Samka-cancha.

Sau Paulo Actor“Samka-Cancha”

en medios de los ’70

(Fragmentos)

1.

Al realizarse en abril el III Festival Internacional

EL TEATRO MUNDIAL SE REUNIRÁ EN CARACAS

… en la capital de Venezuela entre el 20 de abril y el 2 de mayo de 1976… Entre ellos, el argentino Gregorio Nachman, director de la Comedia Marplatense… que presentará “Los prójimos”, de Carlos Gorostiza, o acaso un nuevo espectáculo inédito y en preparación, titulado “Samka-Cancha”… (La Opinión, Buenos Aires, jueves 11 de diciembre de 1975). 

2.

“SAMKA CANCHA”

El elenco del Teatro de la Comedia Marplatense comenzó los ensayos de la obra de Raúl García Luna y Jorge Luis Acha, teatralizada por Gregorio Nachman. De “Samka Cancha” dice un anónimo quechua que se trataba de una cárcel al pie del volcán Pichincha, que hizo construir Hayna Capac para castigar ciertos delitos, especialmente la traición… Es de destacar que García Luna es un joven poeta residente en Mar del Plata y Acha, un artista plástico de Miramar… (La Capital, Mar del Plata, lunes 22 de diciembre de 1975).

3.

QUEHACER TEATRAL

Larguísima lista de participantes del III Festival Internacional de Teatro de Caracas… Bélgica, Francia, Italia, Dinamarca, Suecia, Malasia, Alemania Oriental y Occidental, Yugoslavia, Polonia, Inglaterra, Portugal, España, Uganda… y muchos elencos de América Latina, Argentina entre ellos… (La Nación, Buenos Aires, domingo 4 de febrero de 1976).

4.

Muy destacable

OBRA TEATRAL

… ha sido invitado a participar, representando a la República Argentina, el grupo teatral de la Comedia Marplatense, poniendo en escena la obra “Samka-Cancha”, de los autores miramarenses Raúl García Luna y Jorge Luis Acha, bajo la dirección del prestigioso Gregorio Nachman… narra los conflictos sociales de los pueblos indígenas latinoamericanos… anticipándose que sería estrenada en Mar del Plata el próximo mes de febrero… (El Argentino, Partido de General de Alvarado, 16 de enero de 1976).

5.

Noticias similares aparecieron en Clarín, La Prensa y otros diarios, y también en revistas y programas radiales y televisivos.

 Samka-cancha. (Drama)

SAMKA-CANCHA, representó al país en el Segundo Festival Internacional de Teatro de Sao Paulo, Brasil, verano 1975-76.

Interpretada por el Grupo “Teatro Comedia Marplatense” del  autor Raúl García Luna con colaboración de Jorge Acha.

Narra uno de los primeros levantamientos anti imperialistas en América Latina, impulsado por su líder José ¨Gabriel Condorcanqui (Tupac Amaru) en las décadas finales del siglo XVIII.

Interpretado por Luis Conti, Cristina Luna, Eduardo Nachman, Marina Luna, Adrián Marcelloni, entre otros.

___________________________________________

Samka -Cancha – Diario Crónica – Enero 31 de 1976

___________________________________________

*SAMKA-CANCHA

(Lo que se andan diciendo Pedro Amarillo y Nemesio Reyes)

Existía una cárcel conocida con el nombre de “Samka-Cancha” en una de las faldas del volcán Pichincha, que hizo construir Huayna Cápac para castigar ciertos delitos, especialmente la traición.

ANTECEDENTES

EL LUGAR

El alma del latifundio es la Oficina. Y el corazón, la estación de trenes. Una sin otra no tendrían sentido. En la Oficina se juzgan ofertas y demandas, se inventarían cosechas y rindes, se anotan gastos y nativos castigados o muertos (“vagos o ladrones”, según don Julio Ritz Argañaraz), se abonan salarios (un tercio en efectivo, dos tercios en vales a trocar por alimentos provistos por la Empresa), se concentra el origen y el futuro de la Empresa.

