Colateral

“Un singani para Torres”

Nuevo cuento de García Luna, que integrará una antología grupal sobre asesinatos políticos, ficcionalizados por narradores seleccionados por Vicente Battista.

 Yo sé a qué vino usted. Pero no me diga quién lo manda. Prefiero imaginarlo un vengador y no un verdugo. Le veo la piel cetrina (como la mía) y pum, abajo la primera lata: es un agente altoperuano. Le miro el bulto bajo la axila y bang, apuesto a lo segundo: es un sicario de los cóndores, o como hoy se llamen. No puedo creer que aún sigan operando. Pasaron Trelew, Perón, Malvinas, los juicios de lesa humanidad, el 2001, ¿y ustedes no pasan? No diga nada. Tienen que cerrar las heridas, borrar huellas, matar al mensajero. Usted es demasiado joven para saberlo todo. También a mí me retacearon información sobre Torres.

Como sea, será justicia. Tres décadas llevo fantaseando con este final. No un lustro, como Torres en Buenos Aires. Pobre, creía que era la París del sur, y yo un amigo. Borges decía que al destino le gustan las simetrías. A Torres le gustaba Borges. Démosle el gusto, pues. Que parezca un cuento.

Un joven y un viejo sentados frente a frente, singani mediante. El viejo le apunta al joven con una 45. Infalible a esta distancia, usted sabe, le dice el viejo, ponga su arma en la mesa. Así, despacito, con la punta de los dedos. Bien, agrega el viejo, ahora me escucha, quieto y mudo. La botella es toda suya. Sin vaso, beberá del pico. Total, ya es de noche, yo estoy sobrio y antes del alba hará usted lo que deba hacer. Es mi oportunidad de contarlo como nunca lo hice. De hablar un poco de mí, aunque el protagonista sea otro. De condenarlo a usted, tal vez. ¿Le gusta el rancho? Lo levanté con mis manos, y las de los míos, justo es decirlo. Pero no vivo acá, sino en los Andes. Bueno, salud.

Le presento a mi Godot. Se llamaba Juan José, pero le decían Jota Jota. Como a un futbolista. Lo investigué en Buenos Aires, hasta saberlo todo. Incluso lo que no me habían dicho, digo. Que su padre había caído en la guerra del Chaco. Que su madre viuda lo crió junto a otros cinco chicos. Que en los 40 entró en la academia militar y en los 60 ya era agregado castrense por Bolivia en la embajada de Brasil. Que pronto fue embajador en Uruguay y en el 66, ministro de Trabajo de la junta de facto del general Candía. (En 1967 cayó el Che, ¿recuerda?) En el 69, Jota Jota llegó a secretario del Consejo Supremo de Defensa. Pero ya planeaba su propio golpe. El altiplano ardía, la miseria mataba. En 1970 lo apretó a Candía, se ungió comandante en jefe de las fuerzas armadas y, con apoyo de las organizaciones campesinas y estudiantiles y un grupo de oficiales rebeldes (prefigurando a Chávez), estableció una dictadura de izquierda. Inesperada, escandalosa. Imagínese usted el odio de los Cuerpos de Paz yanquis y de la Bolivian Gulf Oil Company, expulsados en un día.

Pero yo no lo maté. Yo lo entregué. Contra mi voluntad, incluso. Sin que desconfiara de mí y sin creer que de veras pasaría. Sólo para comprobar si era peligroso, me dijeron. Como en una novela de Greene: en medio de una guerra, un espía se hace amigo de un enemigo para tirarle de la lengua. Historia menor dentro de una historia mayor. No seré recordado por esto. Y usted, menos. Vamos, beba.

Para peor, después dirían que la idea de tirarlo en San Andrés de Giles fue mía. El terruño de Cámpora, habrá pensado algún perverso. Suma de pares. Serpiente de dos cabezas. Mensaje simétrico que nadie entendería, salvo yo. Eso, cuando los verdes ya me miraban mal. Yo no era de los servicios ni uno de ellos, sino apenas un pequeño Astiz a sueldo que así blanqueaba su negro pasado en la Triple A o en Montoneros, decían, les daba igual. Un pichón de chajá que, seguido sin aviso hasta el nido del chimango molesto, a la hora de la verdad se opuso a que se lo llevaran encapuchado y a patadas, como a un perejil del ERP. Un culatazo y quedé afuera, sospechado de simpatizar con él, de tanto frecuentarlo. En eso, no se equivocaban.

Cómo no desconfiar de un Judas forzado a delatar a un ex presidente populista que en sólo once meses nacionalizó las minas, les aumentó los sueldos a los mineros, envió más fondos a las universidades y creó el Banco del Estado, arrebatándole al capitalismo foráneo su gran fuente de enriquecimiento. Entre ellos, un sector vil de la colonia alemana local y no pocos mercachifles brasileños, se publicaría.

Claro estaba que ahora molestaba yo. Sabía demasiado. Podía contar el cuento. Pero, ¿por qué iba a hacerlo? Repito: nunca abrí la boca. Leí la amenaza en los ojos de los verdes y me escapé. Lejos, como Fierro, a las tolderías. Bien al sur, con los mapuches. En el norte, con los coyas, hubiera sido blanco fácil. Me hice perdiz, y nunca más. Hasta hoy. No pienso preguntarle cómo me encontró. Ni me lo imagino ni me interesa. Sabemos que vino solo, pero pueden venir otros. Por eso este rancho arderá esta misma noche. No piense, beba.

