Periodismo

Post “Sur y después” by Vicente Muleiro

1. Sur y después
En un micromundo de opinólogos profesionales y opinadores aficionados donde cada día resulta más difícil acceder a la verdad pura y directa antes de retorcerla hasta meterla con fórceps en una caja desfondada de borceguíes usados, “Sur y después” viene a ofrecer su corazón. Sin altisonancias, en voz baja, dulcemente. Con coraje y ternura, libre de gluten autocomplaciente y trampas escénicas. Sólo cuatro actores y un músico para la saga de un Godot visible y triste, de un perdedor noqueado por una realidad adversa e injusta que ha devorado sus sueños libertarios, de un fugitivo que abandona familia y hogar para llorar lejos y a solas la derrota de todos.
Pero cuidado, que la palabra es un ser vivo, advertiría el Víctor Hugo francés. Porque se trata de un Julián (impagable Mario Alarcón) que, narrado en ausencia por Didas (sobrio Horacio Roca) y recordado por su ex mujer Frenchi (Daniela Katz, desdoblada de yapa en una amable prostituta austral) y su hermano Armando (Sebastián Richard cual oportunista Caín de un Abel denostado), sufre pero no se rinde. Se mofa de quienes han defeccionado sin luchar. Conduce un programita radial en un pueblito perdido del Big Sur. Pone a Eric Satie. Lee poemas. Bebe en el prostíbulo. Quema libros. Sangra por la herida. Está sin estar. Se ríe y nos hace reír. Duele, conmueve, putea.
Y sin embargo, la única mala palabra es “neoliberal”, dicha al principio. Las demás son poesía pura, con la indeleble marca en el orillo del autor de “Vide, la cinta fija”, terrible opus iniciática sobre un Videla entrenando para dar el golpe genocida, que la batuta de Norman Briski reciclaría en versión circense. Pero nada que ver con “Sur y después”. Esta puesta, y apuesta, es otra cosa. Una milonga, un blues, un cante jondo. Aquí y ahora, el director Hugo Urquijo ha sabido captar, y exponer, el alma de Vicente Muleiro. Pieza de cámara, dijo una espectadora al término del espectáculo. Madurez sin agachadas, diría yo. Reflexión sin vana acción, sólo módicas voces. Y ya sabemos que lo bueno, si breve…
Pero el final no se cuenta. ¿Para qué, si sabido es que el martirio suele llevar al destino que a todos nos toca? Acá, el enigma del “después” es nieve a 20º bajo cero, salir al bosque en camiseta de mangas cortas (la del club del más incorrupto y fiel amor, traicionada por un hermano adaptado al establishment) y dejar de respirar, tras años de “ayunar niebla en el umbral” de nuestra casa, ahora en remate o en proceso de demolición. De “Sur y después, uno sale con lágrimas en los ojos (¿dónde, si no?) y la neta convicción de que la belleza siempre nos salvará de tanto desastre organizado, como cantaban Pedro y Pablo. Gracias, Muleiro.

2. Reiteremos
Fracasar y retroceder. Fracasar y retroceder nos duele. Fracasar y retroceder nos duele a muchos. Fracasar y retroceder nos duele a muchos pero no a todos. Fracasar y retroceder nos duele a muchos pero no a todos los que les debería doler. Fracasar y retroceder nos duele a muchos pero no a todos los que les debería doler si fueran solidarios. Fracasar y retroceder nos duele a muchos pero no a todos los que les debería doler si fueran solidarios con los muchos. Fracasar y retroceder nos duele a muchos pero no a todos los que les debería doler si fueran solidarios con los muchos que sufren por culpa de ellos. Fracasar y retroceder nos duele a muchos pero no a todos los que les debería doler si fueran solidarios con los muchos que sufren por culpa de ellos y por ellos también. Fracasar y retroceder nos duele a muchos pero no a todos los que les debería doler si fueran solidarios con los muchos que sufren por culpa de ellos y por ellos también a la hora del desastre. Fracasar y retroceder nos duele a muchos pero no a todos los que les debería doler si fueran solidarios con los muchos que sufren por culpa de ellos y por ellos también a la hora del desastre y el desengaño. Fracasar y retroceder nos duele a muchos pero no a todos los que les debería doler si fueran solidarios con los muchos que sufren por culpa de ellos y por ellos también a la hora del desastre y el desengaño que aún no admiten de puro abismados y entregados que están. Fracasar y retroceder nos duele a muchos pero no a todos los que les debería doler si fueran solidarios con los muchos que sufren por culpa de ellos y por ellos también a la hora del desastre y el desengaño que aún no admiten de puro abismados y entregados que están a intereses espurios. Fracasar y retroceder nos duele a muchos pero no a todos los que les debería doler si fueran solidarios con los muchos que sufren por culpa de ellos y por ellos también a la hora del desastre y el desengaño que aún no admiten de puro abismados y entregados que están a intereses espurios que a todos nos dañan. Fracasar y retroceder nos duele a muchos pero no a todos los que les debería doler si fueran solidarios con los muchos que sufren por culpa de ellos y por ellos también a la hora del desastre y el desengaño que aún no admiten de puro abismados y entregados que están a intereses espurios que a todos nos dañan por igual. Fracasar y retroceder nos duele a muchos pero no a todos los que les debería doler si fueran solidarios con los muchos que sufren por culpa de ellos y por ellos también a la hora del desastre y el desengaño que aún no admiten de puro abismados y entregados que están a intereses espurios que a todos nos dañan por igual en una sola y común derrota. Fracasar y retroceder nos duele a muchos pero no a todos los que les debería doler si fueran solidarios con los muchos que sufren por culpa de ellos y por ellos también a la hora del desastre y el desengaño que aún no admiten de puro abismados y entregados que están a intereses espurios que a todos nos dañan por igual en una sola y común derrota inimaginable. Fracasar y retroceder nos duele a muchos pero no a todos los que les debería doler si fueran solidarios con los muchos que sufren por culpa de ellos y por ellos también a la hora del desastre y el desengaño que aún no admiten de puro abismados y entregados que están a intereses espurios que a todos nos dañan por igual en una sola y común derrota inimaginable para los muchos e incluso inesperada por ellos. Fracasar y retroceder nos duele a muchos pero no a todos los que les debería doler si fueran solidarios con los muchos que sufren por culpa de ellos y por ellos también a la hora del desastre y el desengaño que aún no admiten de puro abismados y entregados que están a intereses espurios que a todos nos dañan por igual en una sola y común derrota inimaginable para los muchos e incluso inesperada por ellos y que por cierto no es el fin del viaje. Fracasar y retroceder nos duele a muchos pero no a todos los que les debería doler si fueran solidarios con los muchos que sufren por culpa de ellos y por ellos también a la hora del desastre y el desengaño que aún no aceptan de puro abismados y entregados que están a intereses espurios que a todos nos dañan por igual en una sola y única derrota inimaginable para los muchos e incluso inesperada por ellos y que por cierto no es el fin del viaje en tanto los melones se acomoden sobre la marcha. Fracasar y retroceder nos duele a muchos pero no a todos los que les debería doler si fueran solidarios con los muchos que sufren por culpa de ellos y por ellos también a la hora del desastre y el desengaño que aún no admiten de puro abismados y entregados que están a intereses espurios que a todos nos dañan por igual en una sola y única derrota inimaginable para los muchos e incluso inesperada por ellos y que por cierto no es el fin del viaje en tanto los melones se acomoden sobre la marcha rumbo a una vida mejor en un país mejor. Fracasar y retroceder es, así, el destino manifiesto de los muchos a quienes no detendrán unos cuantos amuchados porque, reiterativos, volveremos.

© Raúl García Luna, 16/9/17.

 


El país que nos parió

Andrew Graham-Yooll es uno de los pocos intelectuales argentinos que aún sigue preguntándose quiénes somos. O mejor, por qué somos como somos. ¿Puede la Historia darnos no digamos una respuesta, pero al menos una pista? Yooll parece creer que sí, quizá, tal vez, posiblemente. Y ése es su segundo mérito, que se suma al primero: el de intentarlo y hacerlo, pariendo una Cronología tan puntillosa como propia. Porque todo es personal en esta vida. Y aunque el autor nos advierta que la objetividad no existe, es de agradecer, y mucho, semejante aporte a nuestra errática conciencia local. Borges dijo alguna vez que los porteños somos “europeos en el exilio”, y que acaso por esto a nuestro ADN cultural siempre le faltará ese gen perdido. Osado, incordioso, interesante. Tanto como las cronologías by Yooll, esta y otras, que prodigan inteligencia e instinto, pesquisa y selección, vida y afecto. Es que sin pasado no hay presente, e intentar borrarlo o torcerlo nos empuja hacia los arrecifes. Sea, pues, ‘El país que nos parió’ una brújula que nos guíe a buen puerto. RGL, 26/5/17.

“EL PRINCIPITO” NACIÓ EN ARGENTINA

Antoine de Saint Exupéry lo concibió hace ocho décadas, entre su departamento porteño de la Galería Güemes, la Patagonia y una playa al sur de Pinamar.