El ferrocarril (privado) transporta ocasionales pasajeros en un lujoso vagón y bolsas de maíz y algo de coca en numerosos vagones de carga. Y cierta vez llevó a Taruka escondido entre las bolsas, rumbo a los mercados de la Ciudad, para verse en secreto con los líderes de los mineros que habían tomado las minas de la Empresa y amenazaban dinamitarlas si no se les concedían salarios dignos y reducción de jornadas de trabajo.

Frente a la Oficina, un vasto océano de maíz y algo de coca que llega hasta el mismísimo borde de los rieles. Más allá, pero a la vista, el río que es frontera de cosecha, y las casuchas de la indiada. Al fondo, los Andes, el cóndor, la piedra, los espacios hostiles al patrón y el gringo.

LA INDIADA

La Asamblea se hace al pie del cerro, alto, lejos. Dura media noche, para que no se adviertan ausencias diurnas en los maizales, robándole horas al sueño y coca al patrón. Se avisó a pocos, los más probados, y no son más de treinta, toscos, ansiosos, pero llevando la representación de toda su gente, nombre por nombre, casa por casa.

Ahí están Jukumari, con su voz grave y su faca al cinto; el flaco Arpa Inka, desarmado y tranquilo; Senkalu y su narizota, capaz de oler a un gringo a la distancia; el entusiasta Taruka, recién vuelto de la Ciudad, reportando lo que hacen los mineros, y otros.

Jukumari es Jefe y sabe escuchar. Sólo él puede matar. Luego de Taruka, habla él, rompiendo despacito el murmullo general:

-Hermanos, los patrones andan queriendo venderle más cereal a los gringos. Necesitan, dicen, sembrar al otro lado del río. Nos quieren echar más arriba. La Empresa dice: “Eres libre. Si quieres irte, vete. Ahora, si has de comer todos los días, ve a donde te mando, indio sin poncho”…

-Nos mandan a la montaña -subraya Anka Irpa, y otros, a coro, murmuran:

-Tierra seca. Sin agua. Frío. Dolor.

-Hay que ir haciendo algo, hermanos… -dice Jukumari.

Y empieza la Asamblea.

Senkalu frunce la nariz, habla de la inclemencia cerril y propone resistirse a abandonar los campitos caseros que don Ritz Argañaraz les permite cultivar para uso familiar. Taruka se opone, dice que eso no es suficiente y que va a terminar mal, peor que cuando la anterior resistencia a mudar las casas del llano al otro lado del río. Jukumari ahonda la herida: les recuerda que el plan de rebelión posterior fue vejado por un soplón, un traidor, uno de los suyos, y que por eso tantos cayeron a bala de capataz o sable de milico.

Silencio.

-Aprender de los errores -dice el Jefe, mostrando la faca-. Hay que prepararse, organizarse, fijar tareas, callar y esperar día y hora que ya sabrán por mí mismo. ¿Confían?

Todos asienten con la cabeza.

Y, tras una larga pausa, Jukumari agrega:

-Hay que agarrarlo al Nemesio.

-Pedro -dice Arpa Inka.

PEDRO AMARILLO

Una ráfaga de viento andino deambula cuesta abajo, veloz, fresca, silbante, pero apenas llega al final de la charla:

-Se hará como dices, hermano -suspira Pedro, y Arpa Inka lo abraza.

A breve explicación, respuesta clara. Así es Pedro Amarillo: decidido y solidario, amigo de Nemesio Reyes pero fiel a los suyos, callado y buen esposo. Arpa Inka le dice que Jukumari, Taruka y los demás consideraron mucho su elección como carcelero, por el estado de su mujer, Urpila. Pero, ¿elegir a otro? ¿Quién mejor que él, a quien Nemesio cree un hermano tranquilo y obediente?

