauguración de muestras o cenar en casa de mis alumnos, muchos de familia acomodada, reducía considerablemente mis gastos. Llegué a agendar las invitaciones por temor a superposiciones o equívocos. Esa gente no hablaba de Galtieri y paladeaba mis relatos de viejos periplos por Machu Pichu, las Galápagos o Nebraska, a donde ellos jamás irían. Eso sí, debía ser cuidadoso en los detalles: a veces, cuando reiteraba alguna anécdota, incurría en el error de condimentarla demasiado. Es usual que un chico reclame los pormenores omitidos en un cuento que conoce, pero incomoda que un adulto le diga a uno: “Eso no lo mencionaste la vez anterior. ¿Viajaste de vuelta?”.
No soy un charlatán ni un aprovechador, insisto en que ellos disfrutaban de mis palabras. Y viene a cuento porque, como era previsible en exitistas ahítos de servicios y ornamentos dilapidados sin pensar en la salud del prójimo, al declinar mi prestigio por falta de exposiciones y críticas alumnos e invitaciones se esfumaron rápidamente, como Rubén, como una luna de Van Gogh en una noche insomne.
Entonces la crisis se llamaba Bignone y el futuro sería lo que es, con o sin Rubén, pero no sin Marina. Porque apenas llamó supe que ella volvería, sin más aviso ni alegría, de un mundo rentable y fallido, como si mi atelier fuera su hogar, su madriguera o su herencia. ¿Qué pretendía esta vez? No le negué un juego de llaves ni sus mantas peruanas ni sus silencios. La dejé barrer y lavar, pintar y romper, circular como un gato, dormir en el suelo como un soldado en Malvinas, ir y venir. “Si vuelven Dardo y Aníbal, Rubén incluso, los voy a recibir como a ella, sin inquisiciones ni condicionamientos”, me decía entonces, perturbado y feliz, acaso vencido.
Ahora es tiempo de elecciones y no sé quién va a ganar. Soy tan inocente como cualquiera de toda corrupción o disgusto. ¿O no? Ya no escucho los agravios de los muchachos, pero secretamente ruego que vuelvan a saborear mi café, a rescatarme, a juzgarme quizá. Viví y dejé vivir, me hice a un lado, acepto ir al nuevo Ramos o La Paz, y sin embargo no estoy a salvo. ¿Se burla Marina de mi aislamiento? ¿Sabe que nadie más va a telefonear? ¿Espera el día en que yo no despierte? ¿Me oye rezar de madrugada, cuando llueve y Rubén no llama a mi puerta? ¿Me ve temblando ante el filo de mi navaja?
“No desapareciste, pero sos menos que un kelper”, susurra alguien cuando duermo, y también: “Pedí perdón o afeitate, hijo de puta”. ¿Es Marina? ¿Soy yo mismo? Mis pesadillas me conducen a un país ajeno a todo desgaste, a toda inmundicia, a todo despilfarro. Paraíso limpio y amnésico donde nada se pierde porque allí la vida, ahora lo entiendo, se parece demasiado a la muerte. Ruin, incoloro abismo a cuyos sucios bordes me aferro mientras Marina, la única persona que puede darme una mano, quiebra mi último lápiz y aplasta mis dedos uno a uno, alegremente.

Cuento de
El filo de la noche,
Atril Ediciones 1999.


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