Cuerpo de nota:

Hace 75 años, en 1942, los propietarios de la muy modesta editorial neoyorquina Reynal & Hitchcock leyeron con asombro el original de un “cuento infantil” (así lo consideraron) que les había arrimado un ya famoso novelista y aviador: Antoine de Saint Exupéry (1900-1944) que, autoexiliado en Estados Unidos por la ocupación nazi de Francia, esperaba volver a volar para los Aliados en contra del hitlerismo. Nombrado Caballero de la Legión de Honor en 1930 “por su rara audacia y abnegación” en África, había publicado con gran éxito Vuelo nocturno y Tierra de hombres. ¿Y a Reynal & Co. les ofrecía El Principito? Pero, ¿qué era esa “metáfora boba” (así la considerarían los críticos) sobre la amistad entre un piloto forzado a aterrizar en el Sahara para reparar su malogrado avión y un estrafalario chiquilín oriundo del inexistente asteroide B-612?

Le dijeron que no le veían futuro, que lo pensara mejor, que no era algo “serio y para adultos” como su producción anterior. “Saint Ex” (así lo llamaban) insistió y don Reynal cedió, a condición de que ese “extraño texto” (sic) saliera ilustrado, tipo Alicia en el país de las maravillas. Y contrataron a dibujantes que no daban en la tecla, hasta que vieron las tintas y acuarelas que el propio Saint Ex había pergeñado más de una década atrás, en sus días de piloto postal en una lejana república austral llamada Argentina.

El librito entró en imprenta a fines de ese mismo año y apareció, en inglés, en marzo del 43. Críticas zumbonas, una semanita en librerías, y chau Principito: a nadie cautivó. ¿Era posible que Saint Ex fracasara de tal manera, después de haber triunfado con su novela inicial, Correo del sur, y negociado con la editorial gala de Gastón Gallimard un contrato por siete (7) títulos más? ¿Es posible que un (1) libro concentre toda la vida de un hombre? Sí, y éste es el caso. Ahora, la pregunta umbilical es: ¿cuándo y dónde nació El Principito?

Antoine aterrizó en Buenos Aires en octubre de 1929, junto a sus colegas Jean Mermoz (que en mayo de 1930 atravesaría el Atlántico en avión) y Henri Guillaumet (que en junio de ese año caería en la Cordillera y a quien Saint Ex buscaría desesperadamente, hasta su rescate con vida). Tres “mosqueteros del aire” enviados a inaugurar la Aeroposta Argentina, compañía pionera de este país, con un gerente general de apenas 29 años: sí, Saint  Ex. Transporte de correspondencia y a veces de pasajeros: novedad de la época, ya que hasta entonces correo y personas viajaban por barco. Vuelo bautismal: Buenos Aires-Comodoro Rivadavia ese mismo mes, con escalas en los polvorientos aeroparques de San Antonio Oeste (hoy llamado Saint Exupéry) y Trelew, donde le regalaron una foca bebé (retener este dato).

En principio, al joven Antoine no le gustó “la Reina del Plata” porque “los arquitectos volcaron su ingenio en privarla de toda perspectiva”. Se refería, claro, al amontonamiento de edificios céntricos que, como en varias capitales europeas, expresaban una cerrazón que él, más afecto al cielo abierto y a las llanas poblaciones de su anterior servicio en la línea Toulouse-Casablanca-Dakar, no apreciaba. Lo que en Buenos Aires no le impidió estimar “una pequeña ciudadela de chapa ondulada y gente que, a fuerza de tener frío y de reunirse alrededor del fuego, cae muy simpática” (¿el barrio de la Boca?).

Su alojamiento-base fue uno de los 350 departamentos de la Galería Güemes, entre las calles Florida al 160 y San Martín, en el sexto de sus 14 pisos. Fastuoso palacete inaugurado en 1915 y cuya cúpula, la más prominente de la Ciudad con sus 87 metros de altura, figuró como “el primer rascacielos”, hasta que se edificó el Pasaje Barolo, con una cima de 89 metros. Metros más, metros menos, lo cierto es que en los “bulines” de aquel cheto enclave (hoy oficinas arriba y locales comerciales abajo) residían Carlos Gardel y muchos otros figurones de la “movida” porteña de entonces. Y a Saint Ex, rápidamente flechado por el tango (“es una música tan triste…”), no le fue inusual cruzarse con Gardel en el departamento contiguo o en los cabarets Tabarís y Armenonville, que frecuentaba cada noche. Los inventores de mitos urbanos no dudan en suponer que el mentor nocturno de Saint Ex fue el Zorzal. Dato concreto es que al cineasta Luis Saslavsky lo conoció en una librería de la calle Florida, ante tomos en francés a los que el gran director argentino buscaba como fuentes cinematográficas, y que Antoine le ayudaría a comprender. E incluso lo recomendaría a Saslavsky como asesor local de la MGM, cuando su fama aérea y autoral, reunida en Vuelo nocturno, comenzara a ser película de Hollywood, en 1934.

El audaz gerente de la Aeroposta vernácula, soltero, admirado y, según crónicas de la época, “un excéntrico capaz de alojar una foca en la bañera de su departamento” (le fascinaba criar y regalar animalitos levantados en sus raids criollos), tenía un peculiar sentido del humor. Pequeñeces que acaso hagan a eso que los guionistas de cine y tevé llaman “la construcción del héroe”, a Saint Ex le encantaba divertir a sus amigos y amigas (numerosas ellas) con variopintos juegos de prestidigitación, invención instantánea de anécdotas falsas a partir de datos reales aportados por la vasta concurrencia, y cenando opíparamente (su pasión era el puchero), además de ilustrar con sus fotos (al modo de Julio Cortázar, que lo honra en un párrafo de su cuento El otro cielo) ambientes y situaciones que le resultaban risibles.

“Pero, ¿cuándo duerme este fenómeno?”, dicen que decía Guillaumet, pasmado ante ese “amigo del alma” que administraba una red de 15 aeródromos criollos, más sus rutas subsidiarias a Uruguay, Paraguay, Chile y Brasil. Dato futbolero (confirmado): en 1930, un grupo de médicos argentinos lo contrató para que los llevara “volando” a Montevideo, para no perderse la final del Mundial entre Uruguay y Argentina. Derrotado el equipo argie, los malhumorados doctores-hinchas retornaron en barco. Y Saint Ex volvió en compañía de un nuevo amigo: el ingeniero Piacenza, pionero de la aviación comercial charrúa.

Ese año conoció a la que en 1931 desposaría en Francia: la frágil pintora salvadoreña Consuelo Suncín de Sandoval, viuda del escritor Gómez Carrillo (muy amigo de Hipólito Irigoyen), en una conferencia de la Nouvelle Revue Française. Matrimonio con altibajos, separaciones y reconciliaciones, más que nada por las largas ausencias de él, tanto por su trabajo como por sus escapadas físicas e imaginarias. Escritor nocturno, insomne y enérgico, solía madrugar leyendo a grito pelado un relato que se le había ocurrido o describiendo el boceto de un chiquilín rubio enamorado de una rosa presumida, en un asteroide tan pequeño que podía verse la puesta del Sol más de 40 veces. Sí, había recibido las insignias de la Legión de Honor en la embajada francesa de Buenos Aires, pero se burlaba de los adultos e insistía en no querer crecer. Peter Pan honorífico, se autodenominaba “el oso”, y Consuelo era su “pájaro isleño”.

Hace 85 años, en 1932, ya había redondeado su obra más célebre, con dibujos y diálogos en papel membretado del Viejo Hotel Ostende, donde ocupó la habitación 51 del primer piso en los veranos del 30 y 31. Así lo confirman varios de sus biógrafos y la actual gerencia de ese hospedaje de tiempos patricios, remitiendo la posesión de los originales de Saint Ex al municipio de Pinamar, que en el 2000 (centenario de su nacimiento) lo nombró “ciudadano ilustre”, de lo cual dan cuenta dos modestas placas de bronce dentro del Viejo Hotel. Mito o verdad, mucho se habló del “usufructo” de esos originales por parte de un intendente más dado a obsequiarle propiedades oficiales a sus familiares que a trabajar honestamente por el bien de su pueblo. Incomprobable, cambio y fuera. De manera que El Principito nació en la Argentina. Para no pocos estudiosos, los médanos de Ostende le habrían recordado las altas dunas del Sahara español, donde Saint Ex, tras un aterrizaje de emergencia y delirios de sol mediante, habría soñado con ese blondo chiquilín (idéntico a él de niño) que sació su sed y le salvó la vida. Según otros, esto ocurrió entre estepas y ovejas patagónicas, y de ahí que su entrañable personaje le rogase: “¡Por favor, dibújame un cordero!”. Lo cierto es que en 1946, cuando por fin Gallimard publicó el libro en francés, su autor no pudo leerlo. Saint Ex cayó al mar, en misión de reconocimiento para los Aliados, el 31 de julio del 44.

El 7 de abril de 2004 se hallaron restos de su bimotor P-38 “Mosquito”, matrícula 2734 de la US Air Force, hundidos y despedazados en la costa de Marsella. Justo donde en 1998 un viejo pescador encontró una pulsera metálica que, según él, no llevaba grabado el nombre y grado de Saint Ex (como diría la prensa), sino algo así como la palabra “pájaro” y el código B-612. Misterio su caída, misterio la pulsera, la serpiente podrá morder al héroe, pero éste nunca muere.

