Tanguitos

TANGUITOS esa mezcla milagrosa

Poemas, cuentos, canciones

Raúl García Luna. 1a ed.. Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Aurelia Rivera, 2014

162 p. ; 14 x 14 cm.

Tanguitos Tapa

Lanzamiento: septiembre 2014

Tanguitos Dorso

Lanzamiento: septiembre 2014

 


“Tanguitos” en Radio UBA

El nuevo libro de Raúl García Luna se presentó el 23/10/14 a las 19:30 por FM 87.9 Radio UBA, en “Leer por leer: el programa de Eudeba”, que sale al aire los jueves de 19 a 20 hs. Se trata de un ciclo literario con una característica impar: la edición como perspectiva de valoración y los editores como protagonistas. En “Tanguitos” figura un poema dedicado al editor del mismo, Pablo Alessandrini, y por esta inusual razón el conductor Luis Quevedo entrevistó al autor abriendo la charla con la lectura de “Short editor”, donde se narran las peripecias de un editor modesto pero enamorado de “sus” libros. Muy elogiado el diseño gráfico de la obra, ilustrada con fotos de Claudio Larrea, luego se destacó la calidad de los textos, cuentos incluidos, algunos traducidos al inglés por Andrew Graham-Yooll y muchos referidos al tango como aire ambiental y a sus letras como sencillo fondo, en un lenguaje “sentimental pero moderno”. Abundaron las felicitaciones y el buen humor, reconociendo todos que su cuna musical fue el rock beatle pero que ya más grandes les pegó “ese sonido de viejos”. Como cierre de nota, se volvió a leer “Short editor”.


 “Tanguitos” en Radio Cultura

Entrevistado el viernes 17/10/14 por el periodista y narrador Carlos Algeri, conductor del programa “Realidad cotidiana” (lunes a viernes de 13:30 a 15 hs), por FM 97.9 Radio Cultura, García Luna se explayó con evidente buen humor sobre los dones de su flamante libro de poemas y cuentos “Tanguitos”, destacando la contribución al mismo por parte de sus “artistas invitados” (fotos de Claudio Larrea, traducciones de Andrew Graham-Yooll, dibujos de Enrique Breccia, Jorge Acha y un hermano), que Algeri elogió sin dejar de recordar “Discepolianas” (2013, Aurelia Rivera Libros), precedente de “Tanguitos”. El temario abarcó desde la creatividad sencilla pero inteligente, un uso menos intelectual del lenguaje y la inusual ocurrencia de concebir una edición plural, hasta el bajo precio de venta a pesar del diseño y las ilustraciones, su notable exhibición en librerías de renombre y ese imponderable “algo más” que parece seducir al público lector. Se muestra, se ve, se difunde, se lee. El autor, agradecido. Y el tango, ese “lamento de cornudo” que de chicos no nos gustaba y con el que no pocos padres nos amenazaban con que un día nos iba a alcanzar, brilló como la “mezcla milagrosa” que es, como “poesía cruel” y queja sentimental que aún nos conmueve y acaso retrata.


TANGUITOS en AM Radio Ciudad

Raúl García Luna presentó su libro “TANGUITOS, esa mezcla milagrosa” por  AM 1110 Radio Ciudad el 23/11/14 a las 19:40 hs, en el programa “Libros que muerden” (domingos de 18 a 20 hs), conducido por Guillermo Piro, quien leyó parte del largo poema “No” y retituló “Tangazos” al  volumen, elogió al editor (Pablo Alessandrini, de Aurelia Rivera Libros) y se trabó en gracioso ping-pong con el autor, quien para cerrar el mutuo intercambio de méritos y piropos le dedicó un instantáneo haiku: “Piro se piró / cachó el piróscafo / y no expiró” (esto, por el ascenso del programa de una esforzada FM a una poderosa AM), por lo que también honró a su productor, así: “¿No hay Demetrios / de un metro y medio? / Deme tres medios”. “TANGUITOS” gratificó con un ejemplar al primer oyente que llamó y se despidió airoso de “Libros que muerden”, quizá el más exigente tribunal literario-radial de esta porteña City.

Ver Audio/video en Youtube: youtube_logo

 

 

 


Comentarios sobre “Tanguitos. Esa mezcla milagrosa”

“Tu libro, que de mini sólo tiene el formato, me gustó mucho, Raúl, no sólo por la calidad de su edición sino y sobre todo por la calidad de su texto. Abrazos y felicitaciones.”
Vicente Battista, 28/9/14.

Ser don Vicente
pretende mucha gente
inútilmente

(RGL, 7/11/14)

Hay mil maneras de ser
pero como García Luna
ninguna

(Battista, 8/11/14)

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¡Genio! Gran abrazo.
Norberto Chab, periodista, director de Ediciones del Empedrado, autor de “100 tangos con su historia” (Planeta, 2010) y otros. Septiembre 2014.
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Felicitaciones y éxitos con este nuevo trabajo.
Julio Sierra, traductor, autor de “Fusilados: historias de condenados a muerte en la Argentina” (Ed. Sudamericana, 2008) y otros. Sept. ’14.
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Mucha mèrde, Raulito. Qué ganas de echarle un ojo, o una oreja. Un abrazo grandote.
Oscar Plasencia, fotógrafo & cineasta, desde España. Sept. ’14.
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Mi hermano Raúl sacó un nuevo libro, que orgullosamente recomiendo, porque bien sé que es uno de los mejores escritores argentinos contemporáneos. Leído y releído, de corazón digo: ¡viva “Tanguitos”!
Claudio García, diseñador textil, actor y clown. Sept. ’14.
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Más que felicitaciones, Rauly, ¡un long-play de felicitaciones!
Jorge Diez, actor de teatro, cine y tevé, actualmente en “Los malditos”, de Roberto Arlt (Centro Cultural de la Cooperación, Av. Corrientes 1543).
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Un gran libro querible, inteligente, sensible y sabio a la vez. Una “mezcla milagrosa” de literatura, tango, poesía profunda y realidad. (Yo tengo el 2º ejemplar, ya guardado en mis estantes y en mi corazón). Felicitaciones una vez más, y un gran abrazo.
Alejandro Abate, bibliotecario, webmaster, amigo, etc. Sepiembre 2014.
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“Tanguitos” me caló el alma. Es una prueba de que se puede escribir sencillo con lenguaje inteligente. El poema de la perra Laika y el dedicado a la sobrina, entre otros, me hicieron sentir mocoso otra vez. Sos un turrito melanco, Raúl. Ojo al piojo, sabemos dónde vivís…
Nicolás Magallanes, explorador, marino, guía turístico, desde Tierra del Fuego. Sept. ’14.
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¡Una joyaaa! “Desocupado” me mató. En la crisis del 39 (yo apenas nacido), mi padre anduvo con cartones en los zapatos, y hasta vendió papas por la calle. Perdió dos empleos en una semana.  (Tu talento siempre tiene otro, y otro, y otro conejo en la galera). Abrazo del alma:

Alfredo Serra, periodista y escritor, pluma mayor de Editorial Atlántida, inveterado as del fútbol-botón y cazador de nazis en el país y en Latinoamérica, con libros que lo confirman y enaltecen.

 

Insert: conversación

 

Gracias, Alfredo. Me complace imaginar que vos nunca te sentiste como tu padre. O como este módico escriba en épocas de lungos galgueos sin que nadie remediara su vero hambre, mientras me piropeaban la pluma, la pinta y hasta la corbata. Oh infinitos días en la sola compañía de Lalo -gato, no niño-, etc. Buéh, calavera no chilla: de ahí salió “Desocupado”… y tu generoso mail. Abrazo (RGL).

 

Un viejo jefe que tuve en Crítica, mi vuelo de bautismo, ácido, tabacoso y escéptico como solían ser aquellos perros de redacción que todo lo sabían, me dijo cierta tarde de invierno, ya cerrada la quinta edición: “Eternamente, los mediocres vengan su ignorancia en los escritores, los periodistas y los maestros. No te hagás ilusiones”. Que el tiempo, que los mármoles empañan, no nos hagan olvidar esa miserable sentencia.

¿Nuestro cielo estará en otro lado?

Hoy, ante una fea noticia por tele, me enteré de que había muerto la jirafita del zoológico, y se me ocurrió este pequeño cromo, como antaño se llamaban las notad de color.

Va:

“La evolución la hizo bella de piel y alta de pescuezo para que pudiera comer las copas de los árboles y detectar a tiempo la fiera que habría de matarla. Pero un cazador criminal la alejó de su llanura y la condenó a las rejas. Me pregunto quién enterrará ese cuerpo, y me aterra que sus últimos verdugos la mutilen para aliviar la tarea de cavar un casi infinito pozo, y también, desollada, que su piel de perfectas manchas acabe en una prosaica alfombra para regodeo de las verdaderas bestias.  Sin embargo, mientras vivió en cautiverio, se dio el lujo de la altivez: miró a la especie humana desde lo más alto, acaso con desprecio y premonición de su último y orgulloso acto” (Serra).

 

No sé por qué, a mí los animales me ‘pueden’ más que los humanos. Hermoso y triste tu relato de la altiva & pobre jirafita. En contraprestación, vaya un puema que le escribí a R., un can tan amable que, “como el león de la sierra”, se fue a morir donde no lo viéramos (RGL):

 

Perro viejo

 

creyó ventana al espejo

y saltó al otro lado

como quien volviera

al verdadero hogar

 

lo vimos cachorro

moviéndonos la cola

para que saliéramos

del lado de los reflejos

 

ladró con melancolía

y no nos vimos más

 

A tu puema perruno sólo le falta ser engarzado en un anillo. Porque él, como todos sus congéneres, y en el caso de que la historia hubiera sido al revés (¡cruz diablo!), habría repetido una de las más bellas historias de amor: el perro que llora junto a la tumba de su amo, a veces hasta morir. Porque su dolor, infinito, es más fuerte que el dolor humano. Podemos desgarrarnos ante nuestro muerto amado, pero en algún punto la vida sigue. Cruzamos el portón del camposanto y nos vamos a casa. Algunos, con un cómodo recurso: “Fue la voluntad de Dios; hoy estará en un mejor lugar”. Y cada tanto pagan una misa y, lo peor, se compran otro perro. Y bien pronto, para cerrar del todo el telón (Serra).

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Querido Raúl: anoche (5/2/15) leí tu nuevo libro (“Tanguitos”). Me pareció muy hermoso. Te mando un gran abrazo.

Víctor García Costa, periodista, historiador, patriarca de la Mesa de los Jueves, almuerzo con personajes notables que se realiza desde hace 50 años en un antiguo restorán de la Avenida de Mayo.

 


CIEN NOCHES

Persistencia de la noche en las letras de tango

 ©Raúl García Luna 2012

 

En noche plateada, con dulce emoción[1]

Su luz no ha querido mi noche triste alumbrar[2]

En una noche de atorro[3]

Una noche a un farabute del cotorro lo pianté[4]

Noche a noche en el festín[5]

Flor de noche y de placer[6]

Bajo la luz de la luna[7]

Como buscando la noche[8]

Cachó el baúl una noche y se fue[9]

Una noche de champán y de cocó[10]

Una noche de invierno fulera[11]

La noche de nutriste drama pasional[12]

Sobre la noche del carnaval[13]

Con lo triste de mi noche hice una hermosa mañana[14]

Casi me suicido una noche por ella[15]

De noche, tango y champán[16]

Que el disfraz sólo dura una noche[17]

A la luz de un farolito que de noche te alumbró[18]

Por eso gime rn las noches[19]

Esta noche me emborracho bien, me mamo bien mamao[20]

Vivila siempre de noche, porque eso es de gente bien[21]

De noche, angustiao, me pongo a llorar[22]

[1] La morocha, 1905, letra de Angel Gregorio Villoldo.