-Dos compañeros lo atraparán mientras bebe en lo de la Juana, y te lo llevarán machadito y flojo. Nadie sospechará que está en tu casa, y quien lo haga no se va a preguntar por qué. Es tu amigo, ¿no?

-No -dice Pedro-. Lo fue.

-Lo detendrás toda una noche -dice Arpa Inka.

-¿Y qué haré después con él? -inquiere Pedro.

La ráfaga de viento andino se mete entre las voces, las apaga, se vuelve remolino y se va detrás de Arpa Inka, quien se despide de Pedro con una frase indeseada:

-Si se te quiere ir antes del alba, has de matarlo.

NEMESIO REYES

-Hay que andarse con cuidado, patroncito…

-Vos cumple con lo que se te ha encomendado y todo ha de ser bueno para ti -le responde don Julio Ritz Argañaraz, escupiendo el agua que acaba de sorber del río y empapándose la patriarcal barba.

-Es que no les va a gustar, patroncito -insiste Nemesio Reyes, mojándose él también la cara en la orilla-. Andan ariscos, raros. Los he visto rumoreando y callando. En algo están. La otra vez fue fácil, ahora no sé…

-La Empresa necesita más plata. Razón de sobra para mí -bufa el administrador o gerente o lo que sea Ritz Argañaraz, quien añade: -Y para vos también lo ha de ser, capanga, capataz, vigilante.

-Pero, patrón… Mire que…

-¡Bueno, cerrá el pico, pajarraco de mal agüero! ¿Qué querés, las gracias? ¿Otra vez? ¿Quién me manda a mí a darle confianza a un…? ¡Y ayudame a subir al flete, vamos, que tengo que volver a la Oficina!

Luego, ya montado y sonriendo como un padre comprensivo ante un hijo descarriado, Ritz Argañaraz extrae un billete y ordena:

-Se me va para lo de la Juana y se me manda una botellita a mi salud, ¿estamos? Tome, agarre.

Nemesio toma el billete. No es un vale: es dinero en efectivo.

-Mande, patroncito.

-¿Y qué más, indio ladino?

-Gracias, don Julio.

El capataz se queda viendo cabalgar al administrador de largo apellido hasta que éste desaparece en el maizal ancho y ajeno. Luego siente a sus espaldas un siseo como de víbora, y se da vuelta y ve a dos de los suyos con vales en las manos. Uno de ellos le dice:

-¿Un traguito, don Nemesio?

LA MUJER DE PEDRO

Apenas la conoció, le puso un sobrenombre: Urpila, o Paloma. Ella y sus padres llegaron de otra plantación, en un vagón de carga, junto a otros quince o veinte campesinos más, contratados sin casa ni plazo fijo ni elección posible. Se les hacía firmar con una cruz o poner las entintadas huellas dactilares sobre un papel ignoto, se les concedía un pedazo de tierra y materiales para levantar un rancho, y a trabajar. Era el inicio de la Deuda con la Empresa, cuyo pago solía demorarse toda una vida y pasando incluso de una generación a otra, debido a nuevos préstamos que el salario nunca llegaba a cubrir.

Por esta inversión inicial, durante el primer semestre la familia de Urpila no percibió ni un peso, ni un vale, ni un clavo extra para su rancho. La Comunidad los ayudó. Comieron de cosechas y ollas vecinas, aprendieron a sembar papa y mandioca, le rezaron al Sol y apareció Pedro, con una yunta de conejitos de Indias a reproducir y criar en la cocina.

-Acá se llaman cuys -explicó, enrojeciendo ante la madre de Urpila.

Y cada amanecer, antes de irse a los campos, les dejaba en el umbral algún choclo, pan viejo o ají picante para darle sabrosura al desayuno. Pero un día la puerta se abrió y Pedro, de rodillas, tembló frente a Urpila, sonriente y agradecida, pies pequeños, cuello largo, labios finos, ojos apenas achinados: distinta a las nativas del lugar.