 

 

Recuadro 1:

 

El libro infantil más vendido de la historia

 

Desde 1946 hasta 2011, se vendieron más de 85 millones de ejemplares de El Principito, seguido de cerca por el boom de El Código Da Vinci y sólo superado por la saga múltiple de El Señor de los anillos (de J.R.R. Tolkien, desde 1954) con 150 millones, o Historia de dos ciudades (de Charles Dickens, desde 1859) con 200 millones, o Diez negritos (de Agatha Christie, desde 1939) con 100 millones. Sigue siendo el libro más leído de la lengua francesa, el más republicado (400 ediciones legales y miles “piratas”) y quizá el más traducido a otros idiomas (mínimo 180, además de 70 dialectos regionales). En la Argentina, años atrás “la París del Sur” de las ediciones extranjeras y latinoamericanas (recordar Cien años de soledad, de García Márquez, en Sudamericana), lo publicó Emecé, por primera vez en castellano, en 1951. Entre los chicos, es el best-seller número uno.

 

 

Recuadro 2:

 

El Principito versus Juan Salvador Gaviota

 

En marzo del 2000, Richard Bach visitó Concordia, a orillas del río Uruguay, empecinado en “besar la tierra que pisó Saint Exupéry” en 1929, buscando nuevas rutas aéreas y donde conoció al matrimonio Fuchs y sus dos pequeñas hijas, a las que habría retratado en Tierra de hombres. Bach lo hizo en compañía de Fernando de la Rúa, que no se subió al Pipper del exitoso autor de Juan Salvador Gaviota, tan aviador como su admirado Saint Ex, “narrador que ejerció sobre mí una poderosa influencia, llevándome a escribir y a volar desde muy jovencito”. Por entonces, Juan Salvador Gaviota había vendido más de 40 millones de ejemplares y Bach, desde el aire, disfrutó de las ruinas de San Carlos, lejos de comitivas oficiales y autógrafos e imaginando a “las dos niñitas que Saint Ex describió”, con “una gran emoción” ante un Principito que consideró “magistral e insuperable”.

 

©Raúl García Luna, 2012-17.

 


Los libros que nos marcaron

Por Raúl García Luna

Pequeña encuesta realizada durante los primeros doce días de julio de 2003 para la revista “Debate” (y ampliada en enero de 2017 para una agencia española), en base a más de 70 consultas personales dirigidas a adultos de extracciones, profesiones y oficios muy variados, con un rendimiento del 84 % de respuestas a la tal vez excesivamente amplia o confusa consigna inicial: “¿Cuáles son para usted los 10 libros que lo marcaron, que lo formaron, que lo hicieron, por así decirlo?”.

Al margen de las coincidencias y diferencias de criterio, que quizá serían materia de un balance más específico y equilibrado, es de destacar que los más claros y rápidos aportes fueron hechos por argentinos no vinculados al quehacer literario (un cocinero, un ama de casa, un cerrajero, un oficinista, una modista, un cantor de ópera, un obrero jubilado, etc.), y los más lentos y conflictivos, los de un puñado de narradores, periodistas, historiadores, docentes, poetas, economistas, etc. Previsible, porque el pensamiento involucra la duda, y eso conlleva más tiempo de análisis.

Lo interesante, en fin, es que los lectores más pasionales que intelectuales fijaron de entrada el menú de selección, digamos, animando a los más pudorosos o remisos a expedirse sin mayor demora. Así, los títulos circularon entre todos los consultados (se les reenviaban conclusiones provisorias, como estímulos no conductistas), y la cifra saltó de 10 a los 20 que este consultor consideró un límite razonable.

Hete a continuación el resultado global, nada arbitrario por mucho que en ciertos casos las opiniones superaran la consigna añadiendo más títulos e incluso algunos no se atrevieran a ordenarlos numéricamente. Es de creer que aún hoy el libro es un objeto de culto, más serio y muy por encima de los ratings de tevé o los charts musicales, por dar ejemplos redundantes.

Vaya, pues, la asombrosa lista, en desorden aleatorio, no de importancia por su posición en ella:

1: “Martín Fierro”, José Hernández. 2:“Facundo”, Sarmiento. 3: “Don Segundo Sombra”, Güiraldes. 4: “Radiografía de la pampa”, Martínez Estrada. 5: “Amalia”, José Mármol. 6: “Las bases”, Alberdi. 7: “Los siete locos, Arlt. 8: “Ficciones”, Borges. 9: “Rayuela”, Cortázar. 10: “Sobre héroes y tumbas”, Sábato. 11: “Cien años de soledad”, García Márquez. 12: “La invención de Morel”, Bioy Casares. 13: “Las venas abiertas de América Latina”, Galeano. 14: “20 poemas de amor y una canción desesperada”, Neruda. 15: “El principito”, Saint-Exúpery. 16: “Operación masacre”, Rodolfo Walsh. 17: “El hombre que está solo y espera”, Scalabrini Ortiz. 18. “Nunca más”, Sábato y otros. 19: El libro de doña Petrona”, Petrona C. de Gandulfo. 20: “Rosaura a las diez”, Marco Denevi.

Observación posliminar: suena extraño que el Quijote, la Biblia, la Constitución Nacional, Salgari, Shakespeare, Marx, Agatha Cristhie, Hemingway, Bradbury o, extremando la sumatoria, Poldy Bird o “La razón de mi vida”, historietas tipo “El Eternauta” o cuentos infantiles como “Pulgarcito” figuren por debajo, pero así es. Subrayemos que la mayor parte de los encuestados fueron argentinos adultos, doble condición que le imprime a esta muestra un sesgo muy particular, propio, parcial y nunca definitivo, pero siempre atractivo. Alguien dijo que “el libro es la continuidad de la conversación por otros medios… para luego volver a conversar”.

Y bien, amigo lector, ¿cuáles serían tus títulos preferidos?

© R.G.L. 2017 para la Gazeta del Progreso porteña & la revista española “Extramuros”.

 


TEATRO

“Jorobado, el encierro de un cornudo”

Versión libre del cuento “El Jorobadito” de Roberto Arlt

Dramaturgia e interpretación: Claudio Pazos.

Dirección: Jorge Diez.

 

NOS JOROBAN Y APLAUDIMOS

Por Raúl García Luna

Cuando el cuerpo habla, quedamos mudos ante la elocuencia de la materia. De aquello que fuimos antes de la palabra aún no dicha ni escrita. Y si luego la voz acompaña al cuerpo, gestos y oralidad se amaridan sin ripios intelectuales. Casi naturalmente, como al pasar. Así se mueve y monologa Pazos, encarnando a tres puntas al gutural, grotesco, mordaz, provocador, urticante antihéroe de Arlt. “Feo”, diríamos hoy, más dados a la opinión fácil que a la entrega emocional. Porque así es el arte escénico, diría Shakespeare: si pensás mientras mirás y escuchás, no sentís. Reflexionar viene después. Vale, aunque lo monstruoso se nos ofrezca como belleza. Y bien, ¿qué nos aporta esta brutal criatura de tiempos de crisis, haciéndonos reír con sus chismes de amoríos perversos y sus aspavientos de minusválido subversivo y acaso deshonesto? Tal vez no se entienda por qué “cornudo”. Quizá nos resulte apenas un subnormal de circo fenomenológico. Posiblemente nos defendamos de él enterrándolo en nuestra acomodaticia memoria. Pero el tullido sigue aquí. Hoy más que nunca. Si hubiera que imaginar una metáfora oculta, este sería el “mensaje” de Diez: ¿es tal engendro sólo un oportunista marginal, cruel, inmundo y hasta olvidable, o nos compele a sentirnos jorobados nosotros mismos? La respuesta, implacable e imperdible, en el Teatro La Comedia, Rodríguez Peña 1062, los sábados a las 21:15 hs.

RGL, 30/5/16.

Jorobado


Entrevista a Raúl García Luna

Video.

Entrevista a García Luna, editor del semanario Perfil, en la 1era. Jornada de Periodismo en Miramar. Provincia de Buenos Aires. 7 de junio de 2006

Entrevista

Click para ver el video

 

 

 

 

 

 

 

 


Notas del autor:

Homenaje a Andrew Graham-Yooll*

Este 7 de junio a las 14 hs, en el 2º piso de la Diagonal Sur 751, el Foro de Periodismo Argentino ofreció un reconocimiento a la trayectoria de dos colegas veteranos y en funciones, claros ejemplos de coherencia: Julia “Chiquita” Constenla y el ombudsman de PERFIL, Andrew Graham-Yooll. Era el Día del Periodista y había mesas bien puestas con víveres de mano y buenos vinos, amén de gaseosas de compromiso que aliviaron la ansiedad incial de muchos. Entre ellos, Julio César Strassera, Magdalena Ruiz Guiñazú, el investigador y cofundador de FOPEA Daniel Santoro, el editor de Perfil diario Rodolfo Barros y un centenar de asistentes.

El acto primereó con un largo informe 2010 sobre presiones psicológicas o políticas y agresiones físicas a periodistas porteños y del interior que, con alguna referenciación del exterior, curiosamente sugiere un alto índice de violencia en provincias tipo Salta y cero en otras, como Tucumán y San Luis. Apenas una muestra. El trabajo, editado por FOPEA, es minucioso y, naturalmente, sólo de su lectura completa puede surgir un balance razonable.

Acto seguido, llegó la esperada hora de entregarle a Constenla y Graham-Yooll sus respectivos diplomas de membrecía por méritos, más sendas caricaturas de cada quien firmadas nada menos que por Hermenegildo “Menchi” Sabat, enmarcados ambos lauros. Impactante el buen ánimo de la señora, que desde jovencita revistó en tantos medios gráficos argentinos que bien puede dar cátedra de talento y supervivencia, y evidente el esfuerzo del cordial caballero al agradecer e insistir en que “el periodismo es un oficio y no una profesión”, para al fin callar ante el breve pero contundente elogio de Strassera “por su enorme ayuda en los tiempos del Buenos Aires Herald”, bajo la dictadura militar y publicando valientemente las primeras listas de desaparecidos.