[2] Mi noche triste, 1916, Pascual Contursi.

[3] De vuelta al bulín, 1917, ídem.

[4] Ivette, 1918, ídem.

[5] Flor de fango, 1918, ídem.

[6] Milonguita, 1920, Samuel Guillermo Linnig.

[7] Muchacho, 1923, Celedonio Esteban Flores.

[8] Organito de la tarde, 1923, José González Castillo.

[9] La mina del Ford, 1924, Pascual Contursi.

[10] Griseta, 1924, José González Castillo.

[11] El bulín de la calle Ayacucho, 1925, Celedonio Esteban Flores.

[12] Puente Alsina, 1926, Benjamín Tagle Lara.

[13] Siga el corso, 1926, Francisco García Jiménez.

[14] Tengo miedo, 1926, Celedonio E. Flores.

[15] Te acordás, hermano, 1926, Manuel Romero.

[16] A media luz, 1926, Carlos César Lenzi.

[17] Carnaval, 1927, F. García Jiménez.

[18] Bandoneón arrabalero, 1928, Pascual Contursi.

[19] Duelo, 1928, Lito Bayardo.

[20] Esta noche me emborracho, 1928, Enrique Santos Discépolo.

[21] Seguí mi consejo, 1928, Eduardo Salvador Trongé.

[22] Malevaje, 1929, E. Santos Discépolo.

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LA NOTA FINAL

La tenía y tenía que ir a verlo, antes de que ya no recibiera. En el jardín había cronistas. Lo dejó entrar la hija de ojos tristes. “Pase, Lungo, tanto tiempo, no lo esperábamos.” En la antesala hacían guardia una reportera y un fotógrafo de revista cara. “Siéntese, Lungo, yo le aviso.” Por el filo de la puerta del estudio entrevió al Maestro en silla de ruedas, bandoneón cerrado entre piernas, botella de scotch en mesita ratona, suero colgante, mentón en alto, mirando sin ver partituras en su atril. Los de la revista cara quisieron saber quién era, por qué se veía tan pálido, si era cierto que el Maestro se moría, qué llevaba en ese maletín. “La metralleta, nena”, dijo, y se atajó de la foto a dos manos. La hija de ojos tristes lo hizo pasar y se quedó adentro, de pie contra la puerta prohibida. “Cinco años que no duerme, Lungo, no me lo haga sufrir.” El estudio, tibio y oscuro, olía a Particulares 30 y a puchero de gallina. “Venga, vamos”, apuró el Maestro, blanquísimo, emocionado, señalando una banqueta. “¿La encontró, no? Si no, no estaría acá.” El Lungo asintió de un cabezazo, sin sentarse. “Bueno, tóquela, che.” El Lungo abrió el maletín y miró a la hija de ojos tristes. El Maestro dijo: “Fuera, querida, y rajá a esos necrofílicos, querés.” Luego, redundó: “Desde que Ana se fue, me reta, no se ríe, no me come”. Sabido era que en cualquier momento el Maestro sería tapa de revista cara. Y el resto, misterioso aguante contra todo diagnóstico. Lo que lo mantenía vivo era la espera de la nota final. “No me sale, Lungo, búsquemela, tengo que terminar el tango de Ana”, le había dicho un lustro atrás, al disolver la típica, después del entierro. Tal vez un violín fuese capaz de ir más lejos que un bandoneón. “Métale, que usted también la quería.” El Lungo tragó saliva, alzó el arco, hirió las cuerdas, bajó los brazos, gimió: “Perdone, Maestro, no puedo, enferma, quita, mortifica, fíjese cómo estoy”. “¿Duele?” El Lungo cabeceó de costado. “Entonces, se lo ruego.” “Es que no se la puede tocar sola, Maestro, hay que interpretar todo el tango y dejarla salir, si sale.” “Se lo suplico, che, es su alma.” Y el Lungo tocó. Primero bajito, como quien lagrimeara. Luego sin pudor, como llorando a gritos. El largo lamento anegó el estudio, inundó la antesala, ahogó a los de la revista cara, y los cronistas del jardín entraron sin pedir permiso. Después, silencio. Fresco, infinito, insoportable. “¿Qué mierda pasa?”, dijo alguien, en nombre de la libertad de prensa. La hija de ojos tristes no aguantó más y abrió la puerta prohibida y todos vieron y fotografiaron. El Lungo en la banqueta, cabeza entre manos, violín quebrado. El Maestro, bandoneón abierto, mentón caído, ojos cerrados.

A Luis Alberto Spinetta y otras víctimas del necroperiodismo.

© Raúl García Luna, 2012.

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TANGO CRUEL

Llegó a la milonga cuando nadie lo esperaba y la encontró meta y ponga con otro, en una mesa oscura. Se hizo perdiz en la barra y los junó. Un fifí de Recoleta, una trola sin macró. Dejó que entraran en pista, odió los firuletes de él, reconoció los ochos de ella, se reprochó haberle dado el espiante por celos. Se palpó la cintura, se rascó el garguero. Escabió la tercera ginebra. Y otra, y otra más. Los dejó irse del bracete, entre risas, sin apuro. A la vuelta de la esquina les encajó treinta y cuatro puñaladas. No muy lejos, sonaron unos gritos, un tiro al aire y un tangazo de Staffolani y Maffia.

© Raúl García Luna, 2012.

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TANGO EXPORT

Se peinaba a la gomina y le decía al espejo: “Brancato”. Se ponía crema facial, se depilaba una ceja, se pintaba la boca y explicaba: “Los afeites gardelianos”. Empilchaba jetra a rayas, cortina el saco, bombilla el lompa, y anoticiaba: “Gaticháves, patrón”. Entraba en bambalinas y, apenas anunciado, ya algún habitué lo silbaba. Pisaba tablas, junaba la leonera, chapaba el microfón y chichoneaba: “Nas noches, timada inconcurrencia”, y les tiraba el de los frasquitos con moñitos todos del mismo color. Nones: querían uno sentimental, pero más reo, tipo adiós inteligente de los dos. Sobre el pucho, les metía el de la ñata contra el vidrio y aflojaban. Ahí los mataba con su pobre madre querida, los carneaba con un fantasma del viejo pasado y los cocinaba bien pulenta en la barra eterna de Gaona y Boyacá. En el camerino, se lavaba la jeta y el mate, cobraba la noche y repetía: “Los garcaste, Carlitos”. Y chau bodegón for export, hasta mañana. Vestido de lo que era, remera anónima, jean de La Salada, le garroneaba un par de birras al patrón y se iba a cantar gratarola con los giles de la banda villera.

© Raúl García Luna, 2012.

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TANGO QUEER

 Ella sabía dejarse llevar. Buena milonguera. Y amante, raras veces. Como todos/as, trataba de no mezclar. El gotán es sexo sublimado, no urgencia de coito. Pero ese langa la había flechado. Un cabezazo de él, y a la pista en yunta, ya. Cuatro piezas, fin de la tanda, un “gracias” y hasta más ver. Lo retuvo, lo abrazó, deslizó en su oreja una palabra tibia. Él se ruborizó y dijo: “No, perdone, era un capricho”. Quien lo acompañaba se levantó de su mesa y fue al rescate. Lo tomó de la cintura, lo apartó de ella, dijo: “Ya está bien, cariño, vamos que es tarde”. “Le presento a mi pareja”, susurró el langa. “Bueno, al principio esto se bailaba entre hombres”, murmuró el otro. Y ella se quedó mirando cómo se iban, tomaditos del meñique.

 © Raúl García Luna, 2012.

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Gotán

Al raro conjuro de noche y de seda 1
llora mi alma de fantoche 2
y hoy es tu voz que vuelve a mí. 3
Tu pena es de nieve, 4
luciérnaga curiosa que verá 5
que aquí ni Dios rescata 6
lo que el destino se empeñó en deshacer. 7
¿Por qué te quedaste en aquel país 8
que está de olvido siempre gris? 9
Ya sé, no me digás, 10
te evoco sin razón. 11
Fuiste con otras mujeres al lugar de los dolores. 12
Ya nunca alumbraré 13
tus ojos, con ese eléctrico ardor 14
más frágil que el cristal. 15
Acaso te llamaras solamente 16
llamarada, correr tras una sombra
imposible de alcanzar, 17
y me descubro en ese punto cardinal 18
de no pensar más en mí. 19
De golpe y porrazo 20
me quedé sin fe 21
y a vos te vi tan triste… 22
¿Dónde estaba Dios cuando te fuiste? 23
Nunca más tu voz nombró mi nombre junto a mí 24
y hoy que vivo enloquecido
porque no te olvidé, 25
tengo miedo que me falle el corazón 26
y morir lejos de ti. 27
Yo sé que ahora vendrán caras extrañas 28
y los lunes, desolación. 29
Muñeca maldita, 30
tan fría y tan mía, 31
yo quiero morir conmigo. 32
El facón da su tajo fatal. 33
Que nadie sepa que te quise tanto. 34
Eras mujer, y me clavé. 35

Referencias:

Letra y música
1. La novia ausente (Enrique Cadícamo-Guillermo Barbieri, 1932).
2. Nostalgias (Enrique Cadícamo-Juan Carlos Cobián, 1936).
3. En esta tarde gris (José María Contursi-Mariano Mores, 1941).
4. Madame Ivonne (Enrique Cadícamo-Eduardo Gregorio Pereyra, 1937).
5. El día que me quieras (Alfredo Lepera-Carlos Gardel, 1935).
6. Quevachaché (Enrique Santos Discépolo, 1926).
7. Cuesta abajo (Alfredo Lepera-Carlos Gardel, 1934).
8. La viajera perdida (Héctor Pedro Blomberg-Enrique Maciel, 1930).
9. La última curda (Cátulo Castillo-Aníbal Troilo, 1956).
10. Idem anterior.
11. El último café (Cátulo Castillo-Héctor Stamponi, 1963).
12. Milonguera (José María Aguilar, 1925).
13. Sur (Homero Manzi-Aníbal Troilo, 1948).
14. Los mareados (Enrique Cadícamo-Juan Carlos Cobián, 1942).
15. Cristal (José María Contursi-Mariano Mores, 1944).
16. María (Cátulo Castillo-Aníbal Troilo, 1945).
17. Llamarada pasional (Tita Merello-Héctor Stamponi, 1959).
18. El corazón al sur (Eladia Blázquez, 1975).
19. Cafetín de Buenos Aires (Enrique Santos Discépolo-Mariano Mores, 1949).
20. El 45 (María Elena Walsh, 1967).
21. ¡Tarde! (José Canet, 1947).
22. Balada para un loco (Horacio Ferrer-Astor Piazzolla, 1968).
23. Canción desesperada (Enrique Santos Discépolo, 1945).
24. Niebla del Riachuelo (Enrique Cadícamo-Juan Carlos Cobián, 1937).
25. Gricel, (José María Contursi-Mariano Mores, 1942).
26. Tengo miedo (Celedonio Flores-José María Aguilar, 1926).
27. Como dos extraños (José María Contursi-Pedro Láurenz, 1940).
28. Sus ojos se cerraron (Alfredo Lepera-Carlos Gardel, 1935).
29. A media luz (Carlos César Lenzi-Edgardo Donato, 1926).
30. Secreto (Enrique Santos Discépolo, 1932).
31. Garúa (Enrique Cadícamo-Aníbal Troilo, 1943).
32. Como abrazado a un rencor (Antonio Miguel Podestá-Rafael Rossi, 1931).
33. Silbando (José González Castillo-Cátulo Castillo y Sebastián Piana, 1925).
34. Quemá esas cartas (Juan Pedro López-Alberto Cosentino, 1946).
35. Soy un arlequín (Enrique Santos Discépolo, 1928).