En 1971, Banzer lo derroca a Jota Jota. Exilio en Perú, y después en Chile. Malos aires. Conflicto fronterizo en uno, Allende aún en pañales. Quedaba Argentina. La París porteña. El departamento céntrico. Los paseos nocturnos por las salderías de la avenida Corrientes. Sin custodia. Lo acompañé cuanto pude, buscando libros usados de Borges. Era (como yo) un buen lector. De escasos recursos. Nunca pregunté quién solventaría su débil destierro en un país militarizado. Se me ordenó que me amigara con él, en sus demasiadas visitas a sus coterráneos refugiados en el conurbano y en la provincia. No fue difícil. Mi piel parda era buena carta de presentación. Fíjese, parezco un jujeño. Como usted. En las fiestas de los bolitas me aceptaron como a uno más, y compartí pan de maíz y chicharrón de chancho con paciencia de cholo. Ahí lo conocí, al fin, una noche unánime (cómo le gustaría a Torres escucharme decirlo así.) Me le arrimé como al descuido, como usted a mí hace unas horas en la feria regional, preguntando alguna zoncera. Qué comer, dónde pasar la noche. Y acá estamos. Gentileza de paisano raro, a dos pasos de El Bolsón. Ahí compro uva moscatel de Río Negro, para hacer mi propio singani. ¿Le gusta? Bueno, beba.

De traje y bigote (ni se molestaba en pasar desapercibido), Jota Jota hablaba de la revolución bolivariana como quien se refiriera a un choclo asado o a una borrachera con chicha. Peligroso, pues. E inevitable informarlo. Pero lo hice al revés. Dije que era manso e inocuo, un loco sin eco. Treta ineficaz. Conclusión: me pasaron por encima. Ajuste de cuentas. Secuestro y asesinato en junio del 76. Banzer y Videla, cóndores simétricos, satisfechos.

Yo ya iba a su departamento, y su señora me miraba como tal vez la mujer de Trotsky haya entrevisto a Mercader. Intuición inútil, sin entender el rumbo. Ella nos servía singani y yo le llevaba flores, bombones. Pobre, siete años reclamando que el cuerpo de su marido fuese aceptado en su tierra natal. La última noche, sus ojos eran balas. Y yo, el muerto de Borges.

Volvíamos de la Dickens con un Ficciones ajado y premonitorio. Lo releímos en voz alta, brindamos y cayeron los verdes. Correte o caés vos, me gritaron, camporista de mierda. Lo demás fue noticia ambigua. Que lo asaltaron unos ladrones al azar, por ejemplo. Que lo secuestró cierta banda de comisarios, sin pedir rescate. Que lo fusilaron los Montos o la Triple A. Que el cadáver aparecido en San Andrés de Giles poco se correspondía con su descripción en vida.

A sus restos no los aceptaron ni Argentina ni Chile ni Perú. México dijo que sí y en el 83, apretado el presidente Echeverría Álvarez por la Central Obrera Boliviana, Jota Jota volvió al terruño. Tenía cincuenta y seis años. Reposa en el monumento dedicado a los héroes de la Revolución. E incluso en San Andrés de Giles hay un cenotafio en su honor.

Y terminémosla, que en la botella queda poco y usted está borracho. Fíjese, pongo la 45 en la mesa. Fuera de cuento, en igualdad de condiciones. Pero no hagamos de esto un duelo, digo. Piénselo, si puede. Se va como vino y dice que no le conté nada. Que soy un viejo manso e inocuo, un loco sin eco. Que me odian por simpatizar con los mapuches. Que me escapé o me suicidé. ¿Le creerán? Usted es joven y podría dedicarse a algo más sano. No volver a Buenos Aires, por ejemplo. Irse a los Andes con nosotros. No pasarse treinta años recordándome noche y día, como yo a Jota Jota. Además, afuera esperan los míos. ¿O creyó que estábamos solos? Como sea, respetarán el desenlace. Son gente justa. Vamos, pues. Ni por usted ni por mí: un singani para Torres.

© Raúl García Luna, septiembre 2017.

Evaluaciones

*Me gusta mucho el cuento, don Raúl. Sólo sugiero que cuando nombrás a Hernández como la conocida librería le cambies el nombre por cualquier otra de Corrientes. Dicho así, Hernández puede llevar a confusiones: unirlo al autor de Martín Fierro, sobre todo porque de inmediato nombrás a Borges. Abrazos. (Vicente Battista, antólogo del libro.)

Es que esa era la idea, don Vicente: juntar a Hernández con Borges, dicotomía-base de nuestro pensamiento nacional. Pero bueno, ahora Hernández es Dickens, que sí es una saldería. Abz. (El autor.)

*¡Está bueno tu cuento! Utilizás esa forma de “monologar” con un interlocutor mudo, que yo recuerdo de otros textos tuyos. Sólo te digo que este relato no es para cualquiera. Como decía Blaisten: un cuento que puedan leer tanto los muchachos del café. Entiendo que está dentro de un contexto temático preseleccionado. Batista sabe lo que hace. ¡Muy bueno! Gracias. (Alejandro Abate, bibliotecario.)