Después, las fotos, los brindis y los aplausos, indudablemente merecidos.

*Raúl García Luna, Perfil, junio 2011.

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Vamos Rulfo todavía

Por Raúl García Luna

El mexicano Juan Rulfo nació en 1917 y murió en 1986. Entretanto, dio Pedro Páramo (1955). Y El llano en llamas (1953), okey. Y con esto, cartón lleno, abur, a sacar fotos y a beber tequila, que la vida no te espera.

Otros necesitan escribir decenas de tomos para encontrar su propia voz, y acaso –con empeño y con suerte– su eco. Rulfo, no. Con un puñado de cuentos y una novelita escueta, este hijo de Jalisco se rajó a la gloria sin más trámite ni demora. Ergo, ¿qué más decir de su pluma estricta, árida, alucinante? ¡Qué envidia!: esto puede decirse. Por lo antedicho, claro.

Si hasta Borges lo envidiaba. “Pedro Páramo es una de las mejores novelas de las literaturas de lengua hispánica, y aun de la literatura”, admitió, a regañadientes. Es que, para los fans del arte chino de la concisión –decir más con menos–, Rulfo es Gardel.

Gabo, Grass, Fuentes, Sontag, Canetti, Sabato, Mutis, ¿quién no se arrodilló en ese rito autocumplido de Rulfo con la ficción? Para mí –de artista cachorro, y sigo–, Páramo fue una pedrada en la frente. Una flecha en el pecho. Coletazo de tiburón. Tajo. Cuánto adjetivo al cesto por culpa de Rulfo. Cuánto realismo mágico al inodoro. Cuánto desierto.

Cierto es que en El llano hay un cuentito que prefigura a Páramo. ¿Y? Nada: Rulfo elude el análisis. Elige al –y se elige como– lector virginal. No escribió para críticos ni para escritores. Y escribió poco. Así que entrar en él no es difícil, y salir no es farragoso. Pero de ese periplo gulliveriano, de esa cacería del cetáceo blanco, de esa metamofosis no se vuelve siendo el mismo. Y menos cuando no se tienen veinte años y el hallazgo se vuelve credo iniciático. Inútil, claro. Porque Rulfo –como Borges– borró las huellas.

2007, suplemento Cultura, dario Perfil.

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Gran Enciclopedia del Saber Inútil

¿Por qué la goma de borrar estuvo prohibida 5 siglos?*

Por Lulo Luna (Argentina)

Poca gente sabe que la goma de borrar ya era conocida por los romanos, cuyas malas lenguas atribuían su invención al historiador Bumio a causa de su torpeza gramatical y su proverbial tacañería, que lo movieron a su empleo con tal de ahorrar ingentes cantidades de papiro.

Su fórmula inicial –cera virgen, resina y bálsamo de Vectra– se conservó hasta la Edad Media. En 1212, el teólogo Johanes de Bremen censuró su uso por parte de los copistas, pues le resultaba blasfematorio alterar el orden esencial de la creación. Si a eso añadimos que las virutillas –denominadas ‘fibrillum’– que su uso produce eran usadas como materia vil en prácticas de brujería, la situación se iba haciendo propicia para su prohibición.

Los monjes del convento de Arolia, situado en la frontera de Haburnia, barbados por imperativo de su fundador, eran famosos por su lamentable torpeza y descuido. En su labor de copistas hacán tan frecuente uso de la goma que las virutillas –o ‘fibrillum’– se enredaba en los rubios rizos de sus largas barbas sajonas. La composición de la goma hacía que las mariposas revolotearan alrededor de sus rostros, provocando la mofa y el menosprecio del populacho. Constatado este hecho vergonzoso en una visita de cortesía que dos monjes de la Regla cursaron a Roma en 1276, el cardenal Severio consideró escandalosa esta explosión de color monástico y logró promover el célebre canon XXXVII del Concilio de Milán, en el que se considera el uso de la goma de borrar en los términos más tajantes (¿ultrajantes?).

Tendríamos que esperar hasta las encendidas jornadas de la Revolución Francesa, cuando Jerome de la Fleur publicó su célebre opúsculo “¿Hasta cuándo?”, en el que clamaba por la derogación de esa prohibición, vergonzante residuo del autoritarismo del antiguo régimen. El escrito le costó la prisión en la Bastilla, pero tras su liberación por el pueblo, su encendida oratoria inflamó a las turbas que –armadas con gomas– intentaron borrar los cerca de 150 lunares postizos que el duque de la Nuance tenía en su cuerpo, replicando la constelación de Ganímedes.

A tan fuenteovejuno crimen le debemos, paradójicamente, el uso moderno de la goma de borrar, entrañable y basto adminículo cuyo uso perdurará mientras el hombre se equivoque. Y sí, puede ser sustituida por miga de pan bien apretada. Además, sirve para comer.

*De “Pelotudeces”, Revista del Poniente Nº 27, Islas Baleares, 2005.

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Chau, Nico querido*

Por Raúl García Luna

No sé cuándo lo vi. Pero lo vi. Por única vez. En su última pelea. La primera noche en que el Luna ardió. Literalmente. Era verano. Moríamos de calor. Alguien dijo que quemar diarios se llevaría el calor para arriba. Donde las chapas del Luna tenían lucarnas de vidrio, rotas. Encendimos diarios. Granizó vidrio. Sudábamos. Saltábamos. Aullábamos. Nos quedamos en calzones. Literalmente. Éramos indios, idólatras, dioses. Contra las cuerdas, el Intocable esquivaba cada golpe de su triste rival. Que ni sé cómo se llamaba. Alzheimer, digamos.

Piernas fijas, torso inmóvil, la cabezota de Nico era como la de esos perritos de yeso y felpa que no pocos taxistas llevan a bordo. Un escapista, el Nico. Un pacifista: no quería pegar. Y de pronto, el horror. Recibió un ñoqui en plena jeta. Y otro. Y otro. Y ahí ardió Troya. O sea, el Luna. No aguantamos que el Intocable se bancara tan inédito castigo. Nos estaba defraudando, nos estaban pegando a nosotros. ¿Para eso había vuelto al ring? ¿Nada más que por guita? ¿Para no pelear? Queríamos comernos el cuadrilátero. Subir y darle la biaba a ese Alzheimer sólo por rozarlo al Intocable. Y cascarlo al Nico por dejarse pegar. Brazos bajos, como si nada, él bailoteó y humilló y sonrió. Fin del show, una delicia.

Lo demás fue huir del Luna. Molidos. Felices. Hechos sopa. Como en un Mundial. Como en la selva. “Lo que hace Nicolino es superior –dijo Leonardo Favio–: es como hablar del Diego”. En una estación de servicio nos bañamos con latas de agua fresca que nos ofrecían los empleados, a la voz de: “¿Fue hermoso, no? ¿Ganó, no?”. Belleza y victoria. Eso fue Nico. El único boxeador del mundo que nos hizo reír. El resto salió en los diarios.

*Suplemento Deportes, sección Polideportivo, Pág. 20, diario Perfil, septiembre 2005. 

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 Militante del Sur. Homero Manzi a 100 años. Por Raúl García Luna y Matías Marini.

Revista Desde el sur Nº 4. Mayo de 2007.

(Para leer o descargar el archivo que contienen el PDF con la nota completa, pose el mouse sobre la imagen y haga click.)

Revista desde el sur - nº 4 - Mayo 2007

*Archivo HOMERO MANZI. Nota en revista Desde el Sur (Mayo de 2007).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La vida es corta – El futuro nunca llega- (-2009).