Desde entonces, Pedro golpeó a la puerta, conoció al padre y aceptó algún café con uno de los bollos de grasa que solía llevarles. Y una noche sin Luna, primer paseo de los dos solos por el maizal, Urpila fingió tropezar y ambos cayeron abrazados, entre risas, y se amaron. Después, se fueron a vivir juntos para siempre.

Ella esperaba familia cuando Pedro le dijo que Nemesio Reyes, ese capataz que a veces rondaba la casa y la saludaba sin desmontar, no era trigo limpio.

-¿Qué anda pasando, Pedrito? -quiso saber Urpila, intuitiva, sin dejar de amasar y fregar.

-Nos quieren robar el agua, cholita. Quitarnos todo, todito. Las casas, la siembra, los cuys. Echarnos al cerro yermo y plantar más, y más, y más… Y bueno, hemos de hacer algo, compañera.

Ella lo mira fijamente, con ojos claramente abiertos pero muy serenos, y se limpia las manos en el delantal y espera.

-Hemos de hacer un trabajito, ¿sabes? Me lo ha encargado la Asamblea y…

-Lo que digas, lo que sea, Pedro mío.

Pedro la abraza y llora en su hombro. Ella lo conforta diciendo:

-No haya miedo, compañero.

ALLÁ EN LA CIUDAD

Solo en la Oficina, Nemesio toma un periódico y lee el titular: “Subversión”. No conoce la palabra. Más abajo, mira una foto de manifestantes con puños alzados y pancartas: “Tomas de fábrica”, “Huelga general” y un subtítulo que anuncia: “Enfrentamientos con víctimas ponen al Gobierno en situación crítica”. Esto último no le resulta muy claro, pero al menos ocurre lejos. Eso sí, ¿qué querrán decir con “Toque de queda” y “Ley marcial”? ¿Una ley nueva, tal vez?

-¿Qué hacés vos acá? -lo sorprende el Contador de la Empresa, entrando con más diarios bajo el brazo, de mal humor y traje ajado.

-Lo buscaba a don Julio…

-Ah, ¿sabés leer? -zumba el recién llegado, viendo el periódico en manos de Nemesio -. ¡Pero me cago en Dios, qué bien que te van las cosas, a vos! ¿Dónde aprendiste, Reyes? ¡No me digas que fuiste a la escuela!…

-No, me enseñó…

-¡Qué me importa quién te enseñó! -lo interrumpe el Contador, quitándole el periódico y concluyendo: -¡Fuera de acá! Y calladito la boca, ¿eh? Escuchame bien: si tu gente se entera de esto, ya sabemos a quién castigar. ¿Entendido?

-Mande, amito.

SAMKA-CANCHA

Urpila y Pedro retiran casi todo mueble u objeto de su reducido dormitorio. Sólo dejan un catre y un cajón, y en las toscas paredes se ven clavos y siluetas más claras, sombras de tiempo y polvo, ahora ausentes: un crucifijo, un cuadro o espejo chico, un pájaro con las alas extendidas, y el machete de desmalezar. No hay otras armas, y mucho menos de fuego, prohibidas por la Empresa. Eso sí, no falta una botella de pisco o chica.

El catre es para Nemesio. Si va a pasar la noche ahí, ¿para qué causarle más incomodidad? Se pondrá más nervioso e incontrolable. ¡Que chupe y duerma, pues!

El cajón es asiento de Pedro.

NEMESIO SIN MUJER

Don Julio permitió que su regordeta hija le enseñara a leer a Nemesio deletreando palabras impresas en los lomos de los libros de la Oficina: “Debe y Haber”, “Salarios y Vales”, “Correspondencia”, “Balance”, “Diario”, y también los titulares de algún periódico de la Ciudad. A Nemesio le gustaba, pero no más de lo que le gustaba ella. ¡Qué palabras ni gurí muerto! Lo mejor eran esas tetas macizas que le asomaban por el escote de dama antigua al inclinarse junto a él. Y esos ojos bien redondos, y el pelo color trigo, y el perfume ahumado, y esas piernas blancas…

Nemesio no resistió mirarla demasiado, y llegó al extremo de espiarla por el ojo de la cerradura del baño contigüo. Fue el límite de un coqueteo (de ella) que la regordeta no toleró, gritándole: “¡Indio degenerado!”… perra hambrienta que, todos lo sabían, menos su señor padre, se acostaba con un fogonero del tren y le arrastraba el ala a Pedro.