Sí, convengamos que no es pa’ los chochamus del feca. La sombra de Borges lo impide, no sé si se entiende. Y el contexto temático, no del antólogo sino mío, es producto del monologuista del caso. Personaje que cuenta el cuento mezclado & cabeza abajo, a su modo, no al mío. El añejo misterio de la forma, del estilo, psé. Me costó ponerme al servicio de ese hijo de puta arrepentido, aunque esto nunca lo diga, frente a su amenazante & mudo interlocutor. En fin, mercí por leerlo. Uno aprende de los lectores, aunque Hemingway decía que jamás hay que dar algo a leer hasta no estar publicado. Abz. (El autor.)

 

*Don Raoul: usted sabe que soy jodido y más de una vez le he dicho que ciertos recovecos de algunos de sus textos no terminaban de convencerme. Por ejemplo: sus narradores —al igual que el Asesino— siempre son piadosos. Y nunca nos dan un malhechor de ésos, peores que el general Camps o que Robledo Puch. Al contrario, casi casi los exculpan: el tipo puede portar una .44 Magnum, pero antes que ir al polígono a practicar, concurre al Mozarteum, porque lo apasionan los quintetos de cuerdas. Las horas que otros dedican a picanear detenidos, el tipo las pasa leyendo al conde de Lautremont o cruzándose al Uruguay para escuchar, emocionado hasta el puchereo, a Canario Luna. En vez de golpear brutalmente al zurdo de turno, patea la pared para que, en la otra zapie, el/su coronel crea que la golpiza sucede, mientras él conversa con el muchacho trosko sobre cómo le gustaba a Santucho el Famous Grouse 12 años. Pero ¿quién es uno para aleccionarlo sobre qué debe hacer con sus personajes? Le salen así, y algo de cierto, de terriblemente genuino, habrá en ellos. (Joaquín Daniel Freire, escritor.)

No exculpo a nadie, don Freire. Y menos a un asesino. Somos tan distintos, usté y yo… Confesión amistosa: al troesma Antonio Di Benedetto también le cayó feo que, en “Porca miseria” (Grupo Editor Latinoamericano, 1985), yo asumiera la voz de un torturador en agonía. Recordemos que Di Benedetto fue realmente torturado. Pero, pasado su enojo, no se negó a presentar mi broli en el Teatro San Martín. A buen entendedor… (El autor.)

*Porfa, don Raoul, no sea protestón. Me refiero al narrador de la historia, no a usted. Recuerde que una cosa es el narrador, y otra la persona que hay atrás. Veo que a usted la sinceridad es un defecto que mal le cae. Yo comento con la mayor sinceridad posible lo que me parece. Ahora, si usted quiere que lo halague sin críticas, entonces mándese un pastel de papas (¿o de carne?) y ahí me tendrá, rendido ante su pluma. De cualquier manera, intentaré no ser menos que el gran Di Benedetto: para esta noche (espero que no sea tarde), tendrá un prefacio para “Un singani…”, visto por otro Freire (hay dos o tres, a pesar de mi pobreza interior), con otra luz. Y buen día, señor. (Freire, 2ª entrega.)

*Don Raoul, le pido mil disculpas, pero tres veces arranqué y tres veces interrumpí, sin saber cómo seguir la reseña o comentario de su cuento. Le pido que recurra a alguien más talentoso e inspirado que yo. Que la haya pegado alguna vez en una solapa no significa que pueda repetir el logro. Soy un hombre limitado. Pero mi abrazo, no. (Freire, 3ª entrega.)

Bocón. Cagón. Arrugó. Fuerte es el arte. Y débil la razón. No importa, igual lo quiero. Abz. (El autor.) 

*¡Aló, Maestro! Ahí leí su cuento nuevo. ¡¡Muy bueno, felicitaciones!! Hermosa historia y notable narración. Como siempre. Un placer leerlo. Un abrazo grande. (Mariano Pensotti, dramaturgo y director de teatro.)

*Ya me tomé el singani con J.J. Sin soda. Cicuta. Extra: tu anécdota con el maestro Antonio Di Benedetto y tu “Porca miseria” me dejó encantado. No lo sabía. Fuerte abrazo. (Matías Marini, cronista internacional.)

 

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Auditores que aprobaron “Un singani para Torres” tras su lectura en vivo: un dramaturgo, un actor, una psicoanalista, un escritor, una lectora y mi esposa. Gracias por el aguante. (El autor.)


Instrucciones para andar en bicicleta

1. Tener una bici, no importa si es de marca o plegable o playera sin guardabarros o de hombre o mujer.
2. Amar esa bici como a una Dulcinea o un Rocinante.
3. Ver en sus rayos no meros rayos metálicos, sino rayos de sol rayando las rayas del asfalto en las esquinas o en cualquier encrucijada vital.
4. Sentir los pedales como a hermanos gemelos girando en el eje del mundo, del universo incluso.
5. Saber que los frenos son los custodios del exceso de libertad, propia y ajena.
6. Dejarse ir rumbo a horizontes clementes, a salvo de compromisos pecuniarios, nimiedades domésticas y demás reduccionismos.
7. Ser valiente, en el sentido de la insensatez llevada al extremo del goce.
8. Ser solidario, en el sentido de no ser egoísta desconociendo que hay otros en el camino.
9. Vista al frente, y a los lados, y atrás.
10. Alas en los pies, murmullo interior, aire en el alma.

Dibujo Acha

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Sobre 11-11-13

Sobre para libros.

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El día viernes, 1 de noviembre de 2013- 21:29, Alberto Bigas  escribió:

Amigo mio querido,
por mi y por los amigos,
mi ausencia tiene causales
que son culpa y son silencio.
Las culpas sobreseídas
por cuestiones valederas,
el silencio es porque aprieta
la angustia que me genera.
Justificarme no intento
ni d’esta ni otra manera,
sólo espero la revancha
y en la revancha jugarme.
Es por eso que te digo,
sin temor a equivocarme:
siempre es tiempo,
nunca tarde
para abrazar al amigo.