Tres semana atrás, dos columnas antes, andaba pergeñando una sobre la posibilidad de vivir más años de los que hoy vivimos, según flamantes hallazgos científicos y fantasiosas especulaciones. Aciaga hora en la que me enteré del adiós de un ser querido, y paré. Ahora retomo el tema, marcado por esa finitud que, como corresponde, es nuestra única certeza. Por un lado, tres eminencias ganadoras del Nobel ’09 han detectado vaya uno a saber qué flecos o pendorchos en el ADN humano, responsables de nuestro estirón de pata a más o menos determinada edad, que podrían ser retocados para que la Parca nos deje en paz, digamos, 200 años. Sí, un par de siglos. Por otro lado, un experto en inteligencia artificial norteamericano ha declarado, muy suelto de lengua, que en 20 años se podrá reprogramar el software de nuestros cuerpos vía nanorrobots que reemplazarán a los glóbulos rojos, frenarán el envejecimiento y, convertidos todos en cyborgs, nos dejarán pastar en las viñas del Señor por siempre. Sí, en dos décadas, la eternidad. Chupate esta mandarina, Dios. A ver, dijo Borges. Acá nadie se va a poner a defender la muerte, por muy natural que ella sea o porque así lo haya dispuesto el Creador, pero esto ya está pasando de castaño oscuro. Anteayer, la vida prolongada o eterna era un ideal del arte como trascendencia cultural o un sueño de relato de ciencia-ficción. Hoy, por oblicuo entusiasmo o por afán de figuración, es una oferta de especialistas, por lo general vinculados a los grandes laboratorios, que seguro medrarán con medicamentos intermedios en pos de un magro dale que va, la puta que vale la pena estar vivo, caro pero el mejor y que se mueran los pobres. Dato interesante, de puro marketing, es que en ambos casos se destaca el sexo, en vivo o virtual, como una potencia al fin recuperada sin distinción de glándulas, deseos o semillitas en macetas de un repollo traído de París por la cigüeña para que prole haya. Contradictorio, porque amén de no responder la lógica cuestión de qué van a ser, y qué van a hacer, tantos gerontes e inmortales en esta ya supernumeraria tercera piedra alrededor del Febo asoma, les importa un ecológico rábano insinuar la imposibilidad de acceder en masa a tal beneficio humanitario. Qué buenos muchachos. En la realidad, esto no cierra ni con la Gotita. En literatura, al menos se expresan los subterfugios imaginarios frente el dolor de ya no ser, el sanseacabó, el todos vamos para el mismo lado, que es la quinta del Ñato. Hay que ver cómo sufren los clones de Blade Runner al enterarse de que son humanoides perfeccionados en probetas, con cuerpo y alma pero con muy corto tiempo de duración. Cabe recordar que el futuro tecnológico y filosófico de 2001: Odisea del Espacio nunca llegó, y que para no pocos sudacas de este Culis Mundi la fecha remite a jornadas sangrientas mientras un Prescindente huía del presente en pálido helicóptero. Y no está de más consignar que, de veras, parece que las Crónicas Marcianas de Bradbury jamás serán viables. Un informe de la NASA asegura que la exposición de los astronautas a la radiación cósmica durante los 750 días de viaje rumbo al planeta rojo sería fatal. No podemos, por ahora, broncearnos en aquellas costas, so riesgo de terminar hinchados y con los ojos saltones tipo El Vengador del Futuro. Así las cosas, los vampiros clásicos y de moda que encarnan la sobrevida infinita a base de chupar sangre tampoco tienen asegurada su lozanía, salvo en libros y películas. En cuanto a los cyborgs, esos torvos especímenes mezcla de nosotros y cachos de máquinas, no correrán mejor suerte que Frankenstein o Terminator. Pero al menos ellos, a diferencia de estos pregoneros de la Nada tras bienes gananciales, partirán con la frente alta por haber tentado inocua trascendencia vía compasivo entretenimiento sin menoscabo ni engaños. Fuera de esto, como tantas veces lo dijo Sábato, qué lindo sería vivir cien años de yapa, para verificar si nuestras apetencias de igualdad y justicia se cumplen en un tiempo acaso mejor, si es que el progreso existe. Entretanto, despedimos a nuestros seres queridos como se dice que Dios manda, en la esperanza de que pervivan al modo del Rey Arturo en la isla invisible de Avalon, mítico paraíso de los héroes imperecederos, o de Martín Fierro esfumándose en lontananza intacto, a salvo del olvido de los simples mortales. En fin, como decía mi abuela Finita: no llores, que la vida es corta.

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Palabras que se lleva el viento porque son como música. (* 1998)

Blues del Amasijo.

María del Carmen Colombo

Blues del Amasijo Colombo

Blues del amasijo. María del Carmen Colombo. 1998

 

 

 

 

 


Alicia Gallegos, Editora 

Más allá de su valor intrínseco, publicar un libro de poesía no es fácil, pero que se edite tres veces ya es un auténtico milagro.

Es el caso de estos Blues del amasijo, que aparecieron en 1985, renacieron en 1992 y vuelven ahora con plenos derechos ganados por la porteña María del Carmen Colombo (48) a golpes de intuición, talento y esfuerzo.

Para saber cómo se alzó con el Primer Premio de Poesía Quinto Centenario (1992) del Concejo Deliberante de Buenos Aires, entre otros, nada mejor que abrir el librito en la página 14 y leer Sally la lunga (“la pelirroja bailará roc an rol”), o Gardel y yo en la 18 (“mi nombre era maría/ maría solamente”) o Joseph Conrad (cuando/se nombra el mar/ morirse en tierra un acto indecoroso), o cualquiera de los demás poemas de la segunda parte, subtitulado Bailanta e iniciada con una cita anónima: “Déjame deseo, que me bamboleo”.

En síntesis, los Blues del amasijo son perlas negras, tanguitos, voces graves de una poética urbana sumida en mitos y miasmas usuales, líneas de sombra en una luz reconocible y capaz de suscitar una emoción inteligente.

*Comentario aparecido el 26 de julio de 1998, en la Sección Libros/Crítica del diario Perfil.

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Veraneantes ilustres – Raquel Forner en Miramar- Para La Voz – (2009).

La noticia me la maileó Matías Marini desde México, seguro trampolín a su radicación en Estados Unidos, ya que tras dos años de brillar periodísticamente en el diario Perfil aceptó –no sin dudas– una regia oferta laboral en la patria de Obama. Le deseamos toda la mérde del mundo y seguimos con el tema que él –siempre bien informado– de algún modo nos propuso. La nota salió en Clarín el 10 de octubre de 2009. A once años de su adiós, Raquel Forner (1902-1988) ha vuelto a exponer en Buenos Aires. Se avisa que son trece deslumbrantes pinturas de una de las creadoras más destacadas del arte argentino, y se abrevia su curriculum. Graduada en 1922 en la Academia Nacional de Bellas Artes, completó su formación en Francia entre 1929 y 1931. Miembro del Grupo de París, fundó –con Bigatti, Guttero y Domínguez Neira– una excepcional academia libre de enseñanza plástica. Universo simbólico, metáfora de la pérdida de los sentidos, artista inclasificable, testigo de su época, trata de explicar Sergio Domínguez Neira, su sobrino e historiador-presidente de la Fundación Forner-Bigatti. Impresiona la imagen goyesca de una mujer mutilada –“La Victoria”, de 1939–, de su serie sobre la Guerra Civil Española, donde se representa a sí misma antes de ser fusilada. De padre valenciano, de chica pasó mucho tiempo con su familia en España y, tozuda e indómita, siempre se negó a que la llamaran “pintora” –así, en femenino–, mientras las señoras de la alta sociedad le pedían naturalezas muertas. Su obra se abrió una brecha indiscutible en el arte nacional del siglo XX, comparable a la del gran Antonio Berni. Berni, ideológico-popular. Forner, cosmogónica-universal. Sus series sobre los astronautas, el Apocalipsis atómico o los mutantes destilan miedo por la destrucción de la Tierra por manos humanas. “Siento un mundo de realidades metafísicas que escapan a mi inteligencia, y quiero expresarlas con mi pintura. Un mundo de magia y misterio que aterra mi alma, y quiero captarlo y liberarme por mi arte”, escribió. Por otra parte, el galerista Jacques Martínez recuerda su enorme humildad, que en su hora de mayor reconocimiento la hacía sonrojar al exhibir un cuadro nuevo. Si, como suele decirse, sus pinturas producen un efecto hipnótico, esto es así no sólo por su fiereza de forma y color –a salvo de combinar mansamente con la decoración–, sino por lo que aún sugieren. En “El viaje sin retorno” –obra en memoria de su marido– anotó su consigna: “L+A=V, L-A= M. Lucha más amor, igual a verdad. Lucha menos amor, igual a muerte. Tal la Forner que veraneaba en Miramar, arrastrando con ella a una verdadera troupe artística –Lagomarsino, Sábato, Maglione, etcétera– durante sus animadas caminatas por el paseo costanero o el vivero dunícola, lejos del bullicio marplatense que tanto detestaba y feliz ante tanto mar, tanto árbol, tanta amigable polémica. Tal la Forner que también frecuentamos en Buenos Aires –en su alto atelier-escuela del Pasaje Barolo–, nunca lo que se dice bonita, siempre distinguida, generosa, discutidora y joven de alma. Tal la Forner que entrevió en Miramar una posibilidad aún no explotada: la de atraer a creadores de distintas disciplinas, reunidos en un intervalo de reposo e intercambio, sea sólo para soltar mundanal lastre, sea para bosquejar rumbos de acción conjunta, sea para obsequiarle a “su” balneario un lustre extra. Sea como haya sido –y estamos hablando del cruce de los 60 a los 70–, el convite no parece haber perdido vigencia. Una colonia de artistas en Miramar: para pensarlo, ¿no? Tanto como considerar –lo hemos hecho no pocos– la idea de sembrar la ciudad con estatuas de las grandes personalidades que en estas playas recalaron. Y destacarlo en las gacetillas de prensa, por supuesto, con sincero sello de interés cultural. Desde Parravicini hasta la Forner e incluso Sábato –sí, ahora, en vida–, sin olvidarnos del motociclista Ernesto Guevara, que aquí conoció el mar, etcétera, etc. ¿Por qué no? Si Raquel Forner pintó hasta el último día de sus 86 años, sin renegar por la edad ni aflojar un milímetro en su credo de trabajo y compromiso, ¿cómo podría un ciudadano o funcionario miramarense quejarse apriori de que el esfuerzo no vale la pena? Que así no sea, para que sea: tal mi deseo.

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Viajar es vivir – Miramar tiene que crecer-(Para La Voz – 2009).