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Sobre Jorge Luis Acha

Dedicatoria

El destino de Alfredito se ignora. No tenía brazos ni manos pa’ defenderse ni acariciar ni secarse las lágrimas. Escasas, porque era de madera y todo le venía bien. No es que fuera insensible, pero siendo tan blanco parecía medio racista. Detestaba o envidiaba a Chirolita, p.ej. Dicen las malas lenguas que creen que terminó laburando de maniquí en Harrods, hasta que esa tienda cerró. Después, o la hoguera o un contáiner de trastos seculares, ay querido títere, pura forma, nube hueca, inolvidable Pinocho. Buéh, imaginémonos que tal vez Alfredito no ha muerto, que otro artista de buen humor lo rescató del basural y, sin saber nada de su anterior anfitrión, hoy, en su bulín o atelier, recrea el pagano rito de hablarle mientras pinta o recibe visitas. Si así fuese, ¡salú, Alfredito!

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Dibujo en grafito, de Jorge Acha, 1979 Para la tapa del Libro de RGL “ALGUIEN TUERCE LOS CUADROS”, inédito.

“POEMA FAVORITO DE RGL EN LETRA DE JORGE ACHA”.

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Perfil. Cultura. 15 de mayo de 1998

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Muestra: Paisajes. Jorge Luis Acha. Galería de Arte LATINOAMERICANA.
Buenos Aires, 1975

Muestra: Paisajes. Jorge Luis Acha. Galería de Arte LATINOAMERICANA.
Buenos Aires, 1975

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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STANDARD

Jorge Acha dirigiendo “Standard”, con Libertad Leblanc y Jorge Diez, en 1989.
Afiche del film “Standard”.

Afiche del film STANDARD

Jorge Acha filmando STANDARD

Isabel Sarli: la actriz que no pudo ser.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CINE – LA RETROSPECTIVA DE JORGE ACHA EN EL MUSEO DE LA LENGUA.

Ver nota en Revista Radar de Página/12 – 4/8/13, página 14. 

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-9034-2013-08-04.html

Jorge Acha Pag. 12

 

 

 

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Carta de Jorge L. Acha a Raúl García Luna. 1976

Lima, 4, Paukar Waray (Los campos se llenan de flores), 1976*

Querido Runa García:

Acostumbrándome cada vez más a esta tierra que cada día se me muestra más india, te (y les) cuento que todo marcha (lentito, eso sí) bien. Expongo en una galería allín (buena) y jatun (grande) desde el 25 de este mes hasta el pijcha (5) ayriway (se protejan los frutos), pero mientras, como leés, estudio quechwa.

Primero, te digo que si tenés tiempo disponible me escribas, y mucho, porque quiero saber más de lo que acontece en nuestra tierra. Aquí todos los días salen noticias en los diarios informando sobre lo “desesperante” de nuestra situación. Claro que sobre la situación de los peruanos no dicen nada. Creo que debo contarte que estoy indignado con lo que camelean cuando a la Revolución se refieren. Pienso que “desesperante” será para estos dentro de muy poco.

Segundo, tardé 9 (nueve) días en llegar. El viaje fue muy bueno (y también “desesperante” por momentos). Pero, para sacar provecho de la experiencia, avisale a Nachman y su gente, si es que vienen, que tengan cuidado con el viaje por tierra por Bolivia: el camino es malo por los desbordes de ríos y fundamentalmente por las piedras (no hay asfalto nunca). Claro que yo viajé en jatun pokoy (gran maduración), la peor fecha, dicen. Y avisales que para entrar piden visa. Demoré 3 (tres) días en poder pasar, porque el cónsul boliviano en La Quiaca estaba en estado semicomatoso, mejor dicho en tercer grado etílico (una curda grande como una casa) a la hora de concederme la autorización. O sea, que saquen visa en Mardel o en Baires.

Contame cómo andás, qué pasa, cómo vas con “Samka-cancha”.

Estoy conectándome con gente de acá por muchos, y buenos, motivos. Creo que llevaré muy buena música para la película. No importa que sea teatro (vía Nachman), yo igual quiero filmarla (si vendo una sola pintura, ya está asegurada la filmación) y, de hacerlo, seguramente la estrenaremos en Lima, Runa.

Por ahora, lo único que hago es pasear por la ciudad (hay mucho que ver) y visitar lugares cercanos. Pasé unos días en la campiña de Huaco con unos amigos, y fuimos a “huaquear” en un sitio llamado Pampa de Ánimas, y de pronto me encontré con un panorama terriblemente difícil de contar, ya que me di cuenta de que estábamos desenterrando muertos (sí, tumbas) para encontrar cosas (que espero poder llevar) sin darles la importancia que deben tener. Profanar es tremendo. Tengo unos huacos preincaicos y restos de telas, soguitas, etc. Me encontré, como te digo, profanando a mis hermanos americanos, que son muy gauchitos (chiste), con la nuca bien aplanada (acordate que lo consideraban “elegante”), y lo más insólito fue que como muchos de ellos todavía conservan la cabellera, pude acariciar sus cabezas como si estuvieran vivos. Como recuerdo (no se lo digas a Angélica), me llevo una dentadura de uno de ellos.

Lo más divertido me pasó en un baile en Chancay (donde floreció la cultura también llamada chancay). Un súper baile, diría yo. En una cancha de básquet, con Los Pasteles Verdes de Chimbote, que hacen “música salsa” (?). Te imaginarás que tengo in mente una tremenda superproducción para filmar.

Interesante fue también el velorio de un “compadre” de un señor amigo, donde sentí una idea distinta de la muerte (todos en curda de tanto “trago”, como dicen acá). Y de yapa una kermés en el puerto de pescadores de anchovetas, donde a pleno sol (y si vieras vos qué sol) se bailaba, se tomaba “trago” y se comía rocoto (ese picante que mata, realmente). Pero lo que espero con ganas es una pachamanca a la que estoy invitado este sábado. La “pachamanca” es un banquete, que darán los Santa Cruz, familia de negros, celebrando el casamiento de uno de ellos. Promete estar muy bueno, porque estos morenos bailan “marineras”, “alcatraz”, “festejo” y panalivio” (la música más negra del Perú).

Bueno, Runa, te saludo (se me acaba la página). Un beso a tu warmi y a tus tías de Luzuriaga 646.

Espero que me escribas pronto, más que pronto, volando.

PD: los meses que aprendí (como para hacer un poema, fijate vos):

Enero: Uchuí Pojoy (Pequeña maduración).

Mayo: Aymuray (La cosecha o Canto de triunfo).

Junio: Inti Raymi (Fiesta o Pascua del Sol).

Julio: Anta Situs (Purificación de la tierra).

Agosto: Japaq Situa (Gran purificación).

Septiembre: Uma Raymi (Purificación de al agua).

Octubre: Joya Raymi (Se ruega que la tierra sea fecundada).

Noviembre: Aya Marka (Muertos sagrados o Los antepasados)

Diciembre: Japaq Raymi (Fiesta o Pascua real del Sol).

Jorge Acha

Jirón Necochea 717,

Rimac, Lima, Perú.

*Carta mecanografiada de Jorge Acha, en sobre y papel vía aérea, con un avioncito dibujado, que da cuenta de su curiosidad e interés por la cultura indoamericana, mientras exponía pinturas en Perú. En estas líneas, redactadas en abril y leídas en mayo de 1976, se destaca el “desesperante” golpe militar en la Argentina, se verifica que Jorge insistía en filmar “Samka-cancha” aunque ese guión se hubiese convertido en obra escénica y estrenado en el III Festival de Teatro de Sao Paulo, Brasil, y conmueve la cercanía con el secuestro de Gregorio Nachman, director del elenco de la Comedia Marplatense y de “Samka-cancha”, desaparecido el 19 de junio y jamás encontrado por sus familiares. Crueldad que nos marcó a fuego y nos cortó las alas en ese entonces, y que hoy es historia no filmada, pero sí memoria activa. Acha y Nachman en el corazón, siempre presentes (Raúl García Luna, 2013).

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Retrospectiva Jorge Luis Acha. Cine en la Biblioteca Nacional.

Homenaje a Jorge Luis Acha.

Los viernes de agosto a las 19 hs.

(Haga clik en las imágenes para aumentar)

Habeas Corpus

Viernes 9 de agosto.

Standard

Viernes 16 de agosto.

Mburucuyá

Viernes 23 de agosto.

Cinéfilos a la intemperie

Viernes 30 de agosto.

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Homenaje a Jorge Luis Acha.

Miramar. 10 de noviembre de 2012.

El pasado 10 de noviembre, se realizó un homenaje al pintor y cineasta Jorge Luis Acha.
Organizado por La Asociación Amigos de Jorge Luis Acha y la Municipalidad del Partido de Gral. Alvarado.

En tal oportunidad se realizó la presentación de los libros Cangrejos (Verano del 76)de Raúl García Luna y Escritos Póstumos 1 de Jorge Luis Acha (compilación y prólogo: Gustavo Bernstein)y el lanzamiento oficial del sitio http://www.pagina.de/jorgeluisacha.

Se proyectaron vídeos e hicieron uso de la palabra las siguientes personalidades:
Mario Gallina; Fernando Bisciotti y Raúl García Luna

La ceremonia se realizó el pasado sábado 10 de noviembre 2012 a las 19 hs.en el Hall del Concejo Deliberante de Gral. Alvarado.
Calle 28 esquina 9 de Julio. Ciudad de Miramar. Provincia de Buenos Aires

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LLAMADO A LA SOLIDARIDAD

“LSDomínguez”

Un comic de Jorge Luis Acha y Raúl García Luna, alias Andy Warhol y H.G. Oesterheld.