-¿No te da vergüenza, desagradecido? -agregó ella, con voz de maestra de colegio, y Nemesio empalideció.

¡Qué le iba a dar vergüenza! Lo que le daba era miedo, un miedo atroz de que ella se lo contara a don Ritz Argañaraz, miedo al castigo, miedo a perder lo poquito que lo diferenciaba de los suyos, miedo a volver a ser un simple cosechero, y capataz ya nunca más. Miedo, miedo, miedo…

Pero ella no habló: aprovechó el incidente a su antojo y, desde ese día, tuvo un sirviente propio e incondicional, tan útil para asear su caballo árabe o lustrarle las botas inglesas como para vigilarla a esa Urpila, mujer de Pedro, a la que a la regordeta le envidiaba su hombre.

A Nemesio no le fue fácil resistir sus provocaciones de patrona en celo a al echarle (ella) el aliento en la oreja, sobarle los hombros, leerle palabras raras de libros de anatomía humana o reproducción de ganado y recordarle sus deberes de espía, o ella hablaba y adiós privilegios. Por ejemplo, el pingo argentino y el látigo australiano.

LUZ, CÁMARA, ACCIÓN

1. INTRODUCCIÓN

Nemesio echado de través en el catre, espalda contra la pared, cabizbajo, botella en mano. Pedro sentado en el cajón.

Nemesio presenta un hematoma en un pómulo, consecuencia de haber intentado resistirse tras darse cuenta de que sus captores no pretendían beber con él en lo de la Juana, sino llevárselo a la fuerza al otro lado del río. No parece vivo. ¿Piensa?

Pedro no deja de mirarlo. Tiene un billete en la diestra.

Silencio, viento, hipo de Nemesio.

2. LA LUCHA

Nemesio no mira a Pedro. Tal vez para no dejar traslucir sus intenciones. Se conocen, y en estos casos una mirada puede ser toda una declaración. Entonces se pone de pie de un salto, y en otro llega hasta la puerta, en realidad apenas cortina de poncho colgante. La botella, vacía, ha quedado sobre el catre, curiosamente descartada como arma.

Pedro suelta el billete y se le tira encima. Ni una sola palabra, ninguno de los dos. Abrazo de Pedro por la espalda, codazos de Nemesio hacia atrás, forcejeo, enredo, jadeos, caída y revolcón. Nemesio pelea por su libertad. Pedro, por la de su pueblo. La lucha dura poco, o mucho, según se mire, porque Nemesio, borracho y boca abajo, no mide tiempo ni esfuerzo: Y cuando al fin cede, Pedro lo suelta y se levanta.

-¡Hijo de puta, desgraciado, malparido! -grita o gime Nemesio, pero enseguida se pone de pie, se limpia un hilo de sangre de boca o nariz y vuelve al catre muy despacio, como quien de pronto entiende quién manda ahí.

Pedro recoge el billete del suelo y le dice:

-Tomá, esto es tuyo. Ladrones, no somos.

Nemesio lo toma y, otra vez sentado, lo guarda y juguetea con la botella vacía, como dándose cuenta ahora de que es buen arma de golpe. Pedro lo observa fijamente, tranquilo, sentándose en el cajón. Nemesio mira las paredes y pregunta:

-¿Y el machete, Pedrito?

No hay respuesta.

Nemesio prosigue:

-¿Y la Urpila?

Silencio.

Nemesio continúa:

-No van a poder hacer nada, hermanito… Dejame ir y no habrás de lamentarlo… Puedo ayudarte, hablar con don Ritz… Tendrás tu recompensa…

Un leve ruido afuera, como de pies calzados o bufido equino.