Siempre he dicho que no es lo mismo ir de turista por otros pagos que ser un viajero. Por sutil que parezca la diferencia, el primero pasa por las cosas y las gentes de manera epidérmica, para volver al terruño con un puñado de fotos y anécdotas gozosas, por cierto, y retomar su rutina lugareña y seguir siendo quien es. El segundo, en cambio, regresa con un mundo adentro. No sólo ha visto y ha comparado, disfrutado y acaso descansado, sino que un misterioso imponderable se le ha instalado en el alma cual exótica semilla que ahora pide riego y arraigo en costa ajena. Pensemos, por un lado, en nuestros ancestros inmigrando con esa semilla plantada en el corazón. Desgajamiento y esperanza. Pensemos, por otro lado, en los que se van a estudiar o a trabajar o a buscar una razón de ser lejos de casa. Desgajamiento y esperanza, pero posibilidad de visitar la cuna natal, aunque sea muy de vez en cuando. Así, la distancia deja de ser dramática y viajar es apenas un toco y sigo, un volver para partir de nuevo. Nada grave, sólo tener dos patrias. Fuera de estos ejemplos y en el caso que nos ocupa, es un hecho que el viajero siente y reacciona de manera diferente al turista. Él ha cambiado, ya no es el mismo que cuando partió, fíjense en su mirada, escúchenlo hablar y callar. Algo inusual lo ha tocado, y si bien está de vuelta entre nosotros, a la vez pareciera estar en otra parte. Sí, se le pasará y reincidirá en sus comentarios habituales, remitidos a la medianía general que nos retiene en nuestro propio tiempo y espacio. Pero bajemos otro escalón y veamos cómo viaje grande y viaje pequeño pesan igual en el ánimo del viajero que, a diferencia del turista, tiende a apartarse mucho menos del ámbito que habita. De donde podría inferirse otra rara característica del viajero, tal vez un invertebrado temor a perder su presunto lugar en el mundo, de tanto andar y admirar otras vidas, de ser asaltado por peregrinos deseos de quedarse a vivir en cada nueva latitud que pisa. En fin, volvamos al meollo de este engrudo y digamos que el viajero vuelve a su playa natal, y la estantería se le viene abajo. Es un zombi, está contento y no pesca por qué, todo ha cambiado pero no tanto, o sí pero no para bien, o para bien pero sin llegar a ser ¿qué?, ¿lo que él de chico soñaba que iba a ser? Y como en sus largos viajes, el viaje corto le revela lo mismo, en el sentido de que ahí todos están viviendo sus vidas de todos los días y él sólo está de paso, no es ningún mensajero celestial, no encaja, no cuaja, no es. Ahora, supongamos que ese que ha vuelto por unos días es considerado un hijo pródigo. Un jugador de fútbol o un escritor, alguien que para realizarse tuvo que emigrar. Ahí las  cosas cambian. Se siente más contenido y menos confundido, se emociona más rápido que en el exterior, le gusta que lo mimen, parece un chico, ¿representa a su pueblo? Tal vez, en parte. Eso, ya se verá. Por el momento está ahí, con familiares y amigos que no le dan respiro. Vale, hay tanto que decirse. Y el tiempo fluye de otra manera, y los árboles embellecen las calles y, ah, las olas de la infancia. Lo charlamos en Miramar, sépanlo ellos o no, con mi hermanos Mónica y Jorge, con mi cuñado Carlitos, con mis amigos Alberto y Vicky, con mis tíos Elsa y Liserio, con Bisciotti hijo a cargo del concejo deliberante, y hasta con los pibes Camilo y Ian. Fenómeno es enorgullecerse de los miramarenses que se destacan en otros lares, pero también lo sería de los que lo logran sin haberse ido. Punto uno y punto dos, pares y ejemplares ambos. E incluyendo una tercera categoría, que es la de los que vinieron de afuera para hacerse miramarenses, que eligieron serlo, digo, y en los que la semilla del viajero germinó pero aún conserva un nutriente de provecho para todo nacido y criado que lo sepa ver, insisto. Porque de eso se trata, de ver, de mirar y escuchar, de abrir más la cabeza e imaginarse provinciano pero también cosmopolita, de ofrecer algo más que playas y viveros, de dar más. Si no, Miramar seguirá siendo lo que tantos otros pueblos turísticos eran, ya que muchos no son porque lo han superado, simples atracciones de ocasión. ¿Tarea costosa? Las ideas son  económicas, y abundan. ¿Necesario? Ético, por los que vendrán. Entretanto, bienvenido el turista, aplausos para el hijo pródigo y atención con el viajero. Si se entiende la diferencia, claro.

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Felices Fiestas – Merri crismas & japi niú yer- (Para La Voz – 2009).

Sólo quiso sentarse ante la flamante PC extrachata con pantalla de LCD y escribir un sencillo mail de salutación por las Fiestas. Se sentó y abrió el direccionario de la mailera. El mensaje iba a ser masivo, dirigido a todos los que estimaba y ya querría él que se conocieran entre sí. Un sentimental, el tipo. Tecleó nombres muy queridos y otros no tanto, para ser amplio y generoso al menos una vez al año. Pero apenas empezó a teclear el módico texto del caso, se le aparecieron las tentaciones del sistema. Primero que nada, un cartelito con carita sonriente que lo felicitaba por estar redactando una carta y le ofrecía ayuda para hacerlo. No, ¿qué ayuda ni ocho cuartos? Si él sólo quería poner una letra tras otra y armar las frases correspondientes a su simple intención de saludar a todos para las Fiestas y punto, feliz Navidad, próspero Año Nuevo y besos & abrazos, amigos, familiares, colegas, en ese orden afectivo. Ergo, fuera carita sonriente y ¿a ver qué más hay en esta sentina de escombros virtual, ya que virtuosa…? Ugh, joder con la maquinita. Tipografías distintas, cien tamaños de texto, colores mil del mismo, resaltado del ídem, diversos fondos a elección para la hoja virtual que viste y calza, caricaturas a rolete para adornar, algunas incluso con movimiento y hasta musiquitas, etcétera, etc. Había mordido el anzuelo, o sea esa carnada cibertrónica cuyo ardid evidente es que uno pierda más y más tiempo ante la PC para relegar raciocinio y decisión, y se entregó sin luchar. Sí, claro que se entretuvo, cómo no se iba a entretener. Había entrado en el país del chocolate y los caramelos cual Pinocho y demás pibes de orejas largas, ya a mitad de su transformación en burros. Ahora, la carita sonriente del comienzo no era otra, era la suya. Sólo le faltaba ser de madera, y listo el pollo. A diferencia de Clemente, el dibujito de Caloi, él no era manco y el aparato sólo le pedía dedos, apretar acá, pulsar ahí, agarrar esto, soltar aquello, seguir sugerencias e instrucciones, no pensar y dale que va, pavote. Una nube con arpa incluso, un Nirvana al instante, un edén administrado por herr Alzheimer, nada por aquí, nada por allá, inocencia en estado zonzo, gracia plena, dos avemarías, tres padrenuestros y a gozar, que los planetas chocan. Pero, ¿y el mensaje, che? Un manojo de letras grandotas y chiquitas, variopintas y bailoteantes, alegres e insensatas, plantadas en planos multidimensionales y regadas con imágenes de toda procedencia y especie, tipo mesiánico pan dulce o desmedido turrón, espantoso y bello a la vez, trampa para osos, rata devorándole los sesos, Baco me libre y me guarde, ¿cómo se sale de esta ensalada Waldorf sin chef redentor ni guía turístico? Pues vade retro y a otra cosa, mariposa. Esto, por ejemplo. Lo que demuestra que escribir sobre cualquier verdura es una viabilidad como cualquier otra, y eso es lo que está haciendo el sentimental de marras. Fíjese el avezado lector cuánta pampa de papel y tinta ha cooptado ya el mentado, sólo para confirmar que es posible pergeñar una nota sin contenido ni médula, como las de los blogs y los féisbucs, para celebrar cual auténtico embajodón culturoso de pago chico a pares, impares y parientes previos pesebres y cañitas voladoras, mientras aquel mail refritado, rellenado y recubierto de vana mermelada y grajeas bobas parte ya rumbo a los quintos infiernos de su merecido olvido, mediante este no digamos lúcido pero sí postrer click de quien esta vesánica salutación finaliza y firma, sin más y porque sí, con vero cariño y dudoso respeto, a la colonizada voz de merri crismas & japi niú yer, como quien dice, por joder. Y ahora en serio, Felices Fiestas.

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Fulvio for ever – (2010 ).