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El 10 de octubre de 2013 a las 19:30, en la Casa de la Cultura del Fondo Nacional de las Artes, se presentó el libro bilingüe “Discepolianas de este siglo”. El poeta Luis Tedesco realizó un análisis crítico de los tangos de Discépolo y ensalzó la poética de Raúl García Luna. Andrew Graham-Yooll, poeta y traductor al inglés de las “Discepolianas”, cautivó al público con su simpatía y desparpajo. El actor discepoliano Francisco Cocuzza leyó algunos versos. El autor expuso los orígenes e intenciones de su obra. Y Virgilio Tedín Uriburu, presidente del FNA, moderó la mesa con profesionalidad y entusiasmo. No faltaron el debate ni los aplausos, y un brindis con vino tinto coronó la agradable velada.

Yooll – García Luna y Virgilio Tedín Uriburu

Andrew Graham-Yooll

Raúl García Luna

Luis Tedesco

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Francisco Cocuzza

Yooll – García Luna y Virgilio Tedín Uriburu

Brindis

Brindis

Vicente Batista, R. García Luna, A. Abate.

El escritor Vicente Batista, el autor y el Bibliotecario Alejandro Abate

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Estoy hecho de cine5

Raúl García Luna muy cerca de Mirtha Legrand durante la presentación del libro “Estoy hecho de cine”, 25 años de charlas entre el gran cronista del espectáculo Mario Gallina y el gran director de cine Martínez Suárez (hermano de la diva), en el Auditorio del Malba el 26/9/13. Diva a la que, trascendió entre el vasto público presente, el escritor parecía querer besar o asesinar (eso nunca se sabrá).

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tarjeta mar del sud 10,4x15-01

“Publicado en Miramar por Mónica Aramendi, en septiembre 2013. Ese modesto pueblo costero siempre fue una bucólica Meca austral apreciada por los miramarenses y los turistas deseosos de alejarse del mundanal ruido”.

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Diccionario de Literatura Universal, Editorial Visor. Buenos Aires, 2013.

Diccionario

Hola, Raúl! Por si lo ignorabas, he visto tu nombre en un prestigioso diccionario de literatura (“Aristos”, Editorial Visor, 2013), ubicado entre dos escribas menores (un tal García Lorca y otro tal García Márquez). El autor del citado diccionario te dedicó 12 líneas, injustamente menos que a los otros dos fulanos. Yo, en tu lugar, increparía seriamente al responsable de tamaña injusticia. Te adjunto la imagen de la página en cuestión. Un abrazo. Alberto Figueroa (periodista, editor), mayo 2014.

García Lorca, Federico (1898-1936). Poeta y dramaturgo español. Fue el poeta de mayor influencia y popularidad de la literatura española del siglo XX, en tanto su obra como dramaturgo es considerada una de las cimas del teatro español del siglo XX. La música y los cantos tradicionales son presencias constantes en su poesía, que es en esencia el reflejo de un sentimiento trágico de la vida. En su estilo prevalece la metáfora como procedimiento retórico central. En 1918 publicó su primer libro de poemas, Impresiones y paisajes, y dos años después estrenó su primera obra teatral, El maleficio de la mariposa. De su viaje a los Estados Unidos, en 1929, nació una de sus obras más importantes, Poeta en Nueva York. Por entonces ya había publicado Poema del cante jondo (1921), Canciones (1927) y Romancero gitano (1928). En su dramaturgia sobresalen La zapatera prodigiosa (1930), Bodas de sangre (1933), Yerma (1934), Doña Rosita la soltera (1935) y La casa de Bernarda Alba (1936). Murió ejecutado tras la sublevación militar que desató la Guerra Civil Española.

 García Luna, Raúl (n. 1948). Escritor y periodista argentino. Cultivador de una prosa en la que el escepticismo se combina con el humor pintoresquista, publicó libros de cuentos como Porca miseria (1985), Del decir de don Pedro de Alvarado en su agonía de Indias (1993), El color invisible (1994), El filo de la noche (1999) y Las espinas del deseo (2004), entre otros, y novelas como Bajamar (Premio Fondo Nacional de las Artes 1987-88, que en 1996 fue serie de televisión ganadora de un Martín Fierro), Cangrejos (1996), Ceferino, falsa vida de santo varón (2008) y El asesino piadoso (2009).

García Márquez, Gabriel (n. 1928). Escritor y periodista colombiano. A los veintisiete años publicó su primera novela, La hojarasca (1955), en la que ya apuntaba los rasgos más característicos de su obra de ficción, plena de desbordante fantasía. A partir de esta primera obra, su narrativa entroncó con la tradición literaria hispanoamericana, al tiempo que hallaba en algunos creadores estadounidenses, sobre todo en William Faulkner, nuevas fórmulas expresivas. En 1967 apareció su obra maestra y una de las novelas más importantes de la literatura universal del siglo XX: Cien años de soledad.  Esta novela, en la que trabajó más de veinte años, recrea a través de la saga familiar de los Buendía la peripecia histórica de Macondo, pueblo imaginario que es el trasunto de su propio pueblo natal y al tiempo, de su país y su continente. De perfecta estructura circular, el relato alza un mundo propio, recreación mítica del mundo real de Latinoamérica que ha venido en llamarse «realismo mágico», por el encuentro constante de elementos realistas con circunstancias fantasiosas. Ha publicado también El coronel no tiene quien le escriba (1958), El último viaje del buque fantasma (1968), El otoño del patriarca (1975), El amor en los tiempos del cólera (1985), Del amor y otros demonios (1994), Noticia de un secuestro (1996) y Memoria de mis putas tristes (2004). En 1982 obtuvo el Premio Nobel de Literatura.