Nemesio insiste, casi paternal:

-Va a pasar igual que antes, Pedrito. No van a poder… Andabas bien sin meterte en pendejadas, ¿por qué meterte ahora, con Urpila…?

-Basta, mierda -dice Pedro, en voz baja pero grave, y Nemesio se calla.

3. EL ESCOPETA LESCANO

A solas, Nemesio oye un lejano cuchicheo de hombre y mujer al otro lado de la puerta-cortina, escudriña su alrededor, abandona el catre, trata de pensar cómo escapar, busca una ventana inexistente y exclama:

-¡Al Escopeta Lescano lo mataron por boludo! ¡Por usar arma prohibida! ¡Por ir solito a reclamar lo que no es suyo! ¿Me oyen?…

Nadie le contesta y encara la cortina, pero entra Pedro y, de un empujón, lo sienta en el piso. Nemesio vuelve al catre, diciendo:

-Había que verlo echando sangre en la puerta de la Oficina… Seis días estaqueado al sol… ¿Y quién lo siguió al Escopeta, eh? Nadie, ¡si recién a la semana pudo la viuda arrastrarlo para darle sepultura, ella nomás, sin velatorio ni nada! Solito como vino, solito se fue. Con los ojos secos de querer seguir mirando… ¿Y qué hizo el Pedro, a ver?…

Mudo, Pedro saca otra botella de pisco o chicha de abajo de su cajón y se la da a Nemesio, quien le quita el corcho, bebe del pico y eructa:

-Ay, Pedrito, ¿qué está pasando, compadre? Se les ha acabado el miedo, a ustedes?

-La paciencia se nos ha acabado, no el miedo. Miedo, hay. Pero a veces el miedo pierde la paciencia -dice Pedro.

-Solitooo… -molesta Nemesio.

-Al Escopeta se le acabó la paciencia y se mandó solito, sí, pero ahora… -se interrumpe Pedro.

-¿“Ahora”, qué? ¡Contá, hermano!…

-Ahora todos somos el Escopeta Lescano.

-¿“Todos”? ¡No me digas! ¡Pero vea que macanea lindo, usté! “Algunos”, dirás. Como después del Escopeta. Pocos, desarmados ¡y muertos “todos”! -desestima Nemesio, riéndose hasta perder la risa frente a la seriedad de Pedro, quien finalmente agrega:

-Vez primera será que marchemos todos juntos a la Oficina, y no al maizal. Vez primera será que entremos sin escuchar: “¡Pidan permiso, indios de mierda!”…

Nemesio bebe del pico, tose, niega con la cabeza, dice:

-¡No, no!… ¿Hoy?… ¡A la empresa no le va a gustar!… ¡Tienen la sangre caliente, están enfermos!… ¿Y yo?… ¿Por eso estoy acá?…

Nemesio no obtiene respuesta, bebe de más, respira mal.

-Primera vez que naaadie les avise, Nemesito -concede Pedro-. Algo hemos aprendido, los indios de mierda: los patrones se hacen fuertes hablando entre ellos. Nosotros, también.

-Pero, ¿hoy? -repite Nemesio-. ¿Hoy?

4. EL MIEDO

-¿Me han de matar, amigo? -murmra Nemesio, acentuando esta última palabra para molestar a Pedro, que bien sabe que un capataz y un cosechero no pueden ser amigos.

-Yo digo… paciencia -dice Pedro, muy lentamente, como si de pronto jugara con los nervios del prisionero-. Y digo… bueno, no sé, a lo mejor sí, a lo mejor no… Depende quién gane, digo… Hay otras muertes dando vueltas por ahí… y la tuya puede andar esperando… No te preocupes… Más seguro es estarte aquí, quietito, que por ahí como perro ladrador, como ánima cuentera, como…

-¡Yo no fui, Pedro! ¡Te lo juro!… -solloza Nemesio.