Fulvio y Loretta

Tengo un cuaderno donde pego mis “trofeos de vida”. Lo que no quiero perder. Lo inolvidable. Lo que sólo me importa a mí. Lo que casi a diario necesito volver a ver. Fotos, textos, recortes de periódicos, hojas secas, tickets to ride, críticas a mis cuentos y novelas. Allí atesoro un dibujo de Fulvio Sisti, que él me dedicó en Firenze hace veinte años y yo le he mostrado a medio mundo. Hay un fondo de Alpes o Andes, un extraño señor con sombrero y esquíes, una señora gorda de hermosas tetas y un tipo muy flaco y sonriente, de ojos grandes y con signos de interrogación sobre su enorme cabeza; con el que yo me identifico, aunque bien podría tratarse de Fulvio. A sus pies hay unos pájaros muy raros, como de Picasso, y algo que parece un par de testículos con modesto pene; imposible asegurarlo, posible sospecharlo. Y arriba de todo, la dedicatoria: “Caro señor Luna, ¡viva la figa che porta fortuna!”. El grito de batalla que Fulvio lanzaba ante cada barman de cada uno de los tantos bares a los que me arrastró en tan pocas horas, mientras mi prima Cristina, en su casa y en fiesta de amigos, se preocupaba por mi paradero. Acaso habíamos salido en busca de bebidas, eso no lo recuerdo, pero no olvido las que nos bebimos. El mecanismo era así: entrábamos del brazo, Fulvio exclamaba “¡viva la figa che porta fortuna!” o “¡arribato il signore Luna!”, explicaba no sé qué de mí, “doctor” o “big writer”, y el barman, con cara de póquer o parpadeante, nos servía dos copas. Nunca supe quién pagaba la cuenta; tal vez, nadie. “Este es un artista”, me decía yo, por dentro. Lo cierto es que con Fulvio hablábamos cada cual en su idioma, pero igual nos entendíamos. Del italiano y del español salía una graciosa mezcla que en Argentina llamamos “cocoliche”, lengua de fusión de los antiguos inmigrantes. En ese sentido, lo nuestro era jazz; o free tango, diría Piazzolla. Mujeres, música, Maradona, literatura, arte, búsquedas, hallazgos, dudas; sobre todo improvisábamos, en un ruidoso tsunami de preguntas y respuestas, de preguntas sin respuestas y respuestas sin preguntas. Como vecinos chismosos. Como chicos que escaparon del hogar. Como si nos conociéramos desde siempre o hiciera mil años que no nos veíamos. Como hermanos perdidos que, al fin juntos, todo se lo quieren contar en un instante. Y eso que yo todavía no lo había escuchado tocar ni cantar, ni sabía que también pintaba. Que yo escribía y ambos bebíamos, eso estaba claro; tan claro como la noche clara y la claridad de nuestros brindis, ya que no de nuestros erráticos pasos por calles oscuras en pos del siguiente bar que continuara iluminándonos el alma. Tal vez Fulvio fuese así con cualquiera de sus amigos o amigas; no puedo asegurarlo, sí puedo intuirlo. Lo cierto es que a mí se me reveló como alguien que me estuviese esperando; esperándome a mí, repito. Como uno de esos amigos fieles que contamos con los dedos de una mano o, misterio irresuelto, un desconocido al que le damos la mano y ya sabemos que va a ser nuestro amigo para siempre. Más adelante, siempre gracias a mi querida Cristina, disfrutaría yo de los dones artísticos de Fulvio, y me enteraría de sus pesares. A menudo lo escucho en saxo y voz, en una copia pirata de un CD asistido en guitarra por Alessandro Piccini, y con una letra “Dedicata a Loretta”, que amorosamente concluye: “Ma che conosco tanto bene”. Justo el tema de estas líneas. Fulvio habita mi cuaderno y mi memoria. Está en mis ojos y en mis oídos. Pero más que nada en aquellas inolvidables horas de parranda que contenían lo único verdaderamente atesorable de esta desconcertante y breve vida: el cariño, la rebeldía, la creación, la complicidad y, sobre todo, la risa; el milagro de la risa compartida sin explicaciones ni buenos modales, entre iguales que no se cuestionaban el mañana, acaso convencidos de que esa noche era puro presente, quizá lo que los antiguos músicos de las cortes, después de tocar para sus amos, al fin libres de partituras y batutas, a solas con sus instrumentos y su propio sonido, llamaban “la eternidad”. Como reza una canción de vaudeville: “Pasan los años, pasan los gobiernos, quedan los artistas”. Salute, caro Fulvio, y “¡viva la figa che porta fortuna!”.

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Mercedes Sosa – El secreto de los ojos de la Negra-(Para La Voz- 2009).

Esa noche la “cosa” era en lo de Víctor Heredia. En la cortada Anasagasti, a metros de la avenida Santa Fe, de la estación Bulnes del subte D y del shopping Alto Palermo. Pleno Buenos Aires coqueto, o mejor, concheto. Ahí donde nadie esperaría que viviera Heredia. Ahí donde dos veces le entraron en la regia casona de dos pisos para saquearle hasta los equipos de sonido. Cena de “ilustres” con catering criollo a cargo de no sé cuál hijo de la Negra devenido cocinero. El mejor locro que comí en mi vida. Los invitados eran León Gieco y señora, Antonio Carrizo y otros/as siete u ocho “influyentes” que para qué mencionar. A mí me había llevado Jorge Omar Novoa, el “Cuis”, mítico sabueso del espectáculo en silla de ruedas, hoy fallecido, al que todos queríamos tanto… Tanto por su bonhomía como por su humor corrosivo, impiadoso, letal. Por su lucha contra la afección que lo sacaría prematuramente de este escenario como por su culto a la amistad. Su idea era que le presentara al anfitrión, pero sobre todo a Gieco, mi flamante libro “El filo de la noche”, donde uno de mis cuentos se emparentaba con su reciente CD conceptual sobre los bandidos rurales. Específicamente, sobre Bairoletto. Ergo, había “tela para cortar” y la noche “prometía”, según el “Cuis”. Pero entonces tomó la palabra el “Tony” Carrizo. O Carrossi, según mis tías de General Villegas, que allí lo conocieron de joven y juraban ser testigos del cambio de apellido porque años ha no se veía con buenos ojos ser “gringo” y sonar castizo era “de rigor”. Y cuando el “Tony” cazaba la oratoria, ay, el eje del cosmos no era ni Dios, sólo él. Lo que nos hizo reír durante esa “tenida” no tiene nombre. Tan o más socarrón que el “Cuis”, se mofó de que su “ahijado”, el mismísimo dueño de casa, de chico fue educado en una “escuelita comunista”. Heredia se defendió diciendo que eso era mejor que ser un “menemista trasnochado”, sin dejar de llamarlo “padrino”. El pasado renacía de sus cenizas. Los “favores” de ida y vuelta caían sobre la enorme, fina, etílica mesa del patricio comedor cual molotovs de vidas privadas e ignotas menudencias de ruta que todos queríamos compartir. El caso era que, altri tempi, los anarquistas y los comunistas habrían sabido tener “casi” sus propias escuelas, máxime en el interior del país, donde la orientación lectiva sería “casi subversiva”, en el sentido de que los alumnos accedían a la literatura clásica rusa, a diferencia de las aulas “normales”, por así decirlo. Heredia no lo negaba y agradecía aquellas lecturas, que un día, al azar, en una librería de barrio, lo conectaron con textos de León Trotsky y le gustaron, pero en la “escuelita comunista” le valieron la repulsa y hasta un castigo de sus maestros. Algo muy similar a lo que le pasó a la Negra en sus primeros años en el PC argentino, cuna de folcloristas regionales “comprometidos” que, sin embargo, solían ser acusados de “permisivos” y/o “locos”, tal como la Negra lo recordó más de una vez. Y la Negra ausente se quedó con nosotros hasta el final. Era nombrarla, y el “Tony” cerraba el pico. Amén de que por esa puerta podía entrar ella en cualquier momento, sin aviso previo, de “sorpresa”, cual amenaza crucial de tanta chanza desbocada. Lo repetía Heredia, y Giego asentía. Para ellos, sus dos “chicos bienamados”, la mirada de la Negra era un oráculo. Juzgaba, pero no hería. Transmitía un mensaje salomónico y piadoso. Había en sus ojos un secreto milenario e inapelable. Eran, más allá de su magra confusión política por un Ortega o un Macri, “la voz de los ciegos”, por así decirlo. Quien fue mirado por la Negra, la Gorda, la India, nunca se olvida. Esos ojos, como hasta Charly García lo sabe, detenían al mundo en un inequívoco meandro. Donde se daban cita sus boleros de inicio, Cafrune aplastado por la camioneta de la Triple A, los recitales en apoyo a Tosco, la Tucumán bussista, el exilio “gardeliano”, el boom europeo, la democracia alfonsinista y una Buenos Aires que al fin “aflojó”. Y en eso estábamos, cuando la puerta se abrió…

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Réquiem por Milton – Nunca es fácil decir adiós- Para La Voz – 2009).