Diccionario de la Literatura Universal, Editorial Visor. Buenos Aires, 2013

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HOMENAJE EN MIRAMAR

Anfiteatro Lolita Torres.

Septiembre 2013. Miramar homenajea a sus desaparecidos, en el anfiteatro Lolita Torres, en pleno centro de la ciudad. Entre ellos figura José Luis “Pepe” Leduc, amigo de Raúl García Luna y personaje de su nouvelle “Cangrejos, verano del 76”. Un recuerdo imperecedero para él y todos sus compañeros caídos en los viles años de tortura y muerte de la última dictadura cívico-militar.

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Muestra Colectiva “Yo amo”, en el Centro Cultural Recoleta. Raúl García Luna, 1986.

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PAÑO VERDE

Paño Verde Imagen

Exposición de fotos de Luis Micou con textos de Raúl García Luna, en el bar “Los 36 billares”, durante el verano-otoño de 2012.

“Cuando las bolas empezaron a entrechocar sobre el susurro apagado del paño verde, el corro de espectadores fue creciendo paulatinamente, y el murmullo de la admiración, de la exclamación aislada, fue envolviéndolo como antes, desde su prohibida lejanía, como si chocara contra las paredes de esa campana de luz que lo rodeaba, encerrándolo. Era otra vez el ensimismamiento perfecto. Allí el azar quedaba abolido por el golpe de su taco, y las bolas trazaban, inexorablemente, el diagrama geométrico de sus trayectorias, dóciles al capricho de su pulso. Jugó como si se desangrara en el placer del juego, como si cada jugada fuera un último aliento voluptuoso.”

De la novela “Paño verde” (1955, llevada al cine por Mario David en los 70), del narrador, periodista, dramaturgo y crítico de arte argentino Roger Pla (1912-1982), multipremiado y comparado con su colega y amigo Roberto Arlt.

Paño verde, corazón de tiza

Por Raúl García Luna

Pucha digo, se me hace que el billar tiene algo de secta, de burdel, de arca, de confesionario, de eternidad. Más que la oficina, más que la milonga, más que ese bar donde un solitario liba su feca o una ginebra disfrazada de vaso de agua. Mundo aparte, único e intransferible. Un eje sobre el que gira el deseo inmanente de ordenar el caos rutinario, se intuye el talento impar de los contrincantes, se imaginan los caprichos de las bolas como en un duelo criollo a primera sangre. Sólo que acá se lucha por turnos, con un taco cuya puntera es metafórica punta de facón y la tiza, el corazón de una mitología no escrita. Salvo por el troesma Roger Pla en su novela “Paño verde”, donde un sujeto de avería termina sus días acribillado y muerto sobre “su” mesa de billar, cual Cristo en la cruz a cuenta de Barrabás, Judas y Pilatos. Sí, algo de sacra oblicuidad hay en este métier inveterado y oscuro, nocturno, tanguero, blusero, viril en su intención, femenino en su precisión. Antiguo como las pirámides y el ajedrez. Sin edad ni filiación. Un señor de traje y bigotito anchoa que espera su momento de entrarle al paño verde. Ese muchacho de remera negra y arito en la oreja que envidia la pericia de un veterano. Aquel habitué de camisa blanca que, cabizbajo, se manda un cortadito o una birra en una mesa cercana, sin soltar jamás “su” taco. Personajes cuya sobria intimidad supo indagar Luis Micou con su mirada y sus lentes, con su amable percepción de lo frágil y su vasto respeto por lo diferente, lo inclasificable y, en fin, lo humano. Lo ha hecho ya con comunidades ajenas a esto que llamamos “civilización” y con paisajes y retratos fuera de catálogo, captando como pocos esos microcosmos de “barbarie” que nos son desconocidos por ignorancia o insensibilidad. Esta vez, acá nomás, en Los 36 Billares, donde una cosa es disfrutar un show de tango y otra distinta asomarse al recóndito quehacer de allá atrás. Un ritual “sólo para locos”, diría Herman Hesse. La persistencia de lo efímero, diría Gastón Bachelard. El pasado que no pasa, diría yo. Arte instantáneo, puro presente, y el futuro al toque, prefigurado en ojos aquilinos cual geometría que acaso no se cumpla sobre el noble paño verde. Pasión fría, ardor oculto, siseo incierto, taco avanti y a jugar, que chocan los planetas. Pucha digo, ¿por qué en vez de escribir no me habré dedicado al billar?

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Presentación libro de Martelli

Tarjeta de Invitación a la presentación del libro de Juan Carlos Martelli. García Luna como orador.

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Collage: La mesa está servida. (1988)

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CARTAS

Carta de Ángel Bonomini

Buenos Aires, 2 de agosto de 1982.

Estimado García Luna:

Le agradezco el interés con que ha leído mi libro*.

La nota** es excelente y, por supuesto, me la han comentado muchas personas.

Espero tener el gusto de conocerlo muy pronto.

Hasta entonces, le hago llegar un afectuoso saludo y mi agradecimiento.