-“¡Cuidado, amitos, que a la indiada se le acabó la paciencia y esta noche se vienen todos a la Oficina, y a los trenes, y a las casas buenas! ¡Y no para pedir aumentos ni vales, patroncitos!” -declama Pedro, como imitando la voz de Nemesio o vaya a saber quién.

-¿Qué van a hacer? -susurra Nemesio, y escruta las paredes y la puerta-poncho, y frunce el ceño, y bebe, y se calla.

Pedro se ha sentado y parado varias veces. Ahora se sienta y dice, con calma y franqueza:

-Una lástima… Si no fuera porque se te fue la paciencia atrás de mejor paga, dos más seríamos rumbo a la Oficina… Dos son mucho… Hubiera estado lindo que lo vieras, que lo viéramos juntos… Como cuando chicos… Y acá estamos los dos…

5. EN OTROS LADOS

-No es cosa mía, nomás. Pensá un poco -dice Nemesio, en tono persuasivo, casi amable-. Vea, Pedrito, compadre, no le haga caso a esos descarriados, que ni leer saben. Usted vale más que ellos, es mi amigo, ¡no está solo! Si le hablo a don Julio, seguro que él…

-En la Ciudad se pelea -lo interrumpe Pedro, tranquilo-. Los mineros, los maestros, los puesteros, los estudiantes, todos andan pensando y haciendo lo que nosotros.

Nemesio minimiza:

-¡Huevadas, puras huevadas! ¡Revoltijos de blanquitos! ¡Cosas de ellos, nomás! ¡Nada que nos importe a nosotros! ¡Y la tropa ahí mismo los para!

-Puede -dice Pedro.

-Garrote -amenaza Nemesio, botella en alto, y Pedro saca el machete de abajo del cajón.

Nemesio lo mira, sonríe, bebe, hipa y sigue:

-Garrote y bala, y ahí quedan los descarriados… solitos, cagaditos, muertitos…

-Puede -dice Pedro-. Pero no toda es tropa de patrones.

-Igual se vendrán -insiste el capanga-, como siempre.

-No todos, que ya algunos se quedaron mirando para otro lado. También hay tropa pobre… casi como nosotros. Y tropa de gringos que, sin a quien mandar al frente, pronto se han de volver a su país.

-¿También sabes leer? -parpadea Nemesio.

Silencio con grillos. Gritos minúsculos, balazos lejanos.

Y CONTINÚA…

Post scriptum septiembre 2011.

Este es el primer relato literario, todavía no transformado en guión cinematográfico ni en posterior libreto teatral, ambos lamentablemente perdidos, que pergeñamos con Jorge entre marzo y mayo de 1975 en Miramar. Como se observa, no cumple con las normativas del texto dividido en imagen y sonido, propio del texto fílmico, ni con la previa anotación del nombre del personaje y luego su parlamento, típico del texto escénico. Por lo demás, se reproduce acá solamente un fragmento, aluvional y desordenado, gestado para contar con una base argumental de arranque, cuyo original completo abarca más 30 folios en tamaño oficio a doble espacio, y numerosos apuntes al margen. Sirva, no obstante, para dar una idea de la magnitud de la película nunca rodada por Jorge, y de la pieza que en el verano de 1975-76 estrenó, con su troupe de la Comedia Marplatense, el director Gregorio Nachman en el II Festival Internacional de Sáo Paulo, invitada luego a su par de Caracas, países del Este europeo y el Cervantes y el San Martín porteños. Cabe, por último, advertir que el tema, propuesto por Jorge y por mí desarrollado, contiene ya esa dicotomía raigal, e insistente en casi todos sus filmes, de dos hombres en pugna o camaradas o cómplices o acaso, en el fondo, un solo ser en despliegue bifronte. Enigmas de artista que la realidad puede refrendar o no, pero que indudablemente hablan de su creatividad y, en fin, de su vida.

Raúl García Luna.

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Sin categorizar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s