La total y acaso reparable carencia de imágenes de “LSDomíguez”, historieta creada por Raúl García Luna y dibujada a cuadritos por Jorge Luis Acha circa los “años de plomo”, no sólo no impide, sino que estimula y pide, guardar memoria de aquella larga colaboración en canson y tinta china que una noche, entre empanadas de cebolla y miel, y seguramente en copas, sus autores incineraron en caprichoso ceremonial vikingo, poco indoamericano. Sacrificio idiota y risible que devolvió a la nada no pocas tiras de las desventuras de un personaje que, para fugarse de una realidad adversa o despreciable, decidía vivir desnudo dentro de su bañera, o sea en el baño de su casa. De una flacura tal vez dada por su rechazo a caminar hasta la cocina, usaba enormes anteojos de sol de armazón blanco, estilo Victoria Ocampo o Marta Minujin, y obviamente su nombre remite al alucinógeno casi popular a fines de los 60 y mediados de los 70. Siempre miraba hacia el marco de la puerta del baño, abierta, como si charlara con alguien que además fuese el punto de vista fijo de la escena, y sus soliloquios o diatribas consistían en extensos silencios mechados de filosofía barata o sesudas ironías, según su humor del día, sea en intuitiva respuesta a su mudo interlocutor, sea comentando las noticias emanadas de su infaltable radio Spica, usualmente encendida. Y bien, ¿por qué se cuenta esto ahora, sin imágenes que lo corroboren? Por lo mismo que al principio hemos dicho de su “acaso reparable carencia”. Es que no pocos visitantes, amén de embucharse alguna empanada de cebolla y miel, y de escanciar no poco tinto propio y ajeno, furtivamente se llevaron de “souvenir” alguna que otra tirita de “LSDomínguez”. A ellos, pues, les prometemos perdonarles tal pecado de fans artísticos, callar sus nombres y darles besos y abrazos, a cambio de que nos remitan no necesariamente los originales, sino cualquier fotocopia o escaneo de esos verdaderos “incunables pop” que, por desgracia o idiotez, no poseemos pero recordamos con admiración y afecto. Desde ya, mil gracias.

Asociación Civil Jorge Luis Acha.

Septiembre 2012 y contando…

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Sobre Jorge Acha

Jorge Acha, el hombre

Por Raúl García Luna

Apenas lo conocí a Jorge Acha supe que “el estilo es el hombre”. Lo supe sin saberlo, digo, porque él estaba muy por delante de mí. Y así sería hasta el fin de su tan corta vida. Fue a verme, sin aviso previo, a mi chalé familiar de Miramar (nuestra cuna natal) y me propuso publicar un libro o “carpeta grande” con poemas míos e ilustraciones suyas. Yo no lo conocía, pero él, a mí, sí. Con un amigo de la secundaria, habíamos visitado a su padre, don Segundo Acha, “el” imprentero local, para pedirle presupuesto por cierto poemario a dos manos, titulado “Nuestro tenue mundo”, que por suerte nunca llegó a imprimirse. Era sensiblero, cursi, mal escrito y peor concebido, porque entre ambos autores había gruesas diferencias de calidad y cantidad, de aptitud y actitud. ¿Cuál de los dos?, eso ya no importa. Lo que importa es que gracias a ese proyecto fallido, obviamente informado por su papá, Jorge se me apersonó con esa aparente mezcla de modestia e inocencia que lo caracterizaba, y me tiró la idea de constituir otro dúo y ejercitar otro intento. “Ni dos poetas ni dos pintores: ‘un’ poeta y ‘un’ pintor”, dijo, y capté entrelíneas la corrección de su perspectiva. Pares pero impares, no iguales, complementarios: ésa era la posibilidad que nos podía reunir y acaso enriquecer artísticamente.

Eso sí: dado que la base de los collages con que luego él ilustraría mis poemas eran mis poemas, se arrogaba el derecho de juzgarlos uno por uno. Fácil, no me fue. Hubo parvas de cartas de ida y vuelta (Jorge ya vivía en Buenos Aires, yo aún en Miramar), y muchas veces tuve que defender esto o aquello, o reescribirlo por completo, o tiralo al cesto. Su mirada aquilina era un facón bajo el poncho, capaz de herir con un inclemente “no me emocionó” y luego cerrar heridas con un amable “pero me gustan tus imágenes, dale, metele pluma”.

El libro, mi primer libro, se llamó “Amar el mar” y en ese 1970 produjo un revuelo local que lo convirtió en “el primer libro editado en Miramar” (error: ya había otro, de cuentos, “Balneario”, de Jorge Yebra) y fue presentado con bombos y platillos, en un hotelazo de la gran flauta, por ilustres veraneantes del campo cultural, tipo don Eiriz Maglione, director de la tan paqueta como vetusta revista “Lira” y mentor de Jorge en Buenos Aires, la pintora Raquel Forner y su marido el escultor, invitados top del Teatro Colón y demasiados jetones del municipio. Según mi inveterado Alzheimer, hasta Ernesto Sábato estaba allí. Lo que sí es seguro, imborrable, es que Jorge y yo estábamos al fondo del patricio salón, de pie contra una pared, a espaldas de todos, viéndolos refocilarse en “su” logro intelectual. También retengo la apartada imagen de mi finado padre, sindicalista gastronómico y peronista él, de inusual traje azul, orgulloso pero tratando de entender por qué toda esa “gente fina” se emocionaba tanto con “las medidas áureas” (sic Maglione) del poemario en cuestión, mientras Jorge y yo nos codeábamos y reíamos en sordina.

Lo cierto es que yo ya no estaba solo: lo tenía a Jorge. Y eso sería así contra viento y marea, a pesar de las diferencias y, más aún, de las semejanzas. Miramarenses los dos, escorpianos ambos, ideologías similares, temperamentos en tándem y humor negro en franco código, lo que nos hermanaba era el disenso, si se entiende. Piedra angular de una pirámide o rancho que, no sin difícultad y hasta cierto punto, construiríamos juntos, pero que a la vez nos sometía a la prueba de crecer codo a codo y con lealtad. ¿Lealtad a qué? ¿Cómo era Jorge antes de firmar “JAcha” en sus acuarelas de madurez, antes de rodar sus insólitas películas, antes de ser ese artista plástico que tanto podía exponer cuadros y/o zapatos de mujer intervenidos con angelitos en Praxis como organizar muestras colectivas de gente común,

tipo “Yo amo” (donde expuse marcadores de libros) en pleno corazón de la Recoleta? Esta es la porción vital menos conocida de Jorge, y es ella la que explicaría por qué apenas lo conocí supe, sin saberlo aún, que “el estilo es el hombre”. Vale decir, como diría Leonardo, que “el arte es la extensión de un temperamento”, una aventura única e intransferible, una oportunidad personal de ser y, tal vez, trascender.

Un par de viajes podrían sugerir, en principio, de qué estamos hablando. Con el amigo Lahitte, otro miramarense, nos habíamos largado a Chile en trío y mochila al hombro, rumbo a la Isla de Pascua (que nunca pisamos). Eran los inéditos días de Salvador Allende y, entre Valparaíso y Santiago, quedamos alelados ante los preciosos murales con que los estudiantes de Bellas Artes prefiguraban el advenimiento de su “revolución popular por la vía pacífica”. Y tanto me emocioné que Jorge llegó a reprocharme mi inmadurez a la voz de: “¿Y necesitabas ver esto para volverte ‘socialista’?”. Ese era Jorge: neto y mordaz, intuitivo y desconfiado, nunca “comprar” antes de ver la mercadería. Control de calidad, que le dicen. Después contratamos el achacoso Pipper de un piloto borrachín y, no sin genuino pavor, volamos hasta la isla Robinson Crusoe (otra ideíta de “JAcha”), parte del archipiélago Juan Fernández, unos mil kilómetros Pacífico adentro. Y, carpa mediante, vivimos de los huevos frescos y las langostas de mar y el vino blanco que los pescadores nos proveían a cambio de que Jorge les dibujara sus casas, mujeres e hijos. Allí contemplamos cañones, cuevas y placas de bronce que, en inglés, dan por cierta la odisea de Crusoe, en realidad llamado sir Alexander Selkirk. Compartir viajes y pesares, dicen, crea fuertes lazos. En poco más de año, Allende estaría muerto y Pinochet en el poder.

En 1973 me casé y Jorge, ni lerdo ni perezoso, se tiró de Buenos Aires a Mar del Plata para ver con quién. Con Angélica haría amistad al instante y ella sería no sólo alumna suya en sus talleres de pintura de San Telmo, sino también su confidente. Puente, tiro por elevación, amoroso nexo, por Angélica supe que Jorge se sintió herido por un cuento mío, “Prescindencia” (mi primer premio literario), en el que un pintor como él resistía los apremios económicos de la dictadura videlista reduciendo el tamaño de sus lienzos, las salidas con amigos, el café, las visitas y hasta su vida afectiva. La pregunta fue: “¿Ese soy yo, Angélica?”. Lo era, para qué negarlo, e imposible convencerlo de que se trataba de un personaje basado en un “otro” imaginario y afín con miles en iguales circunstancias.

Nos enrrostrábamos debilidades como presos que se vigilasen en la misma celda, para no aflojar ante el carcelero de turno y, más aún, para reavivar nuestra mutua confianza en las rebeliones latinoamericanas y el desprecio por la expoliación imperialista. Eso también me lo contagió Jorge, antes de militar yo en la izquierda revolucionaria no guerrillerista de la Facultad de Humanidades marplatense. Sus continuos periplos por Perú, Ecuador, Brasil, el Amazonas y otros sitios con memoria indígena lo fueron modelando como un defensor de lo invisible y compartible, que pintó y filmó y transmitió cuanto pudo. Mi relato “Del decir de don Pedro de Alvarado en su agonía de Indias”, por ejemplo, nació de nuestras lecturas y relecturas de la pasión de Túpac Amaru según Boleslao Lewin, entre otros. Fue el segundo libro que urdimos juntos, sobre el desatino racista y castrense de un conquistador hispano perseguido por fantasmales “moscas de la muerte”, con dibujos en tinta sobre la resistencia autóctona en combates sin tregua ni fin.

Y de más está aclarar que en mi nouvelle “Cangrejos, verano del 76” (dedicada a Jorge), Jorge es Jorge y ningún “otro”, tanto como los demás personajes ostentan sus verdaderos nombres, ideas, lenguaje, mañas, glorias y miasmas. Hay ahí un desopilante capítulo en que el pintor y el narrador de marras (“Seso Flojo”, lo llama Jorge) son arrastrados mar adentro

y, por temor al ridículo, prefieren ahogarse antes que pedir socorro. Típicos miramarenses, vale decir, argentinos. ¿Los habrán rescatado?

Otro rescate, anterior a éste, ocurrió en tiempos de la Triple A y al borde del abismo del Proceso exterminador, cuando Jorge ya había rodado “Impasse” y otros cortometrajes, al proponerme escribir un guión a dos manos sobre una revuelta sindical quechua que sucedía en una sola noche. Se tituló “Samka-cancha” (“Cárcel del pueblo”) y lo redactamos en el piso de arriba del almacén miramarense “El As”, de mi abuelo Evasio Luna: una ex sala de música de mi finada abuela violinista Serafina Cámpora (prima del ex presidente peronista, se decía), donde mi Angélica cubrió una mesa de roble con una manta peruana, para que trabajáramos con más inspiración y cebándonos mate con bizcochitos de grasa, recuerdo.