Àngel Bonomini

Libertador 3186 (1425), Buenos Aires

*La publicación a la que se refiere el crítico de arte, poeta y narrador Àngel Bonomini (1929-1994) es “Cuentos de amor” (1982), tan descollante como “Libro de los casos” (1975), joyas del cuento breve que admiraron Borges y Bioy. Sus otros grandes títulos fueron “Los novicios de Lerna” y “Los lentos elefantes de Milán.

**La nota apareció en la revista “Somos”, de Editorial Atlántida, pocos días antes de fechada la carta. Junto a Antonio Di Benedetto, Bonomini es uno de los autores favoritos de García Luna.

Carta de Ernesto SABATO

8 de mayo*

Gracias, querido García Luna, por sus cartas y su envío. Quizá sepa que me pasé buena parte de la vida leyendo cosas que me entregaban, y tratando de darle una mano a quien me lo pidiera (…) y siento que el tiempo se me va de entre los dedos. ¿Si debe escribir? Usted tiene que saberlo mejor que nadie, si siente que, de no hacerlo, moriría. Y no hay otro criterio. Métale, en ese caso, y no se pare a escuchar las palabras de los papanatas y los resentidos. Un abrazo de:

Sabato

(*) Fragmento de carta no fechada y con matasellos borroneado, enviada circa 1975-76 por Ernesto Sabato desde Langeri 3135 (1676), Santos Lugares, provincia de Buenos Aires.

Carta de Marco DENEVI

Sáenz Peña, 26 de agosto de 1980*

A Raúl García Luna:

Deduzco, por las iniciales, que usted es el culpable de la nota sobre el Tomo I de mis Obras Completas (Somos, 15/8/80).

Le agradezco todo lo que ahí dice. Se lo agradezco de veras y no por simple formulismo.

Además, me sirvió para compensar los alfilerazos que alguien –una mujer de cuyo nombre no debo acordarme– nos infería por esa misma fecha a Antonio Berni y a mí, a propósito de un libro para niños que Berni ilustró y yo escribí.

Otra vez: gracias.

M. Denevi

(*) Carta enviada por Marco Denevi desde P/Pastorino 657 (1674), Sáenz Peña, provincia de Buenos Aires, a la redacción de la revista Somos, Editorial Atlántida, Azopardo 579, Capital Federal.

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Lulú parece la reencarnación de nuestro dorado & adorado Tomás. Así se echaba Tom en el teclado de la Lexicon 88 primero y de la PC después, o sobre mis primeras copias en papel de cada nueva novela o cuento fresco. Si no lo hacía, no era buena señal. Tan mítico se volvió el fenómeno, que mis vecinos & amigos de San Telmo y de Palermo me preguntaban si Tom ya había “bendecido” tal o cual libro en ciernes. Créase o no, así salió “Bajamar”, p.j., y no otros que no pasaron “la prueba” y debí corregir hasta lograr el “visto bueno” de Tomás, un tigrecito tan sociable que hasta bebía cerveza en las reuniones familiares. ¡Gracias, Lulú! ¡Sos una gatita de oro, inteligente & leal!
RGL.  –
(Lulú, es la nueva mascota del Bibliotecario Alejandro Abate,  -responsable del diseño de ésta página- Aquí Lulú, reposaba junto al teclado de la PC, mientras Alejandro se dedicaba a agregar en la página las novedades editoriales). (N. del E.)

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POR ABEL GONZALEZ

El martes 1º de enero de 2013 sesionó en asamblea un grupo de amigos y discípulos del gran periodista Abel González, fallecido el 24 de diciembre de 2012. En tal reunión se brindó en memoria del jefe de redacción de Clarín y Atlántida y ex ombudsman de Perfil, y se evaluaron las coberturas de su adiós en diversos medios, con predilección por la nota de Eliana Galarza en Clarín (“Un maestro de periodistas”, viernes 28/12/12), satisfacción por la de Vicente Battista en Télam (“Se nos fue Papá Noel”, domingo 30/12) e insatisfacción por la de Jorge Fontevecchia en Perfil (“Ombudsman”, sábado 29/12). Así inició este grupo sus actividades de homenaje y debate sobre la ética del periodista en sí, muchas veces no coincidente con los intereses del medio en que se desempeña. Abel fue un profesional culto y democrático como pocos, e instigó a incontables colegas jóvenes a crecer a través de una tarea bien fundamentada y abierta a la verdad, sin prejuicios ni dependencias filosóficas o coyunturales. Tal la lección del maestro por un periodismo mejor. Tal nuestro compromiso con su excepcional legado. Gracias, querido Abel.

Raúl García Luna
Carta al diario Perfil, domingo 6/1/13.