La ruta está repleta y llueve. Humo y niebla comulgan a baja altura. Las nubes son grises, densas, abultadas, la tapa de esta olla hueca que hoy es el mundo. Las gotas, gruesas, furiosas, azotan el parabrisas. Alguien llora a los gritos. Alguien llora en silencio. No alcanzan los abrazos para reemplazar lo que falta. Los camiones se pierden en la bruma. Adelante, adelante. Y a los lados, arbolitos lejanos que se han vuelto acuarela japonesa, difuminados sobre un horizonte inexistente, inclinados por el viento, mojados, calladamente exclamativos. A diferencia de los celulares, que suenan uno tras otro, pidiendo explicaciones que no podrán ser dadas. Todos vamos al mismo lugar. Sólo los brotes arrancados antes de tiempo duelen hasta enconar con la vida. La fronda madura, no. Sabemos que hay una hora para decir adiós, pero no es ésta, nos decimos en vano, heridos por lo que era joven y ya no será viejo. Y sin embargo, sin embargo, sin embargo, nada sabemos. Estaba escrito es una frase desgraciada, rutinaria, inútil. Centenas de pájaros siegan el aire húmedo, vaya uno a saber rumbo a qué refugio o nidal. No están solos, como nosotros aunque estemos juntos. Se deslizan sobre el misterio de la existencia sin hacerse preguntas. Simplemente, vuelan. Los relámpagos no los amedrentan, ni los apuran. Un trueno no es, para ellos, más que un trueno. Y la belleza de un ocaso, sólo otro ocaso. Atardece y nadie tiene hambre. Los puestos de comida rápida pasan como los carteles ruteros, sin otro servicio que el de cargar nafta o fumar. El siseo de las ruedas sobre el asfalto anegado parece calmar, como el agua salada del terruño natal, ola mansa, espuma de los días, flujo y reflujo, la bajamar. Habrá otros momentos, duros, penosos, en que la angustia será trámite legal y transporte de lo irrecuperable de un territorio a otro, fuego redentor, planicie de origen, monte de duelo sin sacerdocio ambiguo, sencilla ceniza humana que vuelve al polvo del que, se dice, todos provenimos. No haya acá culpa ni reproche. Seamos dignos de lo que fue. Demos las gracias. Nadie es dueño de la verdad es otra frase absurda, inverosímil, piadosa. El clima acompaña al destino, los elementos subrayan los sentimientos, inéditos rayos solares cortan las nubes un instante y ponen su efímera esperanza en un tiempo mejor. Adelante, adelante. Llegaremos, y acaso haremos de la muerte una fiesta inolvidable. No se ha vivido sin sentido, nos decimos por decir algo, inconsolables, seguros de que lo nuestro es lo  inesperado y lo imprevisible no es evitable, despojados al fin. Pero ni justo ni injusto, ni mensaje ni lección, esas son cosas de los vivos. La ruta continúa repleta. El viento empuja. El aire congela. La tierra es agua. Las ciudades, una entelequia. Con lluvia o con sol, alguien se ha ido para nunca más volver. Y allá vamos los tristes, los adultos, los huérfanos, a despedir aquello que nos fue tan tempranamente arrebatado. Hoy parece no haber mañana. Hoy sabemos que nuestro único refugio está siempre donde el amor anida. Hoy, simplemente, hay que llorar.

 

Post “Sur y después” by Vicente Muleiro

1. Sur y después
En un micromundo de opinólogos profesionales y opinadores aficionados donde cada día resulta más difícil acceder a la verdad pura y directa antes de retorcerla hasta meterla con fórceps en una caja desfondada de borceguíes usados, “Sur y después” viene a ofrecer su corazón. Sin altisonancias, en voz baja, dulcemente. Con coraje y ternura, libre de gluten autocomplaciente y trampas escénicas. Sólo cuatro actores y un músico para la saga de un Godot visible y triste, de un perdedor noqueado por una realidad adversa e injusta que ha devorado sus sueños libertarios, de un fugitivo que abandona familia y hogar para llorar lejos y a solas la derrota de todos.
Pero cuidado, que la palabra es un ser vivo, advertiría el Víctor Hugo francés. Porque se trata de un Julián (impagable Mario Alarcón) que, narrado en ausencia por Didas (sobrio Horacio Roca) y recordado por su ex mujer Frenchi (Daniela Katz, desdoblada de yapa en una amable prostituta austral) y su hermano Armando (Sebastián Richard cual oportunista Caín de un Abel denostado), sufre pero no se rinde. Se mofa de quienes han defeccionado sin luchar. Conduce un programita radial en un pueblito perdido del Big Sur. Pone a Eric Satie. Lee poemas. Bebe en el prostíbulo. Quema libros. Sangra por la herida. Está sin estar. Se ríe y nos hace reír. Duele, conmueve, putea.
Y sin embargo, la única mala palabra es “neoliberal”, dicha al principio. Las demás son poesía pura, con la indeleble marca en el orillo del autor de “Vide, la cinta fija”, terrible opus iniciática sobre un Videla entrenando para dar el golpe genocida, que la batuta de Norman Briski reciclaría en versión circense. Pero nada que ver con “Sur y después”. Esta puesta, y apuesta, es otra cosa. Una milonga, un blues, un cante jondo. Aquí y ahora, el director Hugo Urquijo ha sabido captar, y exponer, el alma de Vicente Muleiro. Pieza de cámara, dijo una espectadora al término del espectáculo. Madurez sin agachadas, diría yo. Reflexión sin vana acción, sólo módicas voces. Y ya sabemos que lo bueno, si breve…
Pero el final no se cuenta. ¿Para qué, si sabido es que el martirio suele llevar al destino que a todos nos toca? Acá, el enigma del “después” es nieve a 20º bajo cero, salir al bosque en camiseta de mangas cortas (la del club del más incorrupto y fiel amor, traicionada por un hermano adaptado al establishment) y dejar de respirar, tras años de “ayunar niebla en el umbral” de nuestra casa, ahora en remate o en proceso de demolición. De “Sur y después, uno sale con lágrimas en los ojos (¿dónde, si no?) y la neta convicción de que la belleza siempre nos salvará de tanto desastre organizado, como cantaban Pedro y Pablo. Gracias, Muleiro.

2. Reiteremos
Fracasar y retroceder. Fracasar y retroceder nos duele. Fracasar y retroceder nos duele a muchos. Fracasar y retroceder nos duele a muchos pero no a todos. Fracasar y retroceder nos duele a muchos pero no a todos los que les debería doler. Fracasar y retroceder nos duele a muchos pero no a todos los que les debería doler si fueran solidarios. Fracasar y retroceder nos duele a muchos pero no a todos los que les debería doler si fueran solidarios con los muchos. Fracasar y retroceder nos duele a muchos pero no a todos los que les debería doler si fueran solidarios con los muchos que sufren por culpa de ellos. Fracasar y retroceder nos duele a muchos pero no a todos los que les debería doler si fueran solidarios con los muchos que sufren por culpa de ellos y por ellos también. Fracasar y retroceder nos duele a muchos pero no a todos los que les debería doler si fueran solidarios con los muchos que sufren por culpa de ellos y por ellos también a la hora del desastre. Fracasar y retroceder nos duele a muchos pero no a todos los que les debería doler si fueran solidarios con los muchos que sufren por culpa de ellos y por ellos también a la hora del desastre y el desengaño. Fracasar y retroceder nos duele a muchos pero no a todos los que les debería doler si fueran solidarios con los muchos que sufren por culpa de ellos y por ellos también a la hora del desastre y el desengaño que aún no admiten de puro abismados y entregados que están. Fracasar y retroceder nos duele a muchos pero no a todos los que les debería doler si fueran solidarios con los muchos que sufren por culpa de ellos y por ellos también a la hora del desastre y el desengaño que aún no admiten de puro abismados y entregados que están a intereses espurios. Fracasar y retroceder nos duele a muchos pero no a todos los que les debería doler si fueran solidarios con los muchos que sufren por culpa de ellos y por ellos también a la hora del desastre y el desengaño que aún no admiten de puro abismados y entregados que están a intereses espurios que a todos nos dañan. Fracasar y retroceder nos duele a muchos pero no a todos los que les debería doler si fueran solidarios con los muchos que sufren por culpa de ellos y por ellos también a la hora del desastre y el desengaño que aún no admiten de puro abismados y entregados que están a intereses espurios que a todos nos dañan por igual. Fracasar y retroceder nos duele a muchos pero no a todos los que les debería doler si fueran solidarios con los muchos que sufren por culpa de ellos y por ellos también a la hora del desastre y el desengaño que aún no admiten de puro abismados y entregados que están a intereses espurios que a todos nos dañan por igual en una sola y común derrota. Fracasar y retroceder nos duele a muchos pero no a todos los que les debería doler si fueran solidarios con los muchos que sufren por culpa de ellos y por ellos también a la hora del desastre y el desengaño que aún no admiten de puro abismados y entregados que están a intereses espurios que a todos nos dañan por igual en una sola y común derrota inimaginable. Fracasar y retroceder nos duele a muchos pero no a todos los que les debería doler si fueran solidarios con los muchos que sufren por culpa de ellos y por ellos también a la hora del desastre y el desengaño que aún no admiten de puro abismados y entregados que están a intereses espurios que a todos nos dañan por igual en una sola y común derrota inimaginable para los muchos e incluso inesperada por ellos. Fracasar y retroceder nos duele a muchos pero no a todos los que les debería doler si fueran solidarios con los muchos que sufren por culpa de ellos y por ellos también a la hora del desastre y el desengaño que aún no admiten de puro abismados y entregados que están a intereses espurios que a todos nos dañan por igual en una sola y común derrota inimaginable para los muchos e incluso inesperada por ellos y que por cierto no es el fin del viaje. Fracasar y retroceder nos duele a muchos pero no a todos los que les debería doler si fueran solidarios con los muchos que sufren por culpa de ellos y por ellos también a la hora del desastre y el desengaño que aún no aceptan de puro abismados y entregados que están a intereses espurios que a todos nos dañan por igual en una sola y única derrota inimaginable para los muchos e incluso inesperada por ellos y que por cierto no es el fin del viaje en tanto los melones se acomoden sobre la marcha. Fracasar y retroceder nos duele a muchos pero no a todos los que les debería doler si fueran solidarios con los muchos que sufren por culpa de ellos y por ellos también a la hora del desastre y el desengaño que aún no admiten de puro abismados y entregados que están a intereses espurios que a todos nos dañan por igual en una sola y única derrota inimaginable para los muchos e incluso inesperada por ellos y que por cierto no es el fin del viaje en tanto los melones se acomoden sobre la marcha rumbo a una vida mejor en un país mejor. Fracasar y retroceder es, así, el destino manifiesto de los muchos a quienes no detendrán unos cuantos amuchados porque, reiterativos, volveremos.

© Raúl García Luna, 16/9/17.

 

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Una respuesta a “Periodismo

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