No se llegó a filmar, y lo transformé en una obra teatral que presentamos en un concurso municipal de “la Ciudad Feliz”. No ganamos, pero un miembro del jurado, Gregorio Nachman, director de la prestigiosa Comedia Marplatense, quiso hacerla con su grupo actoral y llevarla en gira a algunos países del Este europeo y varios latinoamericanos. Asistíamos a los ensayos con asombro y unción: nuestro ensueño se volvía carne y hueso, voz, gesto, movimiento y música. Porque los actores, dentro de un escenario circular, eran rodeados por instrumentistas de quenas, sikus y chayas, subrayando en vivo el drama de un capataz nativo tomado como rehén por un “cumpa” coterráneo, para que no le avisara al patrón explotador lo que pasaría apenas amaneciera: “la” rebelión. La obra fue premiada en el II Festival Internacional de Teatro ‘75 de San Pablo, Brasil, con la oferta de Kive Staiff de ponerla en el porteño San Martín. Pero al volver a “la Feliz” para besar a su mujer e hijos, Nachman fue secuestrado y desaparecido por la Triple A, por judío y subversivo (?).

Otro módico intento de intervenir en la lucha anticapitalista fue armar un libro-objeto para una muestra colectiva en Azul, de la provincia bonaerense, mientras medio país caía en la mayor sangría de toda su historia. Jorge lo fabricó en papel maché y mis versos exhortaban a “entrar en un puerto abierto, obrero y popular”. Eramos ingenuos pero coherentes, conscientes pero no cagones. Sí, eso es lo que Jorge era: un valiente. Y solidario hasta decir basta. O mejor, decir más, más, más. Me lo pedía cada vez que yo aflojaba (y viceversa, claro), porque para eso estábamos: para darnos apoyo en las buenas y en las malas, cuando fuera y donde fuese. Sólo hubo un tema del que nunca hablamos, y yo supe respetar ese silencio.

Podría escribir tomos enteros sobre Jorge Acha, sólo registrando pequeñas comuniones de papel barrilete, el té de las cinco, lentejas en remojo para la cena, una pincelada maestra, caminar mucho para paliar kilos y ansiedad, palta pisada en un táper oculto en su morral, reírse de lo pomposo, temer perder a padres muy viejos, naufragar en costas ajenas y despedirse en playa propia. Sí, acaso cientos de minúsculas anécdotas y leves convivencias harían falta para explicar, más allá de lo sabido, lo del estilo y el hombre. Pero, para mí, nada lo resume mejor, ni habla más de su valentía, que lo que me dijo allá lejos y hace tiempo, antes de todo lo aquí tan pobremente expuesto: “Para ser un artista, primero hay que vivir como un artista, y si después llega el arte, bienvenido sea”.

De Justo a tiempo

Supe que la política duele mucho después, cuando (como papá) perdí. Y como los hombres no lloran, derramé pasos de náufrago en costa ajena. Buenos Aires no era mi patria ni San Telmo mi barrio, pero aún podía nadar hasta la isla más cercana: la casa de un viejo amigo. No, ¿por qué molestarlo a Jorge? Quizá estuviera pintando, libre de otros ahogos, y yo sería su ancla. Además me preguntaría por Angélica, obligándome a reestrenar su ausencia.
-Está en Mar del Plata -diría yo-. Fue a visitar a sus padres… y a mamá. Pero vuelve en el tren de la una.
-¿Y vos, por qué no fuiste? –insistiría Jorge.
-No podemos gastar tanto. Además…
Además mamá y mis hermanos recibirían parte de mí en Angélica. Además papá ya no estaba y su fantasma aún encallaba (vivo) en el sargazo de mi memoria. Además yo no quería volver.
Tomé Bolívar hacia el centro.

Comienzo del cuento,
libro Las espinas del deseo,
Alción Editora, 2004

 

De Cangrejos, verano del 76

-Che, poeta, ¿vos sabés nadar?
-No. ¿Y vos, pintor de mares?
-Tampoco. Yo creía que vos…
-No jodás. Yo creía que vos.
-¿Y entonces qué hacemos acá? Hace rato que no hago pie.
-Mirá la costa, la gente: parecen hormigas. Y la correntada nos aleja cada vez más. ¿Cómo no avisaste que no sabías?
-¿Y vos?
-Bueno, no discutamos. Es tarde, es agotador. Tragás agua, te arden los ojos. ¿Ves algún bañero?
-No. Ya dije que parecen…
-Che, ¿por qué será que los nacidos acá no sabemos nadar?
-Por eso mismo.
-Razonable. Bueno, estoy decididamente ciego. El salitre siempre me jodió la vista.
-Y pintás marinas…
-Mandá un mensaje, seso flojo. No doy más.
-¿Grito?
¡No! No. Concentrate. Vos podés.
-No digás pavadas, desorejado. Sabés que voluntariamente soy un inválido.
-¿Entonces qué clase de vidente sos?
-Ellos tienen largavistas. ¿Levanto el brazo?
-¡No, no! ¡Qué vergüenza!
-¿Preferís ahogarte?
-Sí. Es decir, no. ¿Qué preguntás, Seso Flojo?
-Entonces, dejame pedir auxilio.
-No, esperá. ¿No te parece que la correntada nos está sacando, digamos?
-¡Qué nos va a estar sacando! Nos interna cada vez más.
-Pero después la corriente pega la vuelta y te saca. Acordate del gallego.
-¿Qué gallego?
-Juan Manuel, aquel que vendía helados y leía a Cortázar.
-No me acuerdo.
-Ah, cierto, vos no estabas. Fue así, mirá: caminábamos de noche por las rocas, atrás del muelle, él, Alberto y la Flaca, Alfredo, Pepe, los Simios, Ladislao y una especie de princesa rusa novia de Ladislao…
-No hinchés, que me hundo.
-Y de repente, Juan Manuel se esfumó, se borró, no se vio más.
-Se fue, punto.
-No: desapareció.
-¿Cómo?
-¿Todavía ves la costa?
-Ahora no me dejés ahogar con la espina. Seguí.
-Lo buscamos por todos lados, a grito pelado, con linternas y con ayuda de los pescadores… y nada. “Se cayó al agua”, dijimos. “Si se cayó ahí, olvídense del heladero, muchachos”, dijo un hombrecito de mirada filosa. “Allá abajo, el remolino traga y arrastra. La única salvación es aguantar la respiración y dejarse llevar”. “Tiene que ser una broma”, dijimos nosotros. “Debe estar esperándonos en el bar, muerto de risa”.
-¿Y estaba?
-No. Y con el auto sport de la princesa rusa…
-¡No me hagás reir, que me voy a pique!
-Recorrimos calles y boliches, revisamos la imprenta y el museo, pero nada. Entonces nos tiramos a la pensión donde paraba y hablamos con la dueña, que cobra más barato que la mamá de Ladislao y tiene mejor carácter. Viuda, llena de gatos y canarios, buena mujer…
-Abreviá, por Dios.
-Nos dejó subir a su pieza y en la escalera nomás supimos lo que había pasado: había pisadas de agua, una camisa acá, el vaquero allá, un zapato, todo chorreando. “¡No prendan la luz!”, gritó Juan Manuel cuando abrí la puerta, sin llave. Los demás esperaron afuera. El gallego encendió un cigarrillo y, por un momento lo distinguí, pálido, desencajado, húmedo.
-Dale, artista. Fin de la anécdota, ¿eh?
-En la oscuridad, me contó su humillación, por qué vendía helados siendo profesor de letras, cómo resbaló en las algas y por qué no nos avisó. Orgulloso, el gallego.
-¿Y por casa, cómo andamos?
-Las olas se lo llevaron mar adentro…
-Igual que a nosotros, ¿no te digo?
-Pero él sabía nadar y captó enseguida que la misma marea que lo apartaba de tierra podía liberarlo en otra parte. Por eso zafó: porque no se opuso a la naturaleza, sino que se adaptó a ella.
-¿Conclusión?
-El mar le dio la vuelta lejísimo, delante de la Chacra, y lo largó en la otra punta del mapa, frente a la ruta costera. Que es lo que en este teorema queríamos demostrar.
-Teorema del absurdo, pintor. ¿No ves cómo estamos?
-Insisto: no veo un pito.
-Y a mí, ¿me ves?
-Borroso.
-Entonces no vas a verme levantar el brazo.
-Por mi madre te lo pido…
-Tarde.
-Mentís.
-En un momentito vas a oir el ruido del helicóptero.
-¡Traidor! ¡Qué papelón!
-Pero, ¿qué les pasa allá? Corren para todos lados, pero no se deciden. Deben creer que somos focas.
-Bueno, está bien, se acabó. Antes mantuve la dignidad, ahora me adapto. En estos trances, los humanos siempre gritan. ¿Nos ponemos a tono, poeta?
-Si no puedes derrotar a tu enemigo…
-A la una, a las dos y a las…
-¡Socorro!
¡¡Socorrooo!!

Capítulo 9 de la novela,
Ediciones del Dock 1996 y
Aurelia Rivera Libros 2012.

Prescindencia

“El artista ha dejado de ser peligroso: ya
no muerde ni blasfema, no atenta contra
las costumbres de los grandes señores,
no amenaza con crear un orden nuevo
en el arte ni en la vida, no se
corta la oreja de un navajazo.”

Fayad Jamís.