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RETRATOS DE GENTE COMUN

Enemigo de todo Caín

Por Lulo Luna*

Abel GolzálezEs un viejo sabio y amable, pero tiene un defecto horrible: es imposible hablar mal de él. Uno hace fuerza, y nada: no consigue tirar la primera piedra. Inmaculado, el hombre. Inteligente y comprensivo: una rara mezcla. Bueno, alguien tiene que ser bueno. Bueno sin dobleces ni idioteces. Bueno, pero no boludo. Por elección o por trayectoria. Es que ha vivido tanto… Empezó de chico y desde abajo, respirando el plomo de las tipografías de fascículos populares y diccionarios tipo Losada o Petit-Larousse, allá lejos y hace tiempo. Tiempos que, por indulgencia o modernidad, no reivindica mejores. Tiempos de vacas flacas y sánguches de crudo y queso al pie de las rotativas, pero al amparo de viejos sabios y amables, y de una imbatible data básica absorbida de interminables colecciones universales. Además, casado ya, se entusiasmó con la Revolución Cultural ¡y se fue a vivir tres años a China! Y volvió con la cola entre las patas, dice. Enamorado de los chinos y las chinas, de la gastronomía oriental, del adiós a la prepotencia occidental, pero desencantado del culto a la personalidad del jefe Mao. Después hizo Siete Días, la primera revista de Clarín, y una de ciencias en Atlántida: Conozca Más. Fue digno ombudsman de un efímero tercer gran diario nacional, vale decir, el defensor de los lectores, y hoy dirige una publicación propia, dedicada al vino. Baco jamás defrauda, suele decir, como un Omar Khayyám criollo, abriendo una o más cajas de selectas y caras botellas aportadas sin cargo por generosas bodegas, o invitándote a festines y a degustaciones de maravilla. Es redondo y goloso, y esconde un sentido del humor filoso y ondulado cual puñal malayo. Siempre sabe lo que dice. Y lo que dice es verdad indiscutible, hecho concreto, ley natural, magnánimo aserto. Nunca discute: sólo informa. Al cantor de ópera que aún admira a Franco le recuerda que ese señor se cargó a un millón de españoles. Al narrador que todavía admira al Che le sugiere revisar la teoría del foquismo y sus ralas consecuencias. Al joven locutor metido a político no le dice nada, sólo le sirve más vino blanco y lo ilustra acerca de las virtudes de los taninos del tinto. A las damas las trata como a reinas tiranas y a sus amigos, como a reyes magos. Sabe escuchar, cómo retrucar sin ofender, cuándo callar. Está de vuelta de todo, y el esplín de sus casi ocho décadas se le cuela en la voz grave, sincera, profunda. Está cansado, pero puja. Parirá sana lucidez a cualquier precio. Es que éso es lo suyo, dice: descreer de lo increíble, afimar lo afirmable, dar a luz lo luminoso. No confundirse con cantos de sirenas, brindar por la vida, matar a la muerte. Su aspecto es el de un Hemingway rechoncho y más maduro, a salvo del cruel escopetazo con el que el creador de Por Quién Doblan las Campanas puso The End a sus días. Pelo blanco, barba blanca, pluma blanca, redacta y edita textos como los dioses. Le importan el conocimiento, la condición humana, el afecto, la calidad, los meandros del intelecto llevados a la sencillez. No lo sabe, pero es un maestro zen. Todo lo que hace, lo hace con sólida ternura. Es el abuelo perfecto. El perfecto consejero, asesor y guía. Claro que él no se permitirá tamaña osadía. Vivir es un placer medio molesto, bromea, y encima se sufre, agrega. Al atardecer, observa el crepúsculo como quien escruta un misterio. Sin amo ni dios a la vista, asombrado como un chico, huérfano de fe y de entendimiento. Nunca se ha visto una lágrima en sus ojos, pero la procesión va por dentro. La democracia burguesa como una enajenante promesa. Las dictaduras como fierros al rojo vivo sobre feas heridas. Y el socialismo como utopía. ¿Qué hacer, pues? Nada, sólo vivir. Pero, ¿qué vida es ésta? La que nos es dada. La que nos corresponde. La que nunca cambiamos, dice. Y, como millones, se alza de hombros y mira el piso. ¿Un Abel resignado ante Caín? Tal vez. Por lo demás, vale oro. Sabio y amable, es horrible no poder hablar mal de él.

*Raúl García Luna, 2010.

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AL MAESTRO CON CARIÑO.

Anoche (24/12/12) se nos fue Abel González, el gordo Abel, nuestro Maestro (…). El viernes 21 fui a visitarlo y charlamos varias horas, porque hacía mucho que no lo visitaba (…). En ese lapso de tiempo le pregunté qué tal era tal o cual autor, por ejemplo Raúl García Luna, uno de sus mejores amigos. “Son de esos libros que leés siempre con una sonrisa”, me dijo Abel, y elogió la pericia literaria de Raúl. “No risa. Una sonrisa permanente. Tiene unos personajes fabulosos. Muy García Luna”, dijo, y en ese modo de adjetivar con el apellido me quedó clarísimo el respeto y la admiración que él sentía por su amigo (…).

Alejandro Margulis (fragmento), Navidad 2012.

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El 20 de septiembre de 2012, la ciudad de Miramar celebró sus 124 años de vida estrenando, en el viejo Cine Astral, la película “Mira-Mar, la mirada de un niño”, un documental que, con el apoyo del INCAA, describe el nacimiento de un pueblo, su pasado indígena, sus conflictos con la naturaleza, sus progresos y su relación con el país y el océano, fiel testigo y fuente vital de una sabrosa historia propia.

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Por esta Ordenanza del 7 de octubre de 2009 se nombra al Escritor y Periodista Raúl García Luna, Embajador Cultural del Partido de General Alvarado

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La puerta equívoca. 1a. ed.  Juan Carlos Martelli.  Buenos Aires, Aurelia Rivera, 2008.- 120 p. 20 x 14 cm.

(Poemario post mortem).

Raúl García Luna: Editor.

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La muerte del tigre

Por Raúl García Luna

1

El lunes 14 de abril de 2008, a los 73 años, falleció el narrador, psicólogo, periodista, gastrónomo y poeta Juan Carlos Martelli. Publicó las novelas Getsemaní;Persona pálida;Los tigres de la memoria (Premio Sudamericana-La Opinión 1974, ¡con Onetti, Cortázar, Walsh y Roa Bastos en el jurado!); Gente del Sur;La muerte de un hombrecito;El CabezaDebajo de la mesa;Melgarejo;French y Beruti, los patoteros de la Patria;Mariano Moreno, el valor y el miedo; y Los muros azules, maza garciamarqueciana sobre una contrarrevolución caribeña, con mapa y todo. Virginiano de impronta nabokoveña & borgesiana (y muy valiente: su pluma era un escalpelo), desbordaba ironía y metáforas nuevas, eso que él decía que es la verdadera literatura. No cruzó el río pisando las piedras (crónicas, datos fáciles), sino caminando sobre las aguas; y sin ver la otra orilla, como buen writer afincado en su tema, lenguaje y tiempo. Rebelde hasta el fin, insistía en que la realidad confunde y enferma, y que la ficción despabila y cura. Y bebía y reía como pocos. Sus cenizas fueron regadas con whisky, como pidió por escrito. Parte de ellas irá a Firenze, tierra de sus ancestros; y el resto a Villa Gesell, arena de su peculiar afecto. Los que amen (y sepan) leer, no lo olvidarán.

2

Este libro es parte de su memoria secreta. Poemas que no mostró en vida (salvo a sus familiares y unas pocas amistades), tal vez por ese púdico respeto que todo narrador experimenta ante la poesía. Poemas inéditos que (creemos Beatriz y sus hijos y colegas) merecen ver la luz, darse a los otros, irradiar su bondad. Sin análisis formales ni cabildeos críticos ni correcciones fatuas o retóricas, tales como él los dejó redactados. Se verá en ellos el inveterado intento de (como quería Rilke) escribirse a sí mismo, pensando pero sin eludir sentimientos, y entrándole con coraje (como azuzaba Arlt) al “camino tenebroso y largo”. Este es, en fin, el legado de un artista que bien podría haber adherido a la frase de cabecera de Roger Plá, tomada del Dr. Samuel Johnson: “El mundo no me buscó, yo no busqué al mundo”. Lo que, por cierto, no es del todo cierto. Martelli fue, además, bon vivant y publicista, y supo tanto o más que Paul Tabori sobre la estupidez humana (o mejor, burguesa). Fuera de estas especulaciones de vano prologuista y editor, aquí están, estos son. Poemas de un novelista, reflexiones de un viajero, percepciones de un plumífero impar. Argentino hasta la muerte y mano a mano con la historia. Juan, frágil e imperecedero, scotch mediante. Salú, maestro.

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Más sobre Juan Carlos Martelli:

LA PELÍCULA PERDIDA.

Por Raúl García Luna*

Los tigres de la memoria fue rodada por Carlos Galettini bajo guión del propio autor de la novela homónima, Juan Carlos Martelli (1934-2008), primer premio La Opinión-Sudamericana 1974 con un jurado irrepetible en la historia literaria latinoamericana: Augusto Roa Bastos, Julio Cortázar, Juan Carlos Onetti y Rodolfo Walsh. El elenco fue encabezado por Alberto de Mendoza y Olga Zubarry, y secundado por Carlos Carella, Gigí Rua, Boy Olmi, Andrea Barbieri, Jorge D’Elía, Max Berliner, Hugo Midón y varios más.

Una historia sórdida y marginal, de la que Osvaldo Soriano llegaría a decir que prefiguró los horrores de la dictadura militar. Un restorán de la costa donde cohabitaban policías y militares venales con traficantes de drogas y un ex militante revolucionario. Los años 70 en una descarnada metáfora de la corrupción institucional y los crímenes de lesa humanidad. La cantante Manuela Bravo grabó el leit-motiv, compuesto por José Luis Castiñeira de Dios, y la película se estrenó en septiembre de 1984.

Sin embargo, habría desaparecido hace una década o poco más, sepultada bajo el moho de miles de metros de celuloide que Galettini nunca llegó a empalmar, presuntamente enemistado con el productor Eduardo Douglas Di Fiore, y que técnicamente finalizaría el subdirector Carlos Martín, quien a la sazón se dedicaba a los cortos publicitarios y hoy revistaría con cargo ejecutivo en Dimar Cinematográfica y en fin, que tras permanecer unos diez días en cartel, Los tigres de la memoria tenía el Alzheimer asegurado.

Por veleidades, por internas de poder, por arrepentimiento, por lo que sea, la película sobre la gran novela de Martelli se volvió maldición y mito a la vez. Y por eso hace bien la periodista Beatriz Spinosa, compañera y viuda del escritor, en no querer creer que todos los tigres hayan muerto y pedir al menos un clon. Y bueno es que la emulen la Bravo y De Mendoza, en lo que por derecho y orgullo les cabe. Inadmisible es que se esfume un film que, aun mal terminado, apreciarían Scorsese, Tarantino, Del Toro u otros creadores abismados en la violencia fuera de toda ley. Sí, un thriller que les interesaría a Juan Sasturain o Ernesto Mallo, como cree y apuesta quien esto agrega: vamos, don Dimar, revuelva esas latas y devuélvanos esos tigres, quiere. Aunque sea, las colas.

*En el bisemarario Perfil, sección Ideas, domingo 26 de octubre de 2008.

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Una respuesta a “Colateral

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