Yo era pintor, y era es el tiempo exacto de un verbo realista, no un pentimento. ¿O sí? Detesto gastar mi último lápiz en redactar un mensaje inútil, ya sin olas ni pastos que dibujar, pero no puedo evitarlo. Quiera Dios que antes del fin logre justificar este típico derroche de quienes no alcanzaremos la concisión del olvido o la simple confesión.
Con Aníbal y Dardo, ocasionalmente con Rubén, salíamos de noche a tomar café en el viejo Bar Ramos, que después de Videla cerró, regalándole a La Paz una remisa clientela diurna. Por eso les propuse: “¿Y si nos reunimos en el atelier, muchachos?”. No sólo me disgustaban los precios del café sino también su calidad, y el continuo acecho policial en veredas y bares, pidiendo documentos de identidad sin dar explicaciones.
Por ese entonces, yo acababa de instalar mi atelier en un oscuro caserón de San Telmo que me costó treinta y seis millones de pesos viejos, como si lo hubiera comprado antes del Rodrigazo, y por fin eliminaba mis gastos de alquiler, mudanzas e impuestos ajenos. Aníbal y Dardo, incluso Rubén, me ayudaron a blanquear el salón, para aclararlo un poco. Armé el dormitorio en una húmeda piecita del fondo y usé otra más seca como depósito de mis últimos grandes lienzos.
Los muchachos empezaron a visitarme el mismo día que llegó la impiadosa participación de casamiento de Marina, casamiento al que obviamente no asistí. Estaban enterados, pero corté sus leves comentarios sirviendo el café y refrescándoles la memoria: “Este primer medio kilo lo pongo yo. Después, vamos rotando. Cuando se termina, compra otro y así sucesivamente. ¿Les parece?”. No hubo ni sombra de oposición, y eso me satisfizo y preocupó al mismo tiempo. Nuestra costumbre era discutirlo todo, desde la función social del arte hasta los beneficios de vivir en pareja, si los hubiera. Yo había compartido otro domicilio con Marina, pero eso no duró.
Se aburrieron en pocas semanas. Dijeron necesitar gente, bullicio, confrontación. Se sentían demasiado al margen (sic) y, temiendo ofenderme, me instaron a reiniciar nuestro antiguo nomadismo urbano, a lo que contesté: “No está el horno para bollos, muchachos. Acá estamos bien y además ahorramos plata”. Dardo y Aníbal se miraron. ¿Estaba Rubén? Fueron dejándome poco a poco, como antes Marina, como un sol otoñal en un ocaso de Turner. Mis pinturas de anchas pampas y océanos solitarios, mis premios y becas, no los conmovían. Prescindieron de mí después de lo de Rubén.
Rubén llamó a mi puerta una madrugada lluviosa. Lucía pálido y nervioso, distinto. “¿Me bancás un par de noches? Me buscan, y vos estás limpio”, dijo, sin rastro de alegría en el semblante. Lo recibí a regañadientes, pero sin inquisiciones. No me inmiscuyo en la intimidad ajena. Eso sí, no pude evitar contestarle que mi atelier no era un aguantadero y que a las diez de la mañana recibía alumnos. Hablé con suave firmeza, quizá para ocultar mi legítimo disgusto ante la sola idea de un compromiso extremo, tal vez para sedar la estúpida sensación de riesgo que de pronto me agobiaba.
El país ya era definitivamente de otros, y ellos interpretaban la tolerancia como debilidad o, peor aún, como complicidad. “Bueno, me voy mañana a las nueve”, dijo Rubén. Eludí su mirada y le mostré que sólo había una cama. Mojado y vestido, se echó en las mantas peruanas de Marina, tiradas en el piso de la piecita. Tembloroso, me dio la espalda. En esa posición lo recuerdo: no dormido, quizá rezando. Pero, ¿rezar Rubén?
Si el hombre es el animal capaz de razonar límites, entonces no me arrepiento. Al menos no en la equívoca medida suscripta por Aníbal y Dardo, por Marina incluso. Primero, porque aun no habiendo caído en cualquier redada o acción violenta, si es que cayó, Rubén seguiría exponiéndose alegremente hasta caer, mofándose hasta el fin de mi cordura. Segundo, porque ella se fue sin darme tiempo a tomar una decisión sobre lo nuestro, forzándome a tragarme todo conato de culpa como si yo fuera un Judas al que no hiciera falta condenar porque tendrá su castigo. En cuanto a Aníbal y Dardo, bueno, en aras de la conciencia y la solidaridad siempre encontrarían flaquezas que enrostrarme. Según ellos, Rubén desapareció después de dormir en casa.
Yo sobrellevaba normalmente, si así puede expresarse, el peso de ese desgaste, de esa alienación temeraria que propicia una secuela infecunda: el desperdicio. Estaba harto de víctimas y redentores, de comunicados oficiales y duelos clandestinos, de la palabra miedo escrita en letra chica y Patria con mayúscula. Y también huía de la publicidad, esa bestia amoral y prolija que incita al consumo indiscriminado de unos cigarrillos que ya no fumo o equis cera que hará resplandecer la opaca baldosa en que transcurre nuestra existencia, que yo ya ni barría. Porque, sensibles a semejante avidez, luego no sabemos cómo estar al día con las cuotas del segundo televisor, ni dónde ubicarlo. ¿Quizá al pie de la cama, para que nos provea más falsas certezas y apetencias pueriles? Y para no ver más ese ruin cartel que promovía el silencio como sinónimo de salud, simplemente dejé de pasar frente al Obelisco. El aire de la época me ahogaba, y tiré mi tevé apenas se descompuso. Solo y a mi modo, empecé a definir mi lucha.
Compraba Clarín no por su mayor o menor calidad informativa, sino por su tamaño, cómodo para el micro, ya que nunca tomé taxis. Claro que su única utilidad era la lectura. Obviedad que me inspiró adquirir La Nación, cuyas enormes hojas me permitían envolver la basura ahorrándome el costo de las bolsitas de polietileno. Modesta pero sólida, la piedra angular de mi repliegue táctico estaba echada. Porque ¿cómo denunciar la carestía de la vida sin enfrentarla orgánicamente? Ganar más para gastar más no es combativo, es estúpido. De ahí mi método: reducir el consumo, sin más vueltas. “Avestruz”, me diría Aníbal, y Dardo: “Amarrete”. Entonces yo les recordaría el alza del precio de la leche en Estados Unidos, cuando los productores tuvieron que bajarlo en dos días porque en uno millones de clientes dejaron de consumirla. “Te equivocaste de país”, diría Marina.
Con Viola, la prensa no era precisamente un Larousse Ilustrado, sino más bien un Lerú estirado para guardar las formas, como decían los muchachos. Pero aun sin estar a favor de la censura, a mí me resultaba prudente alguna contención civilizada de los excesos políticos y económicos, e incluso emocionales. “No hay que derramar promesas ni sangre ingenuamente”, rumiaba yo. “Hay que sopesar todo a fondo antes de ponerlo en práctica, ser realistas, admitir las leyes injustas, el desamor, la oferta y la demanda”. “Reaccionario”, me decía Aníbal, y Dardo: “Cagón”. ¿Por qué no imagino la voz de Rubén?
Así que dejé de comprar el diario diariamente, valga la redundancia, y racioné las hojas hasta envolver la basura semanal con sólo La Nación del domingo, gordo de avisos clasificados, revista y suplemento cultural. Hoy no adquiero periódico alguno. Bajé más de quince kilos, así que mis desechos son tan escasos y esporádicos que caben en ese mezquino papel gris con que el fiambrero me envuelve cien gramos de mortadela, que es barata y alimenta, o medio pan de manteca, que ya no como por el acné.
Yo era paisajista, y es sabido cuánto lienzo, pintura y pincel gastamos los paisajistas, por no incluir los viajes para tomar bocetos del natural. Al constante aumento de precio de esas herramientas, yo respondía retrayéndome más y más. “La creación artística puede derrotar la tiranía material, expresándose hasta sin medios físicos”, exclamé una tarde de fervor, cuando Marina telefoneó para anunciarme su inminente divorcio. “O bien renunciar a todo intento, cortarte los dedos, dejarte caer en la nada”, ironizó ella. No tenía derecho a hablarme así. Ex alumna mía, empezaba a ser una buena paisajista cuando quemó sus originales y buscó en otro lo que no supo encontrar en mí, subordinando además su incipiente talento a su evidente belleza. Y ahora era una modelo exitosa y una esposa frustrada, dijo al colgar.
Así que eliminé todo lo superfluo. Ya no más telas ni óleos, sino cartón cortado en pedacitos con mi navaja, ya que no uso máquina de afeitar, y lápices de pasta o crayones, que son baratos y rendidores. No a los Andes colosales o los infinitos lagos del Sur, sí a los barrios villeros y los barcos varados en La Boca. “¿Por qué nunca pintás personas?”, dijo Rubén la mañana aquella, a las nueve en punto. Pero ojo, que no eran miniaturas rupturistas, como publicaron los críticos que hasta entonces habían ensalzado mi obra. Les molestó tener que ponerse anteojos para ver mi propuesta de autoabastecimiento y liberación individual, e igualmente no entendieron. Como será que uno de La Opinión me defendió escribiendo: “El gran artista sorprende con su nueva impronta minimalista, que invita a tomar contacto casi corporal con sus figuritas caseras, devolviéndonos un candor de juguete olvidado, de Paraíso perdido”. Prescindí de ellos.
Asistir a frívolos pero nutricios cocteles de inauguración de muestras o cenar en casa de mis alumnos, muchos de familia acomodada, reducía considerablemente mis gastos. Llegué a agendar las invitaciones por temor a superposiciones o equívocos. Esa gente no hablaba de Galtieri y paladeaba mis relatos de viejos periplos por Machu Pichu, las Galápagos o Nebraska, a donde ellos jamás irían. Eso sí, debía ser cuidadoso en los detalles: a veces, cuando reiteraba alguna anécdota, incurría en el error de condimentarla demasiado. Es usual que un chico reclame los pormenores omitidos en un cuento que conoce, pero incomoda que un adulto le diga a uno: “Eso no lo mencionaste la vez anterior. ¿Viajaste de vuelta?”.
No soy un charlatán ni un aprovechador, insisto en que ellos disfrutaban de mis palabras. Y viene a cuento porque, como era previsible en exitistas ahítos de servicios y ornamentos dilapidados sin pensar en la salud del prójimo, al declinar mi prestigio por falta de exposiciones y críticas alumnos e invitaciones se esfumaron rápidamente, como Rubén, como una luna de Van Gogh en una noche insomne.
Entonces la crisis se llamaba Bignone y el futuro sería lo que es, con o sin Rubén, pero no sin Marina. Porque apenas llamó supe que ella volvería, sin más aviso ni alegría, de un mundo rentable y fallido, como si mi atelier fuera su hogar, su madriguera o su herencia. ¿Qué pretendía esta vez? No le negué un juego de llaves ni sus mantas peruanas ni sus silencios. La dejé barrer y lavar, pintar y romper, circular como un gato, dormir en el suelo como un soldado en Malvinas, ir y venir. “Si vuelven Dardo y Aníbal, Rubén incluso, los voy a recibir como a ella, sin inquisiciones ni condicionamientos”, me decía entonces, perturbado y feliz, acaso vencido.
Ahora es tiempo de elecciones y no sé quién va a ganar. Soy tan inocente como cualquiera de toda corrupción o disgusto. ¿O no? Ya no escucho los agravios de los muchachos, pero secretamente ruego que vuelvan a saborear mi café, a rescatarme, a juzgarme quizá. Viví y dejé vivir, me hice a un lado, acepto ir al nuevo Ramos o La Paz, y sin embargo no estoy a salvo. ¿Se burla Marina de mi aislamiento? ¿Sabe que nadie más va a telefonear? ¿Espera el día en que yo no despierte? ¿Me oye rezar de madrugada, cuando llueve y Rubén no llama a mi puerta? ¿Me ve temblando ante el filo de mi navaja?
“No desapareciste, pero sos menos que un kelper”, susurra alguien cuando duermo, y también: “Pedí perdón o afeitate, hijo de puta”. ¿Es Marina? ¿Soy yo mismo? Mis pesadillas me conducen a un país ajeno a todo desgaste, a toda inmundicia, a todo despilfarro. Paraíso limpio y amnésico donde nada se pierde porque allí la vida, ahora lo entiendo, se parece demasiado a la muerte. Ruin, incoloro abismo a cuyos sucios bordes me aferro mientras Marina, la única persona que puede darme una mano, quiebra mi último lápiz y aplasta mis dedos uno a uno, alegremente.

Cuento de
El filo de la noche,
Atril Ediciones 1999.


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Cangrejos, verano del 76

Cangrejos, verano del 76. 2ª edición corregida y ampliada. Raúl García Luna. Buenos Aires, Aurelia Rivera Libros. 2012, 82 p. 20 x 14 cm.

Ilustración de tapa: Gustavo Nielsen.

Prólogo
Gracias a un libro de cuentos, “El color invisible”, y a un cuento de ese libro, “Peliculitas”, conocí a Raúl García Luna. Junto a Libertad Demitrópulos y a Carlos Pereiro, director de Ediciones del Dock, me tocó ser jurado del certamen de narrativa organizado por la Fundación Acero Gral. Manuel N. Savio en 1994.
Recuerdo que aquella vez nos impresionó el alto nivel de los libros que habían llegado; sin embargo, también recuerdo, no fue difícil elegir el mejor. La lectura de “Peliculitas”, uno de los cuentos de “El color invisible”, despejó toda duda: era un texto que preanunciaba a un narrador de verdadero fuste; los otros relatos del
volumen no hicieron más que confirmar aquella apreciación inicial.
Por supuesto, García Luna ganaría el concurso con el voto unánime del jurado. Después, cuando abrimos el sobre con seudónimo, supimos que no era la primera vez que lo premiaban, y también que había escrito y publicado diversos libros. Andaban por ahí otros dos volúmenes de cuentos: “Porca miseria” y “Del decir de don Pedro de Alvarado en su agonía de Indias”; una pieza teatral: “Samka cancha”; y una novela: “Bajamar”, Premio Fondo Nacional de las Artes 1987, que en 1996, bajo la dirección de Fernando Spiner y con Patricio Contreras, Julieta Díaz, Martín Gianola, Carlos Santamaría, Norman Briski y Leonardo Sbaraglia en sus roles protagónicos, se convirtió en una exitosa serie de TV, transmitida por Canal 9 y ganadora de un Premio Martín Fierro.
Raúl García Luna nació en Miramar, una ciudad-balneario que no tuvo igual fortuna que Mar del Plata o la fama juvenil de Villa Gesell o el lustre farandulero de Pinamar y de todas las que luego se fueron añadiendo, desde Cariló hasta Mar de las Pampas.
Costa por costa, a García Luna le interesan las historias de su centenaria playa natal, y usa su geografía como dramático telón de fondo para sus dos primeras novelas. Cambia el nombre de la ciudad: en la premiada, se llamará “Bajamar”; en ésta, “La Chacra Asfaltada”, aunque no cambian sus circunstancias; tampoco sus personajes. Las dos novelas están signadas por la soledad, por la muerte, por el chisme, por el ocultamiento y por la incomprensión. Eso sí, “Cangrejos” tiene un valor agregado: el absurdo; pero el absurdo leído irónicamente, como humor negro, grotesco, impertinente y crítico a la vez. Además, las dos son novelas del mar y de la costa; rara avis en la literatura argentina. Generalmente, narramos ciudades, montañas, llanuras y ríos. Pese a que nos enorgullecemos de poseer el mayor litoral oceánico del planeta, contamos con muy pocos autores que le den importancia a las costas y al mar. Entre esos muy pocos autores, se destaca García Luna.
Dar cuenta de una historia o contar una historia; tal vez en ese matiz resida el verdadero secreto de la narrativa. García Luna no da cuenta de una historia: la cuenta. Recupera aquel viejo arte que habrá comenzado mucho antes de que se inventara la palabra escrita y que se desarrollaba alrededor de un fuego inaugural. No se demora en concesiones al lector; por el contrario, sabe de qué modo atraparlo; para ello, recurre a la única forma posible: elegir aquellas palabras esenciales que nos llevan, sin indulgencias, hasta el final del relato.
Una página de Stevenson, escribió Borges alguna vez, dice más de Stevenson que todos los estudios que se hayan acumulado acerca de Stevenson. Para reconocer a un verdadero autor, entonces, nada mejor que prescindir de prólogos e ir directamente a la obra. Confío en que ahora, ya mismo, ejecuten esa acción. No se van a arrepentir.

VICENTE BATTISTA
Buenos Aires, 2012.

Contratapa.

Este nouvelle fue el puente conceptual que necesité cruzar para llegar a “Bajamar, la novela del pueblo” (Premio Fondo Nacional de las Artes 187 y publicado por Torres Aguero Editor en 1988), y ambas fueron los pilares del guión de la miniserie “Bajamar, la costa del silencio, filmada por Fernando Spiner (“La sonámbula”, Aballay”) y estrenada por Canal 9 los lunes de octubre de 1996, recibiendo luego cuatro nominaciones a los premiso Martín Fierro y ganando uno Norman Briski como Mejor Actor de reparto. También ameritó los lauros del Broadcasting a la Excelencia de la Producción anual y el Apertura del Festival Internacional de Televisión de Mónaco. Entretanto, “Cangrejos” esperaba una oportunidad de mayor lucimiento y aquí está ahora, narrando sus propias aventuras en el mismo pueblo de “Bajamar”, con una barra de amigos que intenta cambiar una realidad conformista y un enigma criminal como estigma de un pasado que parece negarse a pasar, durante un verano que anticipa un final cruel como ningún otro. Con humor y amor, por cierto. Juzgue el lector.

Raúl García Luna

Retiración de tapa:

Jorge Luis Acha (1946-1996).

Fotograma del documental “Cinéfilos a la intemperie”, de Carlos O. García y Alfredo Salvutzky, editado en 2005 pero filmado 20 años antes, con entrevistas a los directores Aristarain, Cozarinsky, Pagés, Tarruella, García, Wolf, Castagna y “también Jorge Acha, uno de los magnéticos ejes del film, una especie de stand up comedian aterradoramente lúcido, saludando a futuro su propia y cercana muerte, poniéndole el cuerpo a la certeza de que el cine y la vida terminan siendo la misma cosa (Eduardo Rojas)”. Este año, sus colegs, alumnos y amigos se esfuerzan por recuparar su obra pictórica, fílmica, textual y docente, fundando además la Asociación Civil Jorge Luis Acha para resguardar y difundir su vasto legado artístico.


 

 “Cangrejos, verano del 76″ en la CONABIP

Aurelia Rivera 2

‘Cangrejos, verano del 76′, de Raúl García Luna, camino a todas las bibliotecas populares del país a través del Correo Argentino, tras haber sido adquirido por la Conabip e impresa una abultada reedición especial. La obra lo merece y nosotros, los editores, contentos de haber superado el complejo periplo burocrático, para marchar ahora hacia más y nuevos lectores. Feliz Navidad, Raúl. (Pablo Alessandrini, Aurelia Rivera Libros, diciembre 2014.)

Felicitaciones:

Querido Raúl, acabo de enterarme de la reedición de “Cangrejos” por Conabip; es lo menos que te merecés. Felicitaciones y a ver cuándo festejamos. Abrazos.

Vicente Battista, escritor.

 

¡¡¡Qué bueno!!! Muy merecido. ¡Felicitaciones maestro! Saludos desde la costa.

Mariano Pensotti, dramaturgo.

 

Merecido, porque el relato es delicioso. ¡¡Feliz 2015!!

Graciela Bruno, El Ateneo.

 

¡¡¡Grosooo herrmano !!! ¡¡¡Gran beso!!! 

Claudio García, ilustrador.

 

Felicitaciones. Y aprovecho para desearles un muy próspero 2015. Abrazos.

Julio Sierra, periodista.

 

Más que felicitaciones, amigo Rauly. Que sean entonces las bibliotecas nacionales las que tengan y disfruten los cangrejos miramarenses. Abrazo.

Yoyi Diez, actor.

 

Felicitaciones, mi querido amigo. Espero que este rebalse de cangrejos sirva para convencerlo de lo errado que estaba con sus otros melancólicos mensajes. Somos buenos, macho. Somos buenos y necesitamos valorarnos más, mucho más; no caer en lo que no logramos. Porque logramos mucho, y seguiremos lográndolo. Lo aseguro. Un fuerte abrazo.

Andrew Graham-Yooll, poeta.

 

Grande, jefe! Genial que a veces al Sistema le falten talentos y falle eligiendo a los buenos. O sea, acertando. Ya confesé que “Tanguitos” me caló el alma. Bueno, “Cangrejos” es como mi santoral. El mar, la orilla, la gente del Sur, usté sabe…

Nicolás Magallanes, explorador fueguino.

 

Lo justo es justo. Si una de las funciones de la CONABIP, es difundir y fomentar la costumbre de la buena lectura, a nivel nacional, provincial y regional, esto es una muestra de que algo está saliendo bien, más allá de toda burocracia. “Cangrejos, verano del 76″, es buena lectura, es Literatura, con mayúscula. Su autor, merece ir por más. ¡Y por más iremos! ¡Feliz 2015!

Alejandro Abate, bibliotecario.

 

 

 ¡Hola, Rauly! La última vez que te vi fue cuando nos presentaste “Cangrejos” (10/11/12) acá en la Chacra (Miramar). Lo leí con la emoción de sentir a todos los personajes muy cerca. Fue una época llena de momentos feos, de violencia, de no entender un montón de cosas. Recuerdo a un Mingacho que no estuvo más, sólo quedó el agujero de su rancho y mi imagen de una cara gastadita, barbuda y de ojos pegados. Yo falté once años de la Chacra y me perdí un montón de vivencias, de las que vos te nutriste y generaron ese grupo hermoso de amigos que, salvo don Segundo y Jorge (Acha) y Ladislao (Pousa), los demás seguirán recordando junto a vos, tantas noches, tantos días. Ya jubilada, disfruto de mis amigos, mis perros, mi gente y este asfalto que, por más que lo camino y lo pedaleo, no lo puedo gastar y me sigue regalando amaneceres. Que tu vida sea muy bonita y estés feliz. Te abrazo fuerte y ¡besitos para Angélica!

Carmen Amalia Clerc, docente, 1/11/15.


 

Comentarios

Jorge Diez. Actor

Recién vuelvo, y en mis vacaciones me leí todito el “Cangrejos” de Rauly. Impecable lo suyo, don Raúl. Me pareció fascinante la forma en que está contado, con la simpleza de los que saben mucho de esto. Una lección de escritura para los que escribimos teatro o cuentos. Felicitaciones. Pregunté a mi mujer, miramarense ella, quiénes eran “los Lindos”, la “secre”, el cura y otros más, que me resultaron personajes posibles, con sus cuerpos vivos en la realidad. Gracias y abrazos. Yoyi.
Jorge Diez, actor, febrero 2013.

Fernando Bisciotti. Presidente del Concejo Deliberante de Miramar, Partido de General Alvarado, Provincia de Buenos Aires, 29 de agosto de 2012.

Con “Cangrejos” tuve una sensación agradablemente extraña: es la primera vez que leo una novela de la que conozco o he conocido a muchos de sus personajes, situados en un lugar que también conozco mucho y donde he visto y escuchado muchas de las situaciones a las que hacés referencia en el libro. Creo que en esta novela, como en la anterior, “El asesino piadoso”, hay un gran manejo del absurdo. En “Cangrejos” uno se divierte, se deja llevar, pero no puede descuidarse un solo segundo. Aparece, fusionado con el humor, un sentido critico que se revela como una verdad irrefutable. Sus personajes parecen divertirse, pero sufren. Son devorados por la hipocresía existente en La Chacra Asfaltada. Me gustó mucho el libro, pero el capítulo 10 me encantó: los ovnis, la NASA, la iglesia sin cúpula (“Zum, nos quedamos sin campanario, sin cruz, ¡sin Dios!”). Muy bueno. “Lo pequeño engendra mezquindad”. Buenísimo. Al final, sentí un poco de nostalgia, algo de tristeza por los que se van, y por lo despiadados que somos entre nosotros. Sin ninguna duda, “Cangrejos” es una novela sobre la identidad.

Fernando Spiner. Director de cine (“La sonámbula”, “Querida luna y “Aballay” candidata al Oscar 2012 de la Academia de Hollywood).

¡Muy bueno “Cangrejos”, Raulito! ¡¡Muy pero muy lindo, querido!! ¡¡¡Felicitaciones con fuertes abrazos!!! Un verdadero placer y una tremenda alegría el haber podido leerlo. La grandeza está en seguir creando, produciendo y expresando. Por eso y por lo que hacés, sos un grande, ¡y a mí me da una enorme alegría seguir confirmándolo! Cariños, Fefe.

Néstor “Piru” Gabetta. Cantor de tangos (“Certezas” “Embelecos” y otros CD), septiembre de 2012.)

Cangrejos de Luna

Empujados por una brisa que es la de siempre, yendo y viniendo desde la primer palabra del hombre, los cangrejos de Luna se mueven mirando a ambos lados en un andén de arena esperando lo que nunca llegará, ignorando la promesa que nace en cada ola o percutiendo con alborozo la opacidad de una siesta que en “Los inútiles” plasmó Fellini. Alguien, sin embargo, camina junto a esas sombras y debe detenerse cada tanto para fijar cuanto se escurre y no creer que fue sueño. Ajuste de cuentas, celebración piadosa con las siluetas queridas y odiadas que poblaron un pasado propio, aquí habla un dolor que ya no es, siendo. Cada pequeño paso de un hombre sobre los charcos salpica el drama de todos los hombres, y no estrellas. Ningún absurdo: el velo que cubre la aparente anécdota pueril encierra traición, miseria, cataclismos, guerras y grandezas, si encuentra la pluma que lo tropieza y lo deja caer. Detrás de ese telón de sal aparecemos todos, y a cada uno el coraje de reconocerse. Sólo la herida dice la verdad. Aquí el poeta se ha ganado entonces la paz y deja su puerta entreabierta para que el escritor no descanse y siga suturando su almita y la nuestra, nunca su imaginación.

Gacetilla Editorial Aurelia Rivera:  http://dl.dropbox.com/u/81774505/CANGREJOS%20Gracia%20Luna.pdf

Véase además:

http://elrecado.net/cultura/8690-raul-garcia-luna-presentara-un-libro-dedicado-a-jorge-acha

http://semanarioelplaneta.net/raul-garcia-luna-presenta-su-libro-cangrejos-verano-del-76-dedicado-a-jorge-acha/

Cangrejos en los medios

Sobre “CANGREJOS, verano del 76”:

Diario PERFIL

Sábado 5 de mayo de 2012

RECOMENDADOS HOME

ANTES DE QUE BAJE EL MAR

Se habla –y con razón– del “mundo de un artista” como si el universo que se establece en un libro fuera posible de encontrar en otras creaciones del mismo autor. Cangrejos, el libro de Raúl García Luna de reciente aparición, es precisamente una bella demostración de este principio: en el mismo ámbito donde transcurre Bajamar, la novela del pueblo, Premio Fondo Nacional de las Artes (que fue también la base de una miniserie dirigida por Fernando Spiner), transcurre esta nouvelle, en la que un grupo de amigos intenta cambiar una realidad conformista y un enigma criminal estigmatizado.

 

Revista ACCIÓN

En defensa del cooperativismo y del país

Julio de 2012, primera quincena

Cultura, LIBROS

CANGREJOS, Raúl García Luna

Según cuenta el autor en la contratapa, “esta nouvelle fue el puente conceptual que necesité cruzar para llegar a Bajamar, la novela del pueblo (Premio Fondo Nacional de las Artes 1987) y ambas fueron los pilares del guión de la miniserie Bajamar, la costa del silencio, de Fernando Spiner”. Esta edición corregida de Cangrejos, verano del 76, publicada por Aurelia Rivera Libros, cuenta con prólogo de Vicente Battista y tapa ilustrada por Gustavo Nielsen.

 

Revista ADN, del diario La Nación

Viernes 10 de agosto de 2012

PROYECTOS EXTRAVAGANTES

Cangrejos, verano del 76. Por Raúl García Luna.

Aurelia Rivera, 77 páginas, $50.

Esta breve novela, con mucho humor y una escritura extravagante, transcurre en Miramar, llamada aquí La Chacra Asfaltada, en referencia a sus pocos favorables dones, comparados con la vecina Villa Gesell o Pinamar. Personajes tan inusuales como sus nombres o apodos –entre ellos, un atribulado poeta (narrador de la historia) al que sus amigos han bautizado Seso Flojo– intentan modificar el rutinario paisaje, mediante un museo paleolítico primero y, después, ofreciendo “documentadas” exposiciones sobre platos voladores. No sólo resultan proyectos frustrados sino que, cuando sobreviene el golpe militar, el paisaje de la Chacra se ensombrece aún más y los precursores de cambios dignificantes deben ponerse a buen resguardo a causa de las sospechas que súbitamente despiertan sus emprendimientos. W.G.B.

 

Revista VIVA, del diario Clarín

Domingo 12 de agosto de 2012

Sección Quedate

LIBRO/DVD

Raúl García Luna

CANGREJOS, verano del 76

Narrada en el mismo lugar de su libro Bajamar, la novela del pueblo,  esta nouvelle trata sobre las aventuras de un grupo de amigos que intenta cambiar una realidad conformista y un enigma criminal. Todo con una dosis de humor y de amor (Aurelia Rivera).

 

Revista Para Ti, de Editorial Atlántida & Televisa Publishing Internacional

24 de agosto 2012

LIBROS

Cangrejos. Verano del 76, Raúl García Luna (Aurelia Rivera).

Una nouvelle –con humor y sentimientos– que transcurre en un pueblo de playa, Bajamar, y en la intimidad de un grupo de amigos entusiasmados con cambiar la realidad e inquietos por un crimen cercano.

 

Radio Continental AM 590

Martes 4 de septiembre 2012

Programa La mañana, de 9 a 13 hs.

Elogioso comentario al aire de Víctor Hugo Morales, quien la noche anterior recibió ‘su’ ejemplar de “Cangrejos” de manos del autor, mientras ambos aplaudían los tangos de la orquesta típica, francesa y femenina “Fleurs Noires” en el porteño Teatro Maipo.

 

-Suplemento cultural ADN del diario La Nación, 10 de agosto de 2012.

-Revista cooperativa Acción, 1ª quincena, julio de 2012.

-Diario El Argentino, 12 de abril de 2012.

-Suplemento Home del diario Perfil, 5 de mayo de 2012.

-Revista Para Ti de Editorial Atlántida, 24 de agosto de 2012.

-Revista Viva del diario Clarín, 2 de agosto de 2012.

 

 

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El dramaturgo americano

El dramaturgo americano y otros pequeños asesinatos. 1a. ed. Raúl García Luna. Buenos Aires, Aurelia Rivera, 2008.- 112 p. 13 x 20 cm. Cuentos.

Más datos y comentarios sobre esta obra: http://www.aurelialibros.com.ar/garcia_luna_el_dramaturgo.htm

 

Versiones para la cubierta definitiva de El Dramaturgo Americano.

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Las espinas del deseo

Las espinas del deseo. 1a. ed. Raúl García Luna.  Buenos Aires, Alción Editora, 2004. – 163 p. 13 x 20 cm. Cuentos.

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El filo de la noche

El filo de la noche. 1a. ed. Raúl García Luna. Buenos Aires, Ediciones Atril, 1999. – 147 p. 14 x 20 cm. Cuentos.

(Antología de cuentos de Raúl García Luna (Ediciones Atril 1999), con selección y prólogo del novelista y poeta Juan Carlos Martelli (“Gente del Sur”, “La muerte de un hombrecito”, “Los muros azules”, entre otras, y la gran “Los tigres de la memoria”, premiada por Onetti, Cortázar, Walsh y Roa Bastos en el Premio Sudamericana-La Opinión 1974 y llevada al cine en 1984).

Prólogo de Juan Carlos Martelli

Seleccioné, de la vasta producción de García Luna, sus cuentos más feroces. No por amor a la crueldad. Más bien porque en ellos resalta y brilla una marginalidad nada habitual.
Se ha señalado, sin profundizar mucho, el contenido marginal de las novelas y cuentos de la llamada serie negra. Es sin duda evidente en la novelística estadounidense, pero también tan reiterada que bordea el cliché: detectives pobres pero honrados, pero inteligentes, pero borrachos, indagadores de pasados complejos que producen nuevas muertes (Ross McDonald, por caso, o ese inefable Marlowe de Chandler, jugando al ajedrez con su soledad y su vacío: todas sus historias, un largo adiós). Ese jugueteo nórdico con la miseria, al borde del capitalismo y del imperio, que acepta la marginalidad en la medida en que puede masificarla, o que al no masificarla, al tener border-lines incorporados, logra una consistencia imaginaria, triunfalista, repetitiva, reiterada en el cine.
No falta ese tipo de marginalidad en los relatos de Raúl. No faltan, tampoco, la traición, el malentendido, la ironía. Pero hay, en su estilo, otra marginalidad: sagaz, literaria, que enriquece sus textos (obsesivamente corregidos para esta edición especial, dicho sea de paso).
Raúl García Luna, por suerte, no fue un discípulo sumiso de los talleres literarios que enseñan: ‘un cuento tiene una apertura, un desarrollo que mantiene la intriga, y un cierre’. Reglamentaciones clásicas que aplica en el periodismo, pero –por suerte, insisto– no en la literatura, que ansía, que desea siempre la originalidad e impone metáforas nuevas (que son las únicas metáforas válidas). En el final de uno de sus cuentos –no cuento cuál es– se burla específicamente de su oficio de periodista. Es, por supuesto, un final abierto: “Sin ser necesariamente fatales, hay desenlaces que se parecen mucho a la muerte. En todo caso, me enteraré por los diarios. ¿O no se encargan ellos de divulgar la verdad?”
Una ironía evidente, ya que sabemos que la divulgación de la verdad es una vulgar mentira. A esta marginalidad rebelde de García Luna quería, precisamente, referirme. Arriesgando, de paso, que es muy argentina. Y que, por ello, este libro no sólo nos enseña a leer distinto, sino a escribir diferente.

Juan Carlos Martelli. (1934-2008)


Contratapa

En “La mueca”, uno de los quince cuentos de Raúl García Luna que integran “El filo de la noche”, el personaje afirma: “Existo, estorbo, enojo, pero no me descubren”. Y algo similar parece suceder con el autor de estos relatos, definido por no pocos especialistas como un narrador solitario, ajeno a padrinazgos, filiaciones y éxitos mediáticos.
De prosa rigurosa e imágenes fuertes, atento a sus propias leyes, García Luna escribe por el placer de contar y para el placer de leer.
Sus cuentos envuelven al lector en el clima de una marginalidad que no es ajena a la de la llamada “serie negra”, pero va más allá de todo cliché y termina dibujando una parábola de la historia reciente de la Argentina.
Nos acerca personajes feroces, inconformistas, distintos aunque familiares, y nos atrapa de manera poco usual, casi obligándonos a agotar cada historia de un tirón.
Quienes hayan frecuentado la obra de Raúl García Luna, hallarán en “El filo de la noche” inquietudes y deleites que vale la pena reiterar. A aquellos que lo conozcan a través de este libro, les está reservado el descubrimiento de las claves de un gran narrador, de un escritor que insiste en estorbar a los que pretenden hacer pasar teoría por literatura.

María Encabo
Editora

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Recortes Revista La Nación sobre El filo de la Noche

Revista La Nación. 7 de noviembre de 1999. Zapping.



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El color invisible

El color invisible. 1a. ed. Raúl García Luna. Buenos Aires, Ediciones del Dock, 1994. – 85 p. 14 x 20 cm. Cuentos. Premio Fundación Acero General Manual Savio 1994 